Desde el Sur

La catábasis es la anábasis en la poesía de Jorge Teillier (poema XXIII) [1]

La catábasis es la anábasis en la poesía de Jorge Teillier (poema XXIII) [1]

Abril 13, 2021 / Por Márcia Batista Ramos

Portada: Jorge Teillier Sandoval (1990). Tomado del archivo del escritor de la Biblioteca Nacional de Chile

 

El poeta chileno Jorge Teillier Sandoval (1935-1996) es considerado como uno de los más influyentes poetas chilenos del siglo XX, perteneciente a la Generación literaria de 1950. Es el iniciador de la poesía lárica o de los lares, aquella poesía que se vuelca con nostalgia a los paisajes y a las tradiciones del terruño, logrando una valorización del paisaje endógeno, cotidiano y amable que contrasta con la modernidad porque configura un espacio propio, de carácter mítico, relacionado con un modo de vivir particular, aquel que establece la idea del "lar", al lugar del tiempo perdido que subyace a la idea de la soledad urbana, ya que en la urbe el individuo se encuentra desarraigado.

“Crónica del Forastero” es un poema extenso, con casi millar de versos distribuidos en 24 secciones. Representa la arquitectura argumental que sostiene Jorge Teillier al presentar un componente narrativo que sistematiza una sucesión relativa de secuencias en que se despliega el retorno del sujeto discursivo a la aldea natal, a la casa paterna, a los lugares de la infancia y adolescencia.

También, representa el viaje arquetipo que el individuo realiza desde el nacimiento hasta la muerte que, en el caso de Teillier, atraviesa el viaje temporal al pasado como un movimiento en el espacio cultural del descenso al mundo de los antepasados, construyendo así un acto de negación del poder de equivalencia inalterable que es el tiempo mortal. El retornar al pasado es la catábasis, pues representa el viaje a la profundidad, el descenso al lugar de las sombras tutelares de los antepasados y el dominio perdido del sujeto, la infancia; y la subida o el retorno a la realidad presente (a la modernidad) es la anábasis.

Desde niño el poeta tuvo conciencia de la muerte, no como fin pero como continuidad de la misma existencia en otras circunstancias, tal vez más tenues, sin el ropaje del cuerpo. Cuenta que cuando era niño sentía pasos subiendo la escalera que llevaba a la torre de la casa, donde se encerraba a leer, lo que le dio familiaridad con la muerte y la seguridad de que el “yo” o el “tú” siguen existiendo después de abandonar esa indumentaria que llamamos cuerpo y que nos da la certeza de la vida, en cuanto lo habitamos.

Jorge Teillier, apegado a la sencillez fundamental de sus imágenes poéticas, reconoce la importancia por estar vivo; empero, al mismo tiempo, registra el desamparo y desconsuelo por sentirse infecundo a la mitad de la vida. Porque la vida en sí misma no es totalmente grata, independientemente de las imágenes idílicas, creadas o no, que habitan la geografía de la memoria y del verso:

 

“Lo que importa \ es estar vivo \ y entrar a la casa \ en el desolado mediodía de la vida. […]”

 

El trabajo cotidiano repetido hace siglos y exigido para seguir vivo en la aldea, espacio geográfico idílico, en el cual lo cotidiano, discrepa con la modernidad imperante, aparece en la poesía de Jorge Teillier, reafirmando la necesidad que cada individuo tiene de arraigo, para existir como tal, en el mundo complejo y deshumanizante que trata a todos como números en estadísticas sin rostros ni alma.

El poeta sabe que la vida en sus repertorios básicos es cíclica, que siempre existirá un hombre que are el campo, independiente de la tecnología espacial. Se repetirán los mismos gestos confirmando que la vida es simple, como simples son las faenas en la aldea, y mientras alguien esté para realizarlas, la vida seguirá siendo vida:

 

“[…] \ El río pasa recogiendo la calle polvorienta. \ Los satélites artificiales pueden rodear la tierra, \ pero nada saben de ellos los bueyes enyugados a las carretas. \ Es el mismo de otro siglo el gesto del campesino al descargar un saco de trigo […]”.

 

Empero, es menester observar que el espacio geográfico en la poesía de Jorge Teillier cobra una fisionomía humana donde: el polvillo danza, el sol no tiene memoria, los sacos están dormidos y el resplandor de las cosas tiene secretos que los aromos revelan:

 

“[…] \ el polvillo de la molienda danza en el sol sin memoria, \ escuchamos el trote de los ratones entre los sacos dormidos en la bodega, \ y el oculto resplandor de las cosas \ tiene un secreto revelado por los aromos.”

 

Sencillamente, porque el poeta no logra concebir el mundo con la clásica división de seres animados e inanimados, vivos y muertos…Ya que, en su universo, idílico, todo palpita, todo vive.

