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René Anaya: una charla entre colegas sobre periodismo científico

René Anaya: una charla entre colegas sobre periodismo científico

Mayo 21, 2021 / Por Alejandro Hernández Daniel

Portada: Profesor y periodista de ciencia, René Anaya. Cortesía de René Anaya. Edición de imagen: Daniel Hernández González.

 

Desde que fui invitado a ser colaborador en esta sección, comencé a tener interés en relacionarme un poco más con el periodismo, en especial sobre el periodismo de ciencia en México. Es así que decidí buscar de manera general sobre algunas asociaciones o grupos dedicados a esta especialidad periodística y puede encontrar como referencia la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, en la cual apliqué mi solicitud de ingreso como miembro y, finalmente, tras un proceso de selección de un par de meses, fui aceptado en fecha reciente.

Una parte que consideré fundamental fue el conocer a los demás colegas que son parte de este grupo, así como su trayectoria y formación profesional, por lo que de manera inmediata establecí contacto con los demás integrantes, la mayoría jóvenes, sin embargo llamó mi atención el ícono de uno de ellos en su cuenta de Facebook, que tenía la imagen de un barco de papel periódico y encima de éste las palabras “Periodismo científico”.

Fue así como entablé comunicación con el profesor René Anaya, quien me explicó que la imagen y palabras de aquel ícono que había elegido correspondían a la portada de su libro Manual de Periodismo Científico. Navegando entre dos aguas,[1] recientemente publicado y prologado por el divulgador de la ciencia José Gordon, que, de acuerdo con las propias palabras de Anaya, “probablemente se trate del primer manual de periodismo científico en México”.

El profesor Anaya tuvo una formación profesional como médico, sin embargo, una anécdota interesante que pudo compartir es que al abandonar la práctica médica y adentrarse al periodismo, algunos anteriores colegas médicos suyos solían descalificar su labor, puesto que no lo identificaban ni como médico ni como científico y, por parte del gremio de los periodistas, no lo consideraban como un auténtico periodista.

Anaya actualmente se desempeña como coordinador de la revista Siempre!, en la Ciudad de México. Laboró como editor para la editorial Terracota y fue Jefe de Promoción académica del Fondo de Cultura Económica de 1996 al 2000. Cuando decidí preguntarle sobre cómo fue el proceso por el cual decidió escribir su manual, contestó que fue a partir de mantener durante varios años un interés paralelo en la enseñanza, lo cual le motivó a querer compartir con un público más amplio su experiencia dentro del periodismo de ciencia, aunado a los distintos cursos y talleres sobre esta especialidad del periodismo que comenzó a impartir en la década de los noventa del siglo pasado, que devinieron en la organización del Primer Diplomado de Periodismo Científico, del que se convirtió en coordinador y que tuvo lugar en la Universidad del Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México. Lamentablemente, tuvo un periodo corto de existencia.

Tras nuestro primer encuentro vía remota, hace unos días René Anaya, generosamente, me envió un ejemplar de su libro, el cual devoré con avidez. Una agradable sorpresa y coincidencia fue encontrar que está dedicado a la memoria del profesor, escritor y periodista de ciencia español Manuel Calvo Hernando, padre del también periodista de ciencia Antonio Calvo Roy, de quien he tenido el gusto de mantener contacto y escribir anteriormente (véase: CTS, Primera Época, Periodismo científico con Antonio Calvo Roy). Anaya relata que conoció personalmente a Manuel Calvo, a quien considera como uno de los principales promotores del periodismo científico en Iberoamérica, en una de sus varias visitas a nuestro país que Calvo comenzó a realizar a partir de la década de los años setenta del siglo pasado, así como también conoció a su hijo Antonio.

Al preguntarle si su manual llegó a generar el interés suficiente por parte de distintas editoriales para su publicación, Anaya respondió que, al contrario de lo que pueda parecer, el inicio del proceso para que finalmente saliera a la luz no estuvo ajeno de ciertas dificultades, pues fue rechazado al menos tres veces antes de ser publicado. Uno de los argumentos de los representantes de las distintas editoriales fue: ¿Quién iba a comprar un libro así?, pues la editoriales sospechaban que los interesados serían relativamente pocos, subestimando tal vez que pudiera existir curiosidad por saber del tema entre personas no dedicadas a este oficio de manera profesional.

