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Freud escritor de cartas

Freud escritor de cartas

Abril 20, 2021 / Por Antonio Bello Quiroz

Con la llegada a la era digital, el género conocido como epistolar pasó al olvido. La inmediatez de la comunicación eliminó el fascinante tiempo entre mandar y recibir la correspondencia. En las escuelas primarias se enseñaba la forma correcta de escribir una carta, con su encabezamiento, saludo y despedida. Su contenido va desde un mensaje fragmentado y en clave, como en el telegrama, hasta discursos de largo aliento. El género epistolar es el género literario más libre. Y también el más romántico. Aunque hay desde luego quien le niega la categoría de género literario.

La inmediatez se impuso y las cartas escritas a mano y enviadas en sobres lacrados desaparecieron. También se esfumó, con el paso del tiempo y la comunicación en tiempo real, la fascinación de abrir un sobre quizá largamente esperado. Grandes amistades y amores memorables se iniciaron a partir del intercambio epistolar.

Sigmund Freud fue el inventor del psicoanálisis, lo sabemos, y dejó constancia biográfica de sus pasos fundacionales recurriendo con asiduidad al género epistolar. Como escritor de cartas fue extraordinariamente prolífico. Dedicaba las tardes a contestar todas y cada una de las que recibía, desde telegramas, tarjetas postales, hasta largas misivas dirigidas a sus discípulos, amigos y familiares, lo mismo que a los intelectuales de la época. Lo hizo así a través de su larga vida. Son célebres, además de relevantes historiográficamente, las cartas a Wilhelm Fliess, Ernest Jones, Albert Einstein, Carl G. Jung, Stefan Zweig, Lou Andreas-Salomé, entre muchísimos más interlocutores. Desde luego, mención aparte merecen las cartas de amor escritas a su novia y posterior esposa Martha Bernays, lo mismo que a familiares y amigos.

Escribió un sinfín de misivas y así no solamente comunicaba sus sentires personales sino también las premisas de sus hallazgos teóricos. Se tiene una estimación de unas 19,000 o 20,000 cartas escritas por el inventor del psicoanálisis. Se sabe de cartas que escribió desde los 13 años, y lo hizo en varios idiomas: alemán, por supuesto, pero también en inglés, francés, hebreo y hasta en español. Como ocurre con la correspondencia que establece con su amigo de su muy temprana juventud, Eduard Silberstein. Juntos compartieron su interés por diversos temas, la literatura, la filosofía, la mitología, la ciencia, etc. Juntos aprendieron el español a partir de la lectura del Quijote. Por las cartas sabemos que era tal su admiración por Cervantes que incluso crearon una “Academia española” conformada únicamente por ellos dos: se llamaban a sí mismos, Cipión y Berganza, nombres extraídos de El Coloquio de los perros del mismo Cervantes. Freud era Cipión, el crítico y pedagógico, casi como una premonición de lo que vendría a ser más tarde, y su amigo era Berganza, el atrevido y charlatán.

Es también en una carta a su novia Martha Bernays, del 7 de febrero de 1884, que le cuenta sobre la creación de esta original Academia Castellana. Escribe: “Mi dulce niña, Silberstein estuvo aquí de nuevo hoy, tan simpático y buena persona como siempre. Nos hicimos amigos en la época en que la amistad no es ni un deporte ni una convivencia, obedeciendo más bien a la realidad de tener a alguien con quien compartir las cosas. Acostumbrábamos estar juntos, literalmente, todas las horas del día que no pasábamos en el aula. Aprendimos Español juntos y poseíamos una mitología que nos era peculiar, así como ciertos nombres secretos que habíamos extraído de los diálogos del gran Cervantes […] Juntos fundamos una extraña sociedad escolástica: la Academia Castellana, compilamos una gran masa de obras humorísticas que aún deben andar por algún rincón de mis viejos papeles, compartimos nuestros frugales refrigerios y jamás nos aburrimos mutuamente”.

Además de la esencia multifacética que Freud nos muestra en sus cartas, también nos permite reconocerlo como un agudo observador de la realidad. En sus cartas pasa revista a los más diversos aspectos de la cultura, la política y la vida familiar. También por medio de las cartas podemos recorrer las peripecias que habrán de sortearse en los orígenes del movimiento psicoanalítico.

