Casa del Deán: Dos miradas arquitectónicas

Sergio M. Andrade Covarrubias

De acuerdo con el Doctor Efraín Castro Morales, el Deán Tomás de la Plaza nació en la villa de Alburquerque, Extremadura, reino de España, en el año de 1519. Hacia 1545 llegó a la capital de la Nueva España y en 1564 a la ciudad de los Ángeles (hoy Puebla de Zaragoza). En esta ciudad vivió hasta su muerte acaecida en las vísperas del 8 de julio de 1587, habiendo dejado testamento el 28 de mayo del mismo año, quedando sepultado en el lugar destinado a las dignidades eclesiásticas de la catedral vieja. En ese testamento, a más de diversos bienes enlistó su morada, conocida hoy día como la “Casa del Deán”, uno de los edificios más antiguos de la ciudad angelopolitana, verdadera joya patrimonial. Además, instituyó una capellanía sobre sus casas, “las cuales no podrían ser vendidas o enajenadas por ningún pretexto”, según relata el Doctor Castro.

Ya a principios del siglo XVII, la casa era propiedad de Juan López Mellado, hijo de Martín López Mellado y esposo de María Teresa de Izguerra de la Plaza, sobrina del Deán. Don Juan fallece en el año de 1624, dejando la sucesión de sus bienes en su hijo José, quien a su vez muere dejando a su viuda y sobrina Doña Francisca Peralta y Castilla todos sus activos. A su vez Doña Francisca hace testamento en marzo de 1697, haciendo mención de sus catorce hijos y trece nietos, para finalmente dejar su herencia a los que aún conservaban la vida y a quienes tenían derecho a heredar, siendo esta casa, junto con otras propiedades y bienes muebles y ganado en las jurisdicciones de Tepeaca (concretamente Nopalucan) y Tlaxcala, parte del cúmulo de propiedades y riquezas que a la larga pasarían a sus descendientes, a más de un mayorazgo fundado por Martín López Mellado y su esposa María de San José en 1580, que pasó a ser a cargo de su hijo Juan Mellado de Riva de Neira y San José.

El testamento en cuestión forma parte de un voluminoso expediente que contiene las diversas acciones judiciales que llevaron al cabo los albaceas de doña Francisca y dentro del cual se encuentra un avalúo hecho por dos arquitectos, uno el insigne sevillano Diego de la Sierra Garcipérez, Maestro Mayor del Arte de Arquitectura, Albañilería y Cantería y, el otro, Nicolás de Castañeda., también “maestro de dichas artes”, nombrados por Don Miguel de Castañeda, Administrador de los propios y rentas del convento de religiosas de Santa Catarina de Sena y por don Fernando Pablo Riva de Neira, albacea de su madre doña Francisca de Peralta y Castilla.

 

De la medición y avalúo de dicha casa se desprenden la siguiente información, de sumo interés para la historia poblana, ya que nos dejan imaginar su distribución y a la calidad de su construcción. Así, los arquitectos citados afirman que su frente principal (la actual avenida 16 de Septiembre) medía treinta y un varas y media, mientras que en la parte que da vuelta (hoy calle 7 Poniente) sería de cuarenta y tres. Asimismo, al ser un polígono irregular, en el interior se detectaron ciertos cambios, siendo así que se extienden en veintiocho y diecisiete varas, respectivamente. En ese sitio la construcción delata una casa de altos y bajos (es decir, de dos pisos o plantas), “con doce piezas altas de habitación y servidumbre, de salas, aposentos y recámaras y demás piezas bastantemente capaces y en los bajos se compone de nueve cuartos con dos entresuelos que hacen once cuartos”. Además, un patio “capaz con tres ángulos” y corredores en los altos y bajos con trece columnas de cantería y dieciséis arcos también bajos y altos y en lo alto una puerta principal de cantería “labrada a todo costo”.


A esta portada le seguirían el zaguán, otra en la casa accesoria y otra en una puerta sola, haciendo un total de cuatro portadas, todas de cantería y de este mismo material diez ventanas, al igual que los sillares de la esquina, así como la cornisa que la coronaba “de obra dórica, y encima de la cornisa dos ventanas que hacen esquina con una columna hermosa con base capitel y cornisa, y el capialzado de derrame de cantería hecho con todo primor”. A esto se le añadiría una escalera principal de cantera de “bosel” al igual que sus escalones y su pasamanos, “guarnecida toda la subida de sillares de cantería.

En cuanto a los techos, muros y herrería, los arquitectos señalan diversas edades en las maderas, aunque todas de buena calidad, así como los cuatro balcones (incluido el de la esquina) y los once enrejados. Asimismo, en el patio se encontraba un pozo y una pila de agua; aquel cubierto con laja negra, al igual que los corredores. Finalizan los maestros aludiendo al tipo de construcción en su totalidad con estas palabras: “Todo el edificio en sus paredes se reconoce ser de piedra y lodo, si bien se reconoce estar a plomo que denote peligro, solo se reconoce haber una rajadura en la pared que mira al norte, causada de estar fundada dicha pared sobre las cabezas de las vigas a cuya causa ha hecho dicha quiebra, y habiendo medido el sitio en sus varas cuadradas y hecho con mensuración del edificio y su estado y calidad y la cercanía de la plaza mayor y calle pública, de los templos tan cercanos, calidades que dan valor a las fábricas de casas para ser habitables y habiendo visto por dentro y fuera, no dejando en ella cosa por tasar hallamos que dicha casa con sus accesorias, rejas, balcones, puertas y ventanas de madera, columnas, portadas de cantería, en el todo hallamos valer cantidad de once mil cuatrocientos pesos de oro común, que es todo su justo valor y precio, según nuestro leal saber y entender, sin fraude contra ninguna de las partes y para que conste lo juramos por Dios Nuestro Señor y la señal de la santa cruz y por verdad lo firmamos en los Ángeles en seis de septiembre de mil seiscientos y noventa y siete años”.

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