Experiencia lectora

Canek: el trasfondo humano de la rebelión

Canek: el trasfondo humano de la rebelión

Octubre 12, 2021 / Por Hugo Ernesto Hernández Carrasco

El 12 de octubre es una de esas fechas icónicas que no siempre se llaman de la misma forma: día de la raza, de la diversidad, de la resistencia indígena, del legado italiano, de los pueblos indígenas, etc… La fecha, aún con sus cambios de nombre, sacude cada año el debate. Para muchas personas, desde los más variados círculos sociales y profesionales, las reivindicaciones con motivo de tal efeméride, son una especie de “moda” o de “corrección” dentro del discurso político y social. Nada más errado, por supuesto. La resistencia, la reivindicación de lo propio como algo más allá de lo estrictamente identitario, la implosión y contradicciones (más allá de las eternas y limitadas categorías de “lo bueno” y “lo malo”) con las que los descendientes de los nativos han vivido y convivido desde hace poco más de 500 años, nunca se fueron, sino que se hicieron más visibles, siempre han estado ahí: nos lo gritaron las primeras rebeliones posteriores a la conquista, las rebeliones ante el incipiente Estado mexicano del siglo XIX, nos lo gritó también la literatura. Una de estas expresiones fue sin duda Canek, de Ermilo Abreu Gómez. Un clásico editado en los años cuarenta que no es más mexicano y sí más yucateco por una doble razón: la primera, porque el excesivo centralismo literario provoca que incluso las ficciones ocurridas en ciudad de México pasen a ser, en automático, literatura mexicana; en tanto que el filtro para la ficción y los relatos de cualquier parte de la provincia, en la mayor parte de los casos, resulta distinto, ya sea porque éste se sitúa desde su propio locus y desde ahí emprende a través de los lectores una larga marcha rumbo a su reconocimiento como parte de “la literatura mexicana”, o bien porque se le retiene en los márgenes desde su propia denominación y gentilicio; es decir, como un cómodo grillete particularista del propio canon oficial: literatura yucateca, chiapaneca, de la frontera (como si los tres mil kilómetros fueran uniformes), veracruzana, etc… Esta tendencia se mantiene, a pesar de que en efecto, una de las novela más importantes de nuestro país sea Pedro Páramo, en cuyo lugar, Comala, parece resumirse y expresarse los claroscuros transversales de “lo mexicano” (lo que sea que eso signifique, por supuesto).

Canek es la muestra de que una obra clásica, trascendental, no necesita apelar a la imaginación/geografía centralizada, ni siquiera de su propia capital (Mérida). Tampoco necesita apelar a lo políticamente correcto o a la coyuntura, pues la rebelión indígena no era algo que precisamente estuviera en la agenda política, social o cultural de los años cuarenta, justo cuando el mito del nacionalismo revolucionario y mestizo estaba en plena consolidación. Canek supera por mucho los trazos de su época. El lenguaje de Canek es el necesario, sin pretensiones, sincero y sobre todo suficiente. Es el reflejo fiel de sus personajes, también lenguaje duro, llano y directo. Equilibrio complicado de edificar en cualquier obra.

Las imágenes que nos deja Abreu Gómez a lo largo de la obra se vuelven difíciles de ignorar y olvidar. La dosificación de las situaciones y sus conflictos hace que, conforme uno avanza en la lectura, comprenda el trasfondo humano de la rebelión, pero no desde su idealización sino desde las propias contradicciones humanas que embargan tanto al protagonistas como a los personajes secundarios. En este sentido, llama la atención por ejemplo, un diálogo entre Canek y Guy, el niño que aparece con él en la primera parte de la obra:

 

En otro lugar Canek se arrodilló y besó la tierra. Guy le preguntó:

—¿Por qué haces eso?

Canek contestó:

—Aquí estuvo enterrado Nachi Cocom que murió acosado por la crueldad de los blancos. Sobre su tumba, en el silencio de la noche, se oye el trueno de su voz.

Guy dijo:

—Yo no lo oigo.

Canek añadió:

—Porque eres bueno.

 

Este diálogo resulta especial porque, dentro de todo, desbarata los maniqueísmos No se es “bueno” o “malo” frente a la lucha por la libertad o frente a la necesidad de rebelarse; es quizá parte de la condición humana toda vez que la opresión se vuelve insostenible, toda vez que la opresión va más allá de los estrictamente económico y por tanto, de la lucha de clases. En Canek, la palabra “indio” —mencionada 103 veces— asume su total polisemia pero no solo desde lo estrictamente lingüístico, sino desde las distintas humanidades y significaciones sociales que se ven atravesadas por ella (la palabra “indio”). Una de las partes más significativas dentro de la lectura, se da en la tercera parte, del cual podemos leer el siguiente fragmento:

 

Miguel Kantum, de Lerma, es amigo de Canek. Le escribe una carta y le manda a su hijo para que haga de él un hombre. Canek le contesta diciéndole que hará de su hijo un indio.

 

La conexión de la obra con la naturaleza circundante de la península, la cotidianidad de una hacienda y de ciertos eventos religiosos o astronómicos, lejos de caer en algún barroquismo costumbrista, alcanzan a describir el entorno con el cual, sus protagonistas siempre se encuentran en constante simbiosis. Podríamos casi afirmar que la naturaleza es un personaje pasivo dentro de Canek, interactúa con los personajes y los personajes con ella en una especie de ciclo circular donde nadie se subordina a nadie, sino que ambos (ser humano y naturaleza) son expresión del mismo destino.

Finalmente, al escribir esto, no deseo hablar por el autor ni reivindicarle como defensor de alguna causa, ni reivindicar a su protagonista o a la obra como manifiesto para la defensa del indigenismo. Cualquiera afirmación de esta categoría corre el peligro de invisibilizar o esencializar a los sujetos implicados. La interpretación del papel jugado por Guy, la humanidad de Canek, se derivan de la percepción generada por el mismo relato, y eso, precisamente, en esa imprecisión o mejor dicho, en esa inmensidad de escenarios y posibilidades generada por la palabra dentro de la ficción, reside una de las virtudes más grandes de toda obra literaria: devolver al lector, una imaginación aún más grande, un ensanchamiento a su mundo propio de posibilidades, pulverizando su quietud interpretativa de la realidad.

Hugo Ernesto Hernández Carrasco

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