Desde el Sur

El álter ego y la gracia olvidada

El álter ego y la gracia olvidada

Abril 20, 2021 / Por Márcia Batista Ramos

Hoy la vida perdió un poco más de su gracia.

Eran las 7 am y no había sonado el despertador. Es normal esperar que todo se repita, que salga el sol, que encuentres agua en el grifo y que puedas repetir, distraídamente, la usanza de los últimos tiempos.

Hacer lo mismo sin experimentar el factor sorpresa. No soportas esperar para luego regocijarte con una sorpresa…

Nunca miras la tele, especialmente porque a ti no te gustan la política ni el futbol, peor las clases de cocina televisada. Cualquiera diría que no te gusta nada.

Te gustaba leer, antes de que el mundo fuera mundo. Eso yo lo sé. Te gusta leer. Anoche leías el poema de Huidobro y te quedaste dormido. No es que no te guste… por gusto, por simple gusto. Ya leíste unas veintitrés o veinticuatro veces el poema entero. Anoche pasó algo. Anoche te quedaste dormido, en el canto I.

 

“¿(…) por qué perdiste tu primera serenidad? \ ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa \Con la espada en la mano?”[1]

 

Tu inconsciente es el lugar en que se almacenan todos aquellos recuerdos que deseas apartar y que no son accesibles conscientemente. Es donde guardas las cosas que nunca hablas. O la verdad verdadera de todo aquello que haces público.

En nuestra adolescencia inmaculada creíamos que había un único camino… 1977 o 78. Escuchábamos música toda la tarde y por las noches apenas dormíamos. Los primeros cigarrillos, rara vez alguna hierba mala… La seguridad de ser uno y ser millones, sin saber de lo agridulce que es la vida. Éramos felices y ni sabíamos. Después, empezaste a percatarte de tantas cosas. Te volviste rebeldía, más por imitación que por conciencia…

Nunca rezaste. No crees en plegarias muertas… ¿Anoche te vi de rodillas rezando? No sabes todo lo que te pasa, no lograste alcanzar el silencio, ni por un minuto, una única vez.

 

“¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus \ (ojos como el adorno de un dios?”

 

Vaya, vaya lloras mientras planeas… Ni siquiera logras tocar el piso, permaneces flotando en el “8vacío”. Y te duele mucho y lloras.

 

“¿Por qué un día de repente sentiste el terror de \ser?”

 

¿Recuerdas? La muerte te abrazó cuando la buscaste. Todos corrieron a separarlos y el abrazo se diluyó, trayendo el silencio mojado por lágrimas…Sin redimirte o purificarte, descubriste tu propio caos lumínico de ser humano.

Tanto desencanto amontonado. Los días no siempre fueron dorados, algunas veces no llegó la primavera, te dejaste estar: “Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir” era mi voz que te llamaba para que no me dejes así: tan solo, tan triste, tan quieto; mirando al espejo tratando de reconocerme o identificarte, para encontrarme, entre tantos; en ese doble espejismo, que quita la solidez de nuestro mundo externo y que se disipa cuando creemos que no existe por sí, que existe por nosotros.

 

“¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce \ (de todos los vientos del dolor? Apenas te callas, no \Se rompió el diamante de tus sueños en un mar \ (de estupor”

 

No pasó nada. Todo está bien. Apenas nos volvimos extraordinariamente (im)previsibles. Tal vez, porque no nos comprendieron o no nos comprendimos, desde los presupuestos más adecuados, porque eres (insostenible). De carácter disperso, distraído, ansiosamente distraído. Y te debates en la angustia de existir. “(…) morirás Se secará tu voz y serás \ (invisible”.

Ya no estaré, ni los otros, que te acompañamos en vida haciendo eco en tu mente. Hablando cuando te callas, cuando buscas silencio…  Presentándome ante ti, a veces, a través de los sueños, de los símbolos y del lenguaje de los arquetipos; otras veces, por medio de la conducta motivada y, accidentalmente, de los lapsus verbales. Ya no estaré cuando mueras. Tu mente, por fin, será solo silencio.

Tal vez, puedas recordar que anoche pasó algo. Anoche te quedaste dormido, en el canto I. No terminaste tu lectura. Habías orado de rodillas la plegaria petrificada, por otras voces, en el tiempo.

Y hoy la vida perdió un poco más de su gracia.

Ya sabes que uno de nosotros existe como un individuo separado, que ve el mundo a través de sus propios ojos, conoce los límites que lo separa de los demás y del mundo que le rodea, y asume dicha separación en su pensamiento y en su modo de interactuar con el entorno. Por eso tú escribes mientras caes.

 

“Piensas que no importa caer eternamente si se \ (logra escapar\ ¿No ves que vas cayendo ya? \Limpia tu cabeza de prejuicio y moral \Y si queriendo alzarte nada has alcanzado \Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo \ (de la sombra \Sin miedo al enigma de ti mismo”

 

Ahora te preguntas por la trascendencia, que abrirá las dimensiones para una experiencia del (no) fundamento y para la poesía como consumación, como no ser.

Tu posición es elevada, te encuentras en el espacio sideral y, empiezas a caer: “Cae \Cae eternamente \Cae al fondo del infinito \Cae al fondo de ti mismo \Cae lo más bajo que se pueda caer \Cae sin vértigo \A través de todos los espacios y todas las edades”

Mientras caes, piensas que: ¿y si no hubiera nada ahí afuera que pudiésemos reconocer como separado de nosotros mismos?

Tú no serías tú, y yo no sería yo, y tú caída sería sin fin. No podríamos conceptualizar nuestra noción del yo, pues no habría un ser delimitado en el que pensar. No tendríamos medio para determinar que somos distintos del mundo que nos rodea.

Mientras caes amanece en el mundo de signos y códigos. Y tú no sabes qué pasó anoche y te dejas caer, mientras ves que “\Cae en infancia \Cae en vejez \Cae en lágrimas \Cae en risas”

¿Dónde está la gracia? ¿Tu elegancia, tu postura, tu arrogancia tu garbo? ¿Dónde me olvidaste a noche?

 

“(…) Estás solo \Y vas a la muerte derecho como un iceberg que \ (se desprende del polo \Cae la noche buscando su corazón en el océano \La mirada se agranda como los torrentes \Y en tanto que las olas se dan vuelta \La luna niño de luz se escapa de alta mar”

 

¿Huidobro, te preguntaste, por qué nos llamaron Vicente?

 

 

[1] Huidobro, Vicente. “Altazor o el viaje en paracaídas” –Canto I. Madrid (1931).

Márcia Batista Ramos

Nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia, en periodismo binacional Exilio, México y en la revista Madeinleon Magazine, España.

marciaempocaspalabras@yahoo.com

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