Gorilas en Trova

Autoedición para una madre: Luis Manuel Pimentel

Autoedición para una madre: Luis Manuel Pimentel

Mayo 10, 2022 / Por Maritza Flores Hernández

Foto portada: Detalle de ilustración de Ramón Pimentel para La torre pájaros. Cortesía de Luis Manuel Pimentel.

 

Luis Manuel Pimentel, editor, novelista, cuentista, poeta y apasionado de la palabra, conversa sobre cómo salta del poema al cuento y a la novela, sin dejar de lado ni la edición ni el amor.

—Sabemos que eres editor, experto en semiótica, novelista, cuentista, relacionado con la comunicación a través de la literatura y te ha dado tiempo de publicar un poemario, Estuvieron Cerca Los Almendrones Mientras Creíamos Haber Amado. Cuéntanos sobre él.

—Publiqué el poemario Estuvieron Cerca Los Almendrones Mientras Creíamos Haber Amado con Ablucionistas y con el apoyo del Congreso del estado de Hidalgo. Está vinculado al tema amoroso. Son casi 60 poemas que he escrito desde hace diez años hasta hace cuatro, cuando medianamente lo cerré. Son poemas relacionados con el tema del amor. Considero que es una suerte de vallenato. Y el vallenato contiene alegría, tristezas, penas, olvidos; es un catalizador para encontrar esta parte íntima.

—¿Tu poemario habla de un amor de pareja o familiar?

—Habla del amor conyugal, de pareja, erótico; y también de dolor, no todo es bello. Este poemario tiene que ver con esta temática amorosa desde múltiples vistas.

—Detrás de cada verso de este poemario, ¿qué es lo que se esconde?

—Yo diría, más bien, se revela. Se relevan sensaciones, formas de darle sentido a la realidad de esa relación y cómo uno va construyendo sensaciones bonitas y experimentales con respecto al otro, tanto desde el punto de vista físico, metafísico como carnal. No nada más viéndolo desde esa esencia cursilona, sino desde una manera muy aprehensiva, a pesar de que el poemario se mueva o tenga distintas locaciones.

—Eres cuentista. Eres autor de tu colección de cuentos La ventana panorámica y también poeta. ¿Qué ocurrió primero, la poesía o la narrativa?

—Empecé a escribir poesía, después narrativa. No fue una cuestión forzada sino algo natural.

Tengo mi espacio y mi forma de sensibilidad poética; y tengo mi espacio y forma de mi sensibilidad narrativa. Esto, para mí, no ha representado ningún problema ni me ha causado ningún trauma.

No estoy casado con ninguna forma o género, porque todo depende de lo que yo vaya teniendo en mi cabeza y de lo que vaya sintiendo; más bien, me dejo llevar. Puede resultar en poema, novela o cuento. Pueden ser cuentos largos; o poemas medianos o de largo aliento.

No tengo ningún complejo ni me siento de un solo género literario. La literatura se me da de forma natural.

—En tu obra da la impresión de que tus versos quieren saltar de este espacio material al metafísico. En ese sentido, ¿tu poesía vendría a superar a esta dimensión, representando a una cuarta o quinta dimensión que aventaje al mundo virtual incluso?

—Son realidades distintas. Creo que esta parte, la metafísica, llamémosle el motor que tenemos por dentro del alma para escribir, se materializa un poco a través de la palabra, por lo que en ese encuentro con la palabra se va a revelar lo que está dentro.

Ahora, otra cosa es saber qué es lo que se revela, qué se está sintiendo, qué se está construyendo para darle sentido a eso que se tiene en la cabeza.

Lo metafísico, yo lo vería como el motor catalizador y no nada más para la poesía sino también para otros tipos de expresiones.

Viéndolo así, estamos como arraigados a ese mundo invisible que te permite llegar a otras dimensiones, y estas pueden ser muy variadas.

Pueden ser virtuales, incluso visiones internas tuyas que te llevarían a otros espacios, como al pensamiento o a otros que tú mismo construyes en tu mente o en tu propia experiencia de auto-exploración.

Estos espacios o dimensiones dependen mucho de cada lector, cada uno encontrará lo que está sucediendo allí.

—Hace poco, con los escritores José Luis Prado y Víctor Baca, hiciste una intervención de otros espacios, de paredes blancas, que titularon “Misiles Vacíos”. ¿Tienes la tradición de expresarte tanto en lo visual como en la palabra?

—Tenía tiempo que no me invitaban a una exposición colectiva. La última fue el tema sobre la mujer en el museo de Barquisimeto, en Venezuela. Imagínate, han pasado siete años aproximadamente. Pero eso no quiere decir que haya dejado de dibujar o de hacer algunos otros intentos para expresarme desde el arte visual.

Hay un momento en que lo visual me ayuda a reconstruir y a reforzar o resignificar como en los “Misiles vacíos”.

Es una exposición colectiva, donde cada uno va haciendo una presencia argumentativa desde lo visual, en relación con la guerra. Quisimos que la mayoría del trabajo se diera por medio de la letra, que ésta fuera la protagonista.

