Gorilas en Trova

Jane Austen, Charles Bukowski y el correo que cambio mi vida

Jane Austen, Charles Bukowski y el correo que cambio mi vida

Octubre 08, 2021 / Por Maritza Flores Hernández

El 4 de octubre de este año, durante 6 horas, 3 500 millones de personas quedaron sin los servicios de mensajería de WhatsApp y Facebook, así como de Instagram. ¿Imagina Usted un día completo sin ninguna clase de correo?

El correo existe desde tiempos inmemoriales. Probablemente surgió cuando alguien envió un recado, un objeto, una declaración de guerra o de amor a otro. También llamado servicio postal, comprende tanto a las personas encargadas de clasificar los mensajes o paquetes, como a quienes los entregan. Aunque con la palabra correo igualmente se designa a las cartas y paquetes.

Claro, el servicio postal tal y como lo conocemos ahora, a bajo costo y al alcance de los particulares, nace en el siglo XIX, con la invención del sello o timbre postal, ideado por sir Rowland Hill, en 1847, en Inglaterra; lo que propició el intercambio de mensajes a gran escala.

Podemos suponer, entonces, cómo el correo se transformó en el conducto para reportar los acontecimientos entre una pareja o los avatares de los miembros de una familia; se transforma en el medio más cercano e íntimo para recibir y enviar las palabras de otro. Es posible que, en esa época, la palabra escrita tomara un lugar preponderante entre toda la gente, pues bastaban unas pocas líneas para comprender lo que pasaba en el ánimo de la otra persona.

A principios del siglo XIX no era común que la gente se apersonara en el correo, pues era una labor encomendada a alguno de los que servían en las casas y, por su parte, el correo ya contaba con sus propios emisarios.

Todos estos antecedentes son recogidos en estudios sistematizados, pero también en la literatura, lo que habla del impacto que el servicio postal causó en la cotidianidad humana.

En Emma, novela de Jane Austen, ocurre que la señorita Fairfax, se encuentra con el distinguido caballero John Knightley,

 

…y él le dijo:

Supongo que esta mañana no se aventuraría usted muy lejos, señorita Fairfax, de lo contrario estoy seguro de que se habrá mojado…

—No iba más que a correos –dijo ella–, y cuando la lluvia arreció ya volvía a estar en casa. Es mi paseo de cada día. Cuando estoy aquí siempre soy yo la que va a recoger las cartas. Así se evitan inconvenientes, y tengo un pretexto para salir. Un paseo antes del desayuno me sienta bien.

—Pero supongo que un paseo bajo la lluvia no.

—No, pero cuando salí de casa no caía ni una gota. —El señor John Knightley sonrió y replicó:

—Eso es un decir, pero parece que tenía usted mucho interés en dar este paseo, porque cuando tuve el placer de encontrarla no había andado usted ni seis yardas desde la puerta de su casa; y ya hacía bastante rato que Henry y John veían caer más gotas de las que podían contar. Hay un período de la vida en el que la oficina de correos ejerce un gran encanto. Cuando tenga usted mis años, empezará a pensar que nunca vale la pena mojarse para ir a buscar una carta.

Ella se ruborizó ligeramente…

 

Para Jane Austen —escritora británica (1775-1817) radicada en Hampshire, Inglaterra—, las cartas y el correo guardan esa intimidad de la que antes hablamos, esos sentimientos y emociones que con todo pudor deberían quedar a buen resguardo; de modo que, esperar ansiosamente el correo al punto de ir hasta la propia oficina del servicio postal para “ver” si ya había llegado la correspondencia, significaba algo así como delatarse a uno mismo, como poner un anuncio de los propios sentimientos en Facebook, lo que en el siglo XIX no está bien visto, colocando a la persona —hombre o mujer— en el ojo de un escándalo.

Para la señorita Jane Fairfax, todo este bochornoso asunto empeora paso a paso:

 

[ella] luego contestó: …

comprendo perfectamente que las cartas signifiquen muy poco para usted, mucho menos que para mí, pero la diferencia no está en el hecho de que sea usted diez años mayor que yo... no se trata de la edad, sino de la situación. Usted tiene siempre a su lado a las personas a las que quiere más, mientras que yo probablemente nunca más volveré a verlas reunidas a mi alrededor; y por lo tanto, hasta que no hayan muerto en mí todos mis afectos, una oficina de correos tendrá siempre el suficiente poder de atracción como para hacerme salir de casa, incluso con un tiempo peor que el de hoy…

 

La señorita Fairfax, en verdad, no era nada grosera; no obstante, al verse descubierta cae en una conmoción; mucho más al oír de voz de un caballero de alto rango moral decir: “Cuando tenga usted mis años, empezará a pensar que nunca vale la pena mojarse para ir a buscar una carta”.