Unos de los varios puntos que aprecio del libro de René Anaya es, por ejemplo, subrayar que el periodismo científico debe mostrar que la ciencia no está desvinculada de contextos sociales, económicos y culturales, la llamada hacia una postura crítica, el intento de explicar y definir las diferencias entre periodismo, divulgación y difusión de la ciencia —que a veces pueden no resultar tan claras y en otras tantas se entremezclan—, hacer una breve introducción de los distintos géneros del periodismo, coadyuvar con el trabajo producido por el periodismo científico a la generación de una cultura científica entre la población, resaltar la importancia de la investigación científica en el país, presentar algunos trucos y mañas que ha experimentado dentro del oficio, citar bibliografía disponible sobre esta especialidad del periodismo, mencionar información muy general sobre antecedentes y la historia del periodismo de ciencia en México y, finalmente, la mención y cita breve concerniente a la divulgación, de un libro de Stephen Jay Gould (véase: UBÚ, Ismael Ledesma Mateos, Stephen Jay Gould y la falsa medida del hombre), que de manera personal agradezco como una opción más que valiosa en divulgación científica al santo de la mayoría de los divulgadores en México, Carl Sagan.

Por otra parte, nunca faltan los claroscuros o desacuerdos cuando se trata de plasmar o citar cierta literatura, fuentes o personajes en obras como el libro de Ayala, como por ejemplo cuando escribe que “el receptor podrá saber (en el contexto de pretender alentar una actitud crítica por medio del periodismo científico), que los científicos no llegan a sus conclusiones por un rapto de inspiración, por intuición o por un soplo divino, como sí lo hacen los charlatanes o embaucadores”. Tal vez en este caso vendría bien, y a manera de recomendación, una lectura a manera de contraste como la del físico Michael Brooks: Radicales Libres,[2] que me obsequió amablemente el doctor Joandomènec Ros (véase: CTS Primera Época, Un rostro y experiencias en la traducción de textos científicos). Otro punto en el que discrepo es en las citas y referencias al físico (primero) y filósofo (después) Mario Bunge que, desde mi punto de vista, su pensamiento ya caduco y muchas veces rabioso e intolerante, ha sido superado por otras aproximaciones más novedosas (véase: UBÚ, Ismael Ledesma Mateos, Bunge: ¡Cómo no se debe entender la ciencia!)

Un aspecto que, considero, podría abordarse en una segunda edición de este manual que Ayala tiene planeado realizar en un futuro, es que si bien el periodismo científico es considerado como una especialidad del periodismo en general, quienes lo hacen no están exentos de que su trabajo e intereses sean objetos de estudio o análisis bajo la lupa de otras especialidades como el periodismo político o económico, u otros campos del saber como la sociología o la antropología, de manera análoga como cuando especialistas en distintas disciplinas que constituyen una ciencia se aventuran a otra ajena, e incluso a otra ciencia o campo humanístico distinto al suyo, lo que puede detonar una serie de nuevos cuestionamientos, procedimientos y metodologías (véase: CTS Primera Época, ¿Por qué Béraneck no?) o por quienes se dedican a los estudios en Ciencia, Tecnología y Sociedad.

Esto debido a que en el caso de nuestro país existen casos más que evidentes y documentados de, si se les puede decir “colegas” en lugar de “mercenarios”, quienes defienden con sus plumas intereses nefastos ligados a nombres y apellidos bien conocidos del poder político o ciertos círculos de intereses económicos que puedan perseguir empresas o industrias tanto públicas como privadas; y por otro lado, advertir sobre seguir agendas impuestas ya sea a nivel nacional o local por instituciones gubernamentales, estatales o municipales, que pueden resultar en algunos casos más que cuestionables, tanto por los temas que pretenden abordar o bajo la dirección de quienes las dirigen sin ninguna reflexión de por medio.