De pronto un tren en movimiento silbando, animado como todo su universo, aparece en escena y en acción:

 

“[…] Escucho el pitazo del tren \ cortando en dos al pueblo. […]”

 

Esa segmentación de la aldea en dos hace que el poeta se sitúe en un segmento (el presente) y evoque sus recuerdos personales:

 

“[…] El pueblo donde pedí tres deseos al comer las primeras cerezas, \ donde me regalaron una lámpara humilde que no he vuelto a hallar, […]”

 

Asimismo, desde el segmento del presente evoca a sus ancestros, los que construyeron la aldea, porque sabe que no existe una expiración, todos siguen existiendo y la memoria es el medio para canalizar la anábasis o resurrección, que permite traerlos de regreso, independientemente de dónde se hallan:

 

“[…] el pueblo que tenía unos pocos miles de habitantes cuando nací, \y fue fundado como un Fuerte \ para defenderse de los mapuches \ (todo eso era nuestro Far West). […]”

 

Después, de ver su aldea resucitada, el poeta reconoce la simbiosis del tiempo en los elementos que “aún” permanecen vigentes o vivos como hábitos humanos de la aldea que, para él, es un universo que palpita:

 

“[…] El pueblo donde aún humean mantas junto a cocinas a leña

y el invierno es la travesía de un tempestuoso océano. […]”

 

Vuelto a sí mismo, el poeta trata de buscar su memoria personal y otra vez, se depara con la universalidad de la existencia, donde el “yo” se diluye, dando paso a la colectividad:

 

“[…] Si me pidieran recordar \ algo más allá de las calles donde di los primeros pasos \ no sabría mucho que decir. \ Creo que he estado en otros países \ he visto día a día en las ciudades vehículos iluminados como trasatlánticos \ llevar rostros fatigados de un matadero a otro. [...]”

 

En ese abrir y cerrar entre la vida y la muerte, representado entre el presente y los recuerdos, entre el yo y los antepasados, surgen las cavilaciones del poeta que, a veces, duda que es poeta:

 

“[...] ¿La vida es un pretexto para escribir dos o tres versos \ cantantes y luminosos?, escribió un poeta, \ pero tal vez yo no sea de verdad un poeta. […]”

 

En medio a las dudas del poeta resucita el individuo que sabe lo que no quiere, para sí y para su prójimo:

 

“[…] Me amo a mí mismo tanto como a mi prójimo \ pero estoy dispuesto a desaparecer junto a todo mi prójimo. \ Puedo rezar sin creer en dios, \ a las noticias del día \ suelo preferir leer memorias de oscuros personajes de otras épocas \ o contemplar los gorriones picoteando maravillas. […]”

 

El poeta, Jorge Teillier, sabe que la vida en sus repertorios básicos es cíclica y, otra vez, vuelve a constatarlo en un soliloquio circular:

 

“[…] De nuevo alguien ve derrochar \ los yuyos su oro al viento. \ Alguien va a temer cada mañana que el sol no regrese, \ alguien tal vez aprenderá a leer en diarios que anuncian nuevas guerras, \ alguien en la noche \ va a tomar un carbón encendido para trazar círculos de fuego \ que lo protegen de todo mal. […]”

 

Sin denotar sorpresa, imbuido de fatalidad el poeta vislumbra el camino que le conducirá a su muerte:

 

“[…] Quedaré solo en un bosque de pinos. \\ De pronto veré alzarse los muros al canto de los gallos. \ Podré pronunciar mi verdadero nombre. \ Las puertas del bosque se abrirán, \ mi espacio será el mismo que el de las aves inmortales \ que entran y salen de él, \ y los hermanos desconocidos sabrán que ya pueden reemplazarme. \\ Debo enfrentar de nuevo al río. […]”

 

Ante lo inevitable, el poeta no duda, porque desde niño sabe que no se trata del fin y sí de otro camino:

 

“[…] Busco una moneda. \ El río ha cambiado de color. \ Veo sin temor \ la canoa negra esperando en la orilla”.

 

El viaje de la memoria por los dominios de la remembranza, de su propio temperamento o imaginación al evocar, da un carácter testimonial al poema. El pasado que estuvo reprimido regresa, a través de las remembranzas, transformando la orientación hacia el futuro.

El poeta sabe que la muerte es una parte de la vida. Estuvo seguro que la vida vale la pena ser vivida por todas las imágenes que pudo absorber de la realidad o verlas con los ojos cerrados y permanecer en esos sitios idílicos. Asimismo, sabe que morir también vale la pena y no hay miedo de avistar a Caronte. Apenas hay que alistar la moneda para cruzar el río de Hades en una verdadera catábasis (una expedición a los infiernos), que no será nada más que una simple anábasis que le permitirá seguir en la vida que le corresponderá vivir (como de aquellos que se escuchaban los pasos subiendo las escaleras en su infancia) después de la muerte.

 

 

 

[1] Crónica del forastero. Santiago: Talleres Gráficos Arancibia Hermanos, 1968.

Márcia Batista Ramos

Nació en Brasil. Licenciada en Filosofía. Gestora cultural, escritora, poeta y crítica literaria. Es columnista en la Revista Inmediaciones, La Paz, Bolivia, en periodismo binacional Exilio, México y en la revista Madeinleon Magazine, España.

marciaempocaspalabras@yahoo.com

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