Porque esta frase, bien empleada, podría signficar “tenga Usted paciencia”; mas ella la interpreta como una velada manera de: “la he pillado en falta”; así que su defensa se torna algo ruda: va desde la más sensible, ella no tiene a la mano a su seres queridos, hasta el insulto, pues lo califica como “viejo”, emitiendo una conclusión dramática:

 

…hasta que no hayan muerto en mí todos mis afectos, una oficina de correos tendrá siempre el suficiente poder de atracción como para hacerme salir de casa, incluso con un tiempo pero que el de hoy…

 

Ese es el principal poder del servicio postal: ser el vaso comunicador entre los afectos de las personas, contacto indispensable para sociabilizar y mantener viva la confianza de que las situaciones difíciles, las ausencias y enfermedades serán superadas; incluso, de que nadie caerá en el olvido.

Por esto, el personaje se arriesga a recibir las reprimendas de las personas mayores, quienes desean sacarla de cualquier clase de señalamiento que pudiera poner en peligro su futuro; por ejemplo, la señora Eton ofrece a unos de sus criados para recoger su correo.

Pero Jane Fairfax no aceptó la oferta y agregó:

 

…Si el ir a correos no fuera un placer para mí, ya iría a por las cartas la criada de mi abuela, como va siempre cuando yo no estoy en Highbury...

…La oficina de correos es algo maravilloso —dijo—. Me admira su regularidad y su prontitud... Si se piensa en todo lo que tienen que hacer y en que lo hacen tan bien, es algo realmente asombroso….

…Es tan poco frecuente que tengan olvidos o errores... Es tan poco frecuente que una carta, entre millares que van constantemente de un lado a otro del reino, se lleve a un lugar equivocado... ¡y yo supongo que ni siquiera una de entre un millón llega a perderse! Y cuando se piensa en la variedad de escrituras, y en la mala letra de muchos, que tiene que descifrarse, aún resulta mucho más asombroso...

…La costumbre da mucha práctica a los empleados... Cuando empiezan necesitan tener cierta rapidez de vista y de manos, y con la práctica adquieren mucha más. Y si quiere comprenderlo mejor… les pagan por eso. Ésta es la explicación de que sean tan hábiles. El público paga y tienen que servirle bien…

 

Bueno, Jane Austen, en realidad, es una escritora que goza del poder de la ironía y de las excusas. Quién más podría imaginar la belleza de la oficina postal, traducida en un universo de “millares de cartas” moviéndose con absoluta regularidad, con videntes vencedores de las letras indescifrables, dotados con vistas agudas y manos de prestidigitador.

Dedicarle tantos renglones al tema del correo, de sus empleados, de la dificultad de entregar las cartas sin extraviar ninguna, y de los jóvenes atentos a las piezas postales, como hoy en día, lo están a la tableta o al celular, explica el momento por el que la humanidad transitaba.

Según, Jane Austen, era un tema obligado. La gente conversaba sobre éste y enfrentaba las dificultades de la modernidad. Puesto que no se encomienda recibir el correo a cualquier persona, como lo señala la señora Eton, ¿podría la señorita Fairfax autorizar que uno de sus sirvientes recibiera “su” correo?

Es innegable, no podemos omitir algunas preguntas (sí, Usted también querido lector). ¿Será posible que un sirviente o cualquier otra persona tenga curiosidad sobre el correo ajeno? ¿Se permitirá tentar y lo abrirá para enterarse de su contenido?

Para muchos la respuesta factible sería, sí. Pues, de la misma manera que hoy, existen personas deseosas de escudriñar la intimidad de otros, a través de la interpretación que hacen de las imágenes compartidas en Facebook o en Instagram; o más aún, de los mensajes intercambiados en un WhatsApp al que no tienen derecho; de la misma manera, habría personas interesadas y calificadas —como expertos hackeadores— para abrir los sobres lacrados y luego cerrarlos sin dejar rastros; de suerte que sí, era una preocupación poner en otras manos el correo propio.