La letra como parte visual tiene que ver con los trazos, los colores, las formas. Así vamos buscando cómo expresar esa injusticia tan ruda que nos ha tocado en los últimos tiempos de la humanidad sobre todo en este rollo de la guerra. Pensando en los más cercano como lo que ocurre entre Rusia y Ucrania, que nos afecta a todos de alguna forma.

—Hace un momento, comentaste que te llevó diez años cerrar tu poemario Estuvieron Cerca Los Almendrones Mientras Creíamos Haber Amado. ¿Durante esos diez años, el mundo cotidiano influyó en tu poesía?

—Sí, porque además hablo de la cotidianidad del amor como una forma de expresión y de sentir una motivación y que esa motivación se ve reflejada en ese espacio de interrelación personal.

En ese espacio está todo e implica lo cotidiano, lo no cotidiano; el tiempo, el no tiempo; miradas y no miradas; dolores y no dolores. Es una afirmación de las mismas cosas que se viven.

—Visto así, ¿el hombre es una contradicción o una paradoja?

—Yo creo que una contradicción y una duda. El ser humano tiene una incertidumbre interna, que lo va a lleva a establecer relaciones con otras cosas. Todo depende de cómo cada uno mire e interprete las cosas.

Se está viendo un boom de lo coach, que parece enseñar a vivir en un mundo dentro de una completa burbuja. Cuando la realidad muestra que hay que aprender a vivir entre la ficción y la realidad para poder establecer acercamientos con lo que uno quiere y con lo que uno está buscando. Claro que hay gente buscando respuestas en ciertos libros.

—Sabemos que desde tu época de estudiante universitario hasta la fecha te has desenvuelto como editor. En ese sentido, ¿cómo decides cuándo publicar alguna de tus obras: novela, poemas, cuento?

—El mismo libro lo dice. Sus personajes y acciones van estableciendo la velocidad y la pasión con la que estás escribiendo. Llega un momento en que ya no hay nada más que hacer.

Así como tienes libros que cierras, tienes libros abiertos.

Por cierto, ahora, el último libro que yo escribí y publiqué se llama La torre pájaros; es el primero que me auto edito oficialmente, por dos motivos: uno, porque ya lo tenía escrito y sabía que la historia estaba lista; y el otro, quería hacerle un regalo a mi mamá, que cumplía 80 años.

Además, tengo un hermano que dibuja y es pintor. Unimos fuerzas: él sumó las ilustraciones a mi historia para juntos hacerle ese regaló a mi mamá, aprovechando también que estoy fundando la editorial el “Signo invisible”.

Fue una especie de azar voluntario y necesario que era el regalo para nuestra madre.

Se trata de una historia bien hecha, bien escrita, bien dibuja y bien planteada. Por eso no me hace sentir mal esta auto edición.

Y aunque hay un código ético del editor en cuanto a que no se edita a sí mismo, en este caso me pareció necesario hacerlo.

Por otra parte, me parece que uno está aportando a este espacio de cultura y a ese universo cultural de miles de editoriales que deben de existir en el mundo.

Aunque hay sobreproducción editorial y mucha gente editando libros, esto va dando nuevas entradas a muchos escritores.

—¿De qué trata La torre pájaros?

—Es una historia que tiene muchas aristas, pero te voy a hablar de dos. Primero: se trata de literatura comunitaria, porque está construida con base en personas que viven, vivieron o murieron en un edificio en partícular y todas las personas nombradas son reales. Esa comunidad existe, su historia se entrevera con cosas ficcionales, y las cosas ficcionales tienen que ver con los pájaros.

La segunda: tiene que ver con la memoria efectiva, en relación con el tiempo y la distancia, aunque en ningún momento nombro la ciudad específica, sino que es una ciudad cualquiera; ni el edificio, pues cualquier edificio se puede convertir en una torre. Es interesante cómo el recuerdo de ese edificio y de esas personas a mí me tamiza y lo llevo hasta esta historia.

Mi mamá es la protagonista. Escribí esta historia pensando en ella y en lo que se motoriza a través de las relaciones humanas. La historia también se motoriza con la presencia de la policía, las guardias y el ejército, en los hechos que se dieron en Venezuela en 2017, sucesos que también pueden ocurrir en cualquier otra ciudad o país.

En La torre pájaros encontré una forma de desmaterializar el final de las cosas.

—Algunos consideran que La torre pájaros es un poema largo o prosa corta, ¿tú qué opinas?

—He escuchado de amigos que lo han leído y entran a esa diatriba. Creo que es una novela ultracorta.

Con esta respuesta nos despedimos de Luis Manuel Pimentel, escritor y poeta tamizado por los recuerdos de su patria, Venezuela, y de su madre de 80 años cumplidos, entratanto apuramos la lectura de La torre pájaros, con ilustraciones de Ramón Pimentel.

 

Maritza Flores Hernández

Cuentista, ensayista y también abogada. Egresada de Casa Lamm, donde hizo la Maestría en Literatura y Creación Literaria. Considera el arte, la ciencia y la cultura como un todo. Publica dos columnas literarias cada semana, en distintos diarios. Su obra ha formado parte de la antología de cuentos “Cuarentena 2020”.

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