Otro tema importante es que, de acuerdo son lo escrito en el manual de Anaya, se sugiere que la ciencia y periodismo comparten ciertas características como el rigor y el uso de ciertas metodologías (no se reduce a un par sino que pueden ser varias), para poder contar o comunicar una pretendida “verdad”. En este sentido, considero que no es lo mismo un periodista o divulgador de ciencia —por más obtuso que pueda ser o resulte beneficiario de ciertos privilegios de acceso a la información o económicos, pero que escriba u omita una opinión o elabore un material periodístico o divulgativo desde una institución con relativamente cierto prestigio, como la Dirección General de Divulgación Científica dependiente de la Universidad Nacional Autónoma de México, por poner un ejemplo—, a un periodista que pueda realizar una aportación excepcional pero que trabaje en un medio local y pequeño enclavado en la sierra de Oaxaca, mal pago o sin paga, y con variadas dificultades económicas, sociales, materiales y de desplazamiento. O que no sea consciente de los sesgos que su propia formación profesional determinará, en gran medida, sobre lo que pueda o no escribir o elaborar. Además hay que considerar que no todas las disciplinas que constituyen una ciencia o ingeniería poseen desarrollos idénticos en un país o estado y son más bien asimétricos. Un ejemplo ilustrativo en Biología serían disciplinas como la sistemática, biogeografía o ecología, en detrimento de evolución o embriología —hoy en día conocida, tras un profundo cambio conceptual, como biología del desarrollo.

Un ejemplo más que ilustrativo de este último ejemplo pude notarlo, por experiencia propia, al interesarme en la divulgación y periodismo de ciencia, y buscar algunos espacios en un lugar como Puebla o sus alrededores. Al participar hace ya algunos años atrás en varias convocatorias que ofrecían algunas instituciones como la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla o el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica, pude percatarme que si bien ambas ofrecen estos espacios de encuentro y apoyo para aquellos interesados tanto en divulgación o periodismo de ciencia, es más que evidente el predominio y fomento de ciertas líneas, como matemáticas, física, mecatrónica y astronomía. Es decir, estas instituciones se ven limitadas para ofrecer más opciones que pudieran atraer a un público potencial interesado en otras ciencias como el ya citado ejemplo de la Biología, o en otras disciplinas como la historia de las distintas ciencias. Si bien René Ayala menciona que personas interesadas y tal vez dedicadas a la filosofía e historia de la ciencia estuvieron presentes en la conformación de espacios que fomentaban el periodismo de ciencia, depende mucho de cuál o cuáles académicos se traten, de que temas o líneas de investigación investiguen y cuáles autores sean sus referentes, como el anterior caso mencionado de Mario Bunge.

Lo anteriormente escrito podría ofrecer un punto de vista distinto y novedoso que abriría la posibilidad a debates más que interesantes sobre las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, así como su enseñanza, divulgación y periodismo, que contribuiría reducir la representación de la imagen de los científicos como personas reacias a las que se les pueda cuestionar sobre la pertinencia o relevancia de sus investigaciones, cómo es que obtienen sus recursos económicos, como becas o apoyos para sus proyectos, o sobre cómo construyen sus conocimientos científicos, en lugar de hacerlos pasar por un de tamiz de pedantería cuasi mística, pues existen algunas lecturas disponibles que podrían ayudar para introducirnos en este tema,[3] además de que otros profesionales en estos campos ya han señalado esas resistencias de algunos colegas, por ejemplo en matemáticas (véase: CTS, Un par de anécdotas sobre matemáticas con Claudi Alsina).

Esta colaboración agradece al profesor René Anaya, además de estar dedicada a la memoria de Jesús Bonilla Fernández, fundador de la sección de Consultario, de la que este blog forma parte. QEPD.

 

 

[1] Manual de Periodismo Científico. Navegando entre dos aguas de René Anaya, editorial PAX, (2020).

[2] Radicales Libres. La anarquía secreta de la ciencia de Michael Brooks, editorial Ariel, (2012).

[3] Los herederos. Los estudiantes y la cultura, de Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, editorial Siglo XXI; Introducción a la Epistemología Genética, tomos I y II, El pensamiento matemático y El pensamiento físico de Jean Piaget, editorial Paidós (hay distintas ediciones).

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