Ahora bien, de este ambiente refinado, de buenos modales y de fina ironía, propia de principios del siglo XIX, pasamos al conocimiento de los hombres y mujeres del servicio postal de Estados Unidos de Norteamérica del siglo XX, desde la escritura del genial estadounidense Charles Bukowski, quien en su primera novela, Cartero, narra las tribulaciones de un hombre que durante doce años prestó sus servicios en dicho sistema, sin que jamás robara ninguna carta o paquete, ni tuviera curiosidad o ganas de violar la correspondencia que pasaba por sus manos.

El antihéroe de Cartero no es el típico buen ciudadano de Estados Unidos de Nortemérica, al corriente de sus impuestos, que cruza la calle en la esquina y con la luz verde del semáforo; tampoco es el buen padre de familia que detiene el vehículo justo antes de que le toque la luz roja; menos el que cede el paso al peatón, alimenta a sus hijos y esposa, y es absolutamente fiel.

No, Henry Chinaski —así se llama este antihéroe— es un hombre como cualquier otro. Uno que comienza su actividad de cartero, como él mismo lo dice, “por causalidad”, durante una navidad, cuando se enteró que contraban a cualquiera que ayudara a entregar un saco de cartas. Pronto el encanto que lo atrapa, él mismo lo cuenta:

 

…Creo que fue en mi segundo día como auxiliar de Navidad cuando esta mujerona salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas. Cuando digo mujerona me refiero a que … en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba demasiado.

Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa.

Su marido trabajaba en una isla lejana y se sentía sola, ya sabes, y vivía en aquella casita de allá atrás, toda para ella.

…—De acuerdo —dijo ella—, te veré esta noche.

Estuvo bien, tenia un buen polvo, pero como todos los buenos polvos, al cabo de la tercera o cuarta noche empecé a perder interés y no volví.

Pero no podía dejar de pensar: “Caramba, todo lo que hacen estos carteros es dejar unas cuantas cartas en el buzón y echar polvos. Este es un trabajo para mí, oh sí sí sí.”

 

Charles Bukowski, autor de Cartero, a pesar de la rudeza del lenguaje, deja en claro que el cartero puede ser un “tipo” de mal aspecto, mal talante, dado a la bebida, a las mujeres y a otras aficiones menos edificantes, pero jamás dejará de cumplir con su deber de entregar el correo.

Chinaski, alter ego de Bukowski (como usted ya lo habrá divinado), pasa un examen y es designado cartero suplente; porque no crea usted que alguien aspira a ser cartero y así sin más le dan el cargo; no señor, eso no ocurre así; la no ficción de esta sí realidad, (¿o era el revés?), bueno, en la novela, el personaje aprueba el examen para ser suplente; luego, se presenta a las cinco de la mañana y espera a recibir la encomieda de repartir el correo, sólo si el cartero titular no llega al trabajo.

El protagonista describe que hay más de 40 o 50 rutas, que nadie nunca llega jamás a conocer del todo, y antes de las 8 de la mañana se debe tener en orden las cartas y paquetes para enseguida llevarlas a los destinatarios.

Adicionalmente, hay un límite de tiempo para lograrlo y regresar a la oficina; hacerlo fuera de tiempo o sin haber entregado el correo es motivo de amonestación y, como consecuencia, de la pérdida del salario de ese día.

Nada fácil, ¿no lo cree?

El protagonista comenta:

 

…Y una o dos veces por semana, ya bien rotos, apaleados … teníamos los repartos nocturnos, cuyo horario era imposible, la furgoneta no podía ir tan deprisa. En la primera ronda tenías que repartir cuatro o cinco cajas y cuando volvías ya estaban de nuevo desbordantes de correo y tú apestabas, bañado en sudor, metiéndolo todo en las sacas. No echaba polvos…

 

Es decir, el aspirante a cartero lejos de llevar la vida quieta y alegre a la que aspiraba, se enfrenta con la carga de la realidad: un montón de sacos llenos de cartas a repartir, sin que aparezca alguna mujer dispuesta a hacerle la vida más agradable, aunque sea  por unos pocos momentos.

Para colmo, no siempre había trabajo, porque cuando el cartero titular se presentaba, al suplente simplemente se le mandaba a casa, sin pago.

Desde luego, hubo días diferentes, cuando en el turno de la noche:

 

…En una de estas rutas había una jovencita que todas las noches recibía un envío especial. Era modista de vestidos sexy y camisones, y los usaba. Subías por su escalerilla hacia las 11 de la noche, llamabas al timbre y le entregabas el envío especial. Ella soltaba una exclamación de sorpresa, como ¡00000000hhhhhhhHHH! —y se quedaba a tu lado, muy cerca, sin dejarte marchar hasta que lo leía, y luego decía— ¡OOOOOooooh, buenas noches, muchas GRACIAS! …

 

Lo demás Usted lo podrá imaginar.

Sí, la vida de cartero no es fácil, y menos, cuando a Chinaski le toca la ruta 539:

 

… La más dura de la estafeta. Casas de apartamentos con innumerables buzones con los nombres medio borrados, o sin nombres siquiera, bajo la luz de miserables bombillitas en oscuros corredores. Viejas en las puertas, de un lado a otro de las calles, haciendo la misma pregunta como si fueran una sola persona con una sola voz:

—¿Cartero, tiene alguna carta para mí? …

 

El cartero se queja, es obvio, tiene que hacerse de dones adivinatorios para suponer a cual de esos departamentos le corresponde cuál pieza postal, y aunque no lo crea, supera esa prueba. Empero, no logra atinar el nombre de la mujer que pregunta si hay correo para ella. ¿Querido lector, Usted, qué le respondería a esa mujer?

Ya podrá suponer lo que el buen Chinaski le espeta.

El protagonista hubo de enfretar toda suerte de tropiezos:

 

…Hubo otro pastor alemán. Era un verano abrasador y vino SALTANDO desde un patio trasero y entonces se ABALANZÓ volando por el aire. Sus dientes chocaron, fallando por un pelo en seccionarme la yugular.

—¡OH, CRISTO! —chillé. ¡OH, DIOS MÍO! ¡ASESINO! ¡ASESINO! ¡SOCORRO! ¡ASESINO!

La bestia se revolvió y saltó de nuevo. Le pegué en la cabeza en pleno vuelo con la saca del correo, haciendo volar cartas y revistas. Estaba preparándose para abalanzarse otra vez cuando dos tipos, los dueños, salieron y lo agarraron…

 

Así que la realidad supera a la ficción. Los perros, ciertamente, persiguen al cartero y tratan de despadazarlo. Gracias a la fuerte constitución y habilidad natural del protagonista logra avanzar lo suficiente para que los dueños sometan al animal; desde luego, Chinaski no suelta el saco; en segeuida, recolecta las cartas. Es impensable que las pierda o las abandone.

Esta clase de tropiezos provoca que regrese con atraso a la central de correos y reciba una amonestación, no hay “pero” que valga. ¿Querido lector, cuánto tiempo aguantaría estas condiciones de trabajo?

Por otro lado, hay gente que considera que el destinario es lo suficientemente famoso y que no requiere de domicilio exacto; Chinaski relata:

 

…un puñado de correspondencia dirigida a una iglesia. En la dirección no venía el número de la calle, sólo el nombre de la iglesia y el bulevar al que daba. Subí, resacoso, los escalones. No pude encontrar ningún barzón ni a nadie. Sólo algunas velas encendidas… el púlpito vacío contemplándome...

 

Recorrió el inmueble, bajó escaleras, lo exploró por su parte exterior sin encontrar a nadie a quien dejar las misivas, pero halló de vuelta en su interior: duchas, baños y una botella de vino, lo que para él fue agradable:

 

Cogí la botella y eché un buen trago, dejé las cartas sobre los ropajes y volví hacia los retretes… Descubrí tiempo después que el correo de la iglesia se dejaba en la casa parroquial que había en la esquina…

 

O sea que cada día hay nuevas aventuras para el cartero. ¿Alguna vez, Usted ha enviado una carta sin dirección o con la direccion incorrecta, sin nombre de la ciudad, código postal o alguna otra referencia que facilite la entrega del documento?

El autor cuenta: el servicio postal no detiene ni suspende sus funciones, a pesar de las guerras, pestes o crisis económicas; así, las misivas llegan a manos de sus destinarios incluso bajo los bombardeos o en las innundaciones. Chinaski explica:

 

…durante una de esas tormentas de 5 días en las que cae el agua como una cortina continua y toda la ciudad claudica, todo se interrumpe, y las alcantarillas no pueden tragarse el agua lo bastante rápido y el agua inunda las aceras y en algunos casos los jardínes y las casas.

Me enviaron a la estafeta de Wently.

La ruta comenzaba en la estafeta. El primero de doce viajes. Atravesé una cortina de agua y bajé por la colina. Era la parte pobre de la ciudad, pequeñas casas y patios con buzones llenos de arañas, buzones colgando de un clavo…

…al empaparse los calzoncillos resbalaban hacia abajo, se iban abajo y más abajo deslizándose por las nalgas, se quedaban colgando de la entrepierna del pantalón. La lluvia hacía que se corriese la tinta de algunas de las cartas, los cigarrillos no conseguían seguir encendidos. Tenías que buscar continuamente revistas en la saca. Era el primer viaje y ya estaba agotado. Mis zapatos estaban empastrados de barro y pesaban como botas. Cada dos por tres pisaba algo resbaladizo y estaba a punto de caerme.

Se abrió una puerta y una vieja hizo la pregunta que había que escuchar cien veces al día:

—¿Qué le ha pasado al cartero de siempre? …

 

Dicho de otro modo, Chinaski entrega el correo en cada buzón o en cada mano; desde luego, al volver con retraso a la oficina, recibe la amonestación correspondiente.

Uno se pregunta, ¿por qué esta necedad de Chinaski de entregar el correo? ¿Es un compromiso patriótico o es una manda?

Lo increíble: los demás carteros también hacen lo mismo que el protagonista, llevan las misivas a buen buzón, sorteando perros, las rutas desconocidas, direcciones incompletas o inexistentes.

La respuesta probable es dada por uno de los personajes, cuando Chinanski expone:

 

…El agua se hizo más y más profunda, pero las furgonetas de correos tenían buena altura de ruedas. Tomé el atajo a través de la zona residencial, a toda velocidad, haciendo volar el agua a mi alrededor. Seguía lloviendo, muy fuerte. No había ningún coche a la vista. Yo era el único objeto móvil.

Un tipo que estaba de pie en su porche me gritó riéndose:

—¡EL CORREO HA DE LLEGAR SIEMPRE! …

 

Contra viento y tormentas, a pesar de la nieve, de las rutas desconocidas, el correo siempre llega porque es una voz de esperanza: son las palabras susurradas en los oídos del destinario, enterándose de lo que ocurre en otra parte del mundo, así sea de su país, respecto de negocios, estudios, familia, seres queridos, de las personas amadas.

Es posible que por eso, Chinaski, que en cuanto ve la oportunidad de liarse con una mujer, aunque sea por cinco minutos, sin importar si tiene marido o no, aprovecha ese espacio, para luego, continuar con su propia lucha, vencer a la ruta y llegar al destino.

Charles Bukowski, a pesar del lenguaje crudo y llano que usa, sin adjetivos ni remilgos de ninguna especie, empapa su obra de lo que significa el servicio postal y el correo; esclarece cómo un hombre común que lleva una vida muy difícil, sujeta al alcohol y a su afición por el tabaco, las mujeres, las apuestas y una serie de hechos que llenan su vida de inestabilidad; aun así, sabe cumplir con la meta de llevar la esperanza a otros.

El servicio postal no sólo es el cartero, como ya dijimos antes, también lo son quienes reciben y clasifican las piezas postales. De ese modo lo explica Jane Austen en palabras de la hermosa señorita Fairbaks, quien se maravilla de lo extraordinario de los empleados “con vista y manos rápidas”.

Chinaski formó parte de esos hombres encargados de clasificar y poner en el distrito correcto 100 cartas en 8 minutos con un 95 por ciento de exactitud; evidentemente, el protagonista debió vivir un proceso y aprobar un examen para arribar a tal punto.

Debido a las amonestaciones acumuladas, Chinaski es sometido a una investigación; por lo cual, solicita sea apartado del examen, porque no tendría sentido que estudiara los esquemas de los distritos y rutas si finalmente sería separado del trabajo; ante tal argumento, la supervisora accede a su petición.

Ese tiempo es aprovechado por Chinaski. Recorre el hipódromo, se casa, se divorcia; encuentra a otra mujer; después, a otra; se separa de cada una de ellas; se queda sin casa, sin perro, sin gato; vive de las apuestas; fallece una de sus ex; por cierto, él se hace cargo del funeral; y recupera el trabajo cuando la supervisora, le comunica:

 

…—Tiene usted que hacer su CP1 de aquí a dos semanas.

—¿Qué? Eh, espere un momento...

—Eso es todo, señor Chinaski. Buenos días…

 

De modo que en lugar de tener varios meses para estudiar los famosos esquemas, únicamente le quedan dos semanas. Al cartero no siempre le salen bien las cosas, pero es cartero y, por lo tanto, un antihéroe asombroso.

Chinaski, el cartero, logra alcanzar el 100 por ciento de exactitud en 5 minutos; habiendo memorizado la ciudad por distritos, por calles y orientaciones cardinales, no siguiendo el manual, sino con lo que hoy llamaríamos “nemotécnica”; es decir, recordando un sitio en razón de un hecho o de un nombre o de cualquier otra cualidad. El personaje lo clarifica:

 

…Bueno, cogí el plano de esquemas y lo relacionaba todo con historias de sexo y edad. Este tío vivía en una casa con tres mujeres. Azotaba a una (su nombre era el nombre d@ la calle y su edad el número por donde se cortaba); ro comía a otra (lo mismo), y simplemente se jodía a la tete cera (lo mismo). Luego estaban todos estos maricas y ~ de ellos (su nombre era Avenida Manfred) tenía 33 años..., etc., etc., etc.

Estoy seguro de que no me hubieran dejado entrar … si hubieran sabido lo que pensaba mientras miraba todas aquellas cartas. Todas me parecían como viejas amigas…”.

 

Es así como nos enteramos del secreto mejor guardado del servicio postal: el cartero ve y trata como viejas amigas al correo, ya sean cartas o paquetes; simple propaganda o contenidos importantes; para el cartero, todas las piezas son viejas amigas, merecen todo el cuidado y respeto, incluso, como cuando uno se hace cargo de los funerales de una “ex”, aunque el resto del mundo la olvide.

Hay algo de profunda devoción en Chinaski hacia la palabra escrita, esa que va en las misivas. Es factible considerar que sea lo mismo que maravilla a la joven señorita Jane Fairbaks, de la novela de Jane Austen.

Estas dos obras, aparentemente tan disímiles —Emma, escrita por una mujer, en 1815, de la época georgiana, en la que se priorizaban los buenos modales, el refinamiento, el romance, el matrimonio; y la otra, Cartero, de la autoría de un hombre, publicada en 1971, de la corriente del “realismo sucio”, donde se usan palabras sencillas, sin adjetivos, muchas veces soeces, con personajes toscos y hasta groseros, donde la familia se ha desmembrado—, encuentran puntos en común: en ambas, el correo es un puente que no sólo comunica a los individuos, sino que transmite emociones, sentimientos, esperanza y mantiene la cohesión entre los miembros de las familias, amigos y de una nación entera.

En ambas, el correo, servicio postal o como quiera que se le llame, cumple una función particular de estado: llevar con prontitud cualquier noticia, de toda clase, a todos los rincones de un país, a ricos y a pobres.

En ambas, el correo defiende a la palabra escrita, resguarda las confidencias, hereda a las nuevas generaciones la historia de las precedentes.

No sólo la literatura habla de la importancia del correo y, simultáneamente, le rinde un tributo, sino que la ONU (Organización de las Naciones Unidas) hace lo propio. Declaró el 9 de octubre como “Día Mundial del Correo”, ya que convive con la vida cotidiana y, aún ahora, contribuye con el desarrollo social y económico de cualquier país.

Por cierto, ¿en los últimos meses, Usted ha enviado alguna carta? ¿O ha recibido libros, cuentas por pagar o cualquier otro paquete? ¿Quizás Usted recibe y trata todas sus actividades, públicas y privadas dentro del marco de lo denominado on line?

En cualquier caso, Usted espera el correo, en el sentido tradicional o moderno; a veces, con la misma ansiedad que la señorita Fairbaks o de los personajes que aburrían al cartero Chinaski. Como quiera que sea, cuando por fin lo recibe y lo abre, algo cambia en su vida.

Como siempre, Usted tiene la última palabra.

 

Maritza Flores Hernández

Cuentista, ensayista y también abogada. Egresada de Casa Lamm, donde hizo la Maestría en Literatura y Creación Literaria. Considera el arte, la ciencia y la cultura como un todo. Publica dos columnas literarias cada semana, en distintos diarios. Su obra ha formado parte de la antología de cuentos “Cuarentena 2020”.

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