Resultan ejemplo de lo anterior las ya icónicas cartas a Martha Bernays (ninguna menor a tres cuartillas). Como es de pensarse, a su amada Martha le escribe con toda la cursilería que se creería ausente en el empeñoso hombre de ciencia que era Freud. Le escribe el 14 de julio de 1882, como todo un hombre enamorado: “Bella amada, dulce amor: Pongo en tu conocimiento que tu graciosa carta, por la que me autorizas a ir en peregrinación hasta tus bellos ojos, me han hecho inmensamente feliz y que actualmente preparo mi maletín para ir a averiguar si lo único que puedo esperar de ti es una mirada afectuosa o si también me concederás un beso de tus labios”.

También resultan muy valiosas las cartas que intercambia con su amigo de la juventud intelectual, Wilhelm Fliess, y con su biógrafo, Ernest Jones. Lo mismo ocurre con el intercambio epistolar con el genio de Einstein, entre ambos discuten aspectos sobre la guerra y la tendencia criminal en lo humano.

A Fliess le escribe en el tono personal del querido y admirado amigo, aquel que es para Freud como un sol y de los pocos personajes del mundo académico con quien se siente apoyado en los inicios; le narra los rechazos a los que se ve sometido por el mundo académico. En una carta del 11 de marzo de 1902 le escribe: “Mi querido Wilhelm […] Llegué a la conclusión de que, muy posiblemente, tendría que esperar la mayor parte de mi vida para que se reconocieran mis méritos y que, mientras tanto, ninguno de mis contemporáneos sería capaz de alzar un dedo siquiera para defenderme”. Y un poco más adelante, en la misma carta: “…decidí visitar a mi viejo maestro Exner. Estuvo todo lo desagradable que pudo, lindando con la grosería; se negó a explicarme por qué me habían ignorado, y durante todo el tiempo asumió la actitud de un alto funcionario”.

En la correspondencia con Jones mezcla cuestiones personales con aquellas con carácter científico-políticos del cada vez más floreciente movimiento. Por ejemplo, le escribe algo de sus desavenencias con Jung el 22 de septiembre de 1912, desde Roma: “Pero ya es suficiente de quejas personales y esperanzas. Con respecto al interés científico que nos une, estoy completamente de acuerdo con usted en que no existe un gran peligro de separación entre Jung y yo. Empecé a leer su artículo hasta conocer su argumento, p. 174. En ella verá que simplemente se apropia de la cuestión y me mal interpreta. Yo nunca eliminé o cambié el significado de la libido, sino que he sido fiel a mi primera definición” y más adelante le dice a Jones: “O sea, que si usted y la gente de Zúrich plantean una reconciliación formal, yo no pondré dificultades. Sería sólo una formalidad, pues no estoy enfadado con él y también es seguro que mis antiguos sentimientos por él no se pueden recuperar”.

En este marco, son dignas de destacarse, entre su correspondencia más importante, los intercambios epistolares que durante 25 años sostuvo con una mujer de las que marcan época y que conmueve de manera profunda, en muchos sentidos, al padre del psicoanálisis. Se trata de la joven rusa de origen alemán Lou Andreas-Salomé.

En su primer intercambio con el Dr. Freud, el 27 de septiembre de 1912, desde Göttingen le escribe: “Muy estimado señor profesor: Desde que en otoño pasado tuve la oportunidad de asistir al Congreso de Weimar, el estudio del psicoanálisis se ha adueñado de mí y me cautiva tanto más cuanto más voy penetrando en él.” Después de semejante declaración Freud le solicita, en una próxima visita a Viena, seguir sus enseñanzas y sumarse al selecto grupo que los miércoles se reunía en su propia casa. Ella se volverá una de las pioneras del psicoanálisis y conocemos los avatares con Freud y con el movimiento gracias a la copiosa correspondencia que con ella mantuvo. Se volvió en parte de su familia. Le escribe en medio de la vivencia de guerra, el 30 de julio de 1915: “Mi querida Frau Lou: le escribo interrumpiendo por unos momentos el idilio que mi mujer y yo nos hemos empeñado en anudar contra viento y marea; pero que está siendo interrumpido a cada momento por exigencia de los tiempos que corremos. […] nuestro hijo mayor nos escribía que una bala le había atravesado la gorra y otra rozado el brazo…”

Muchos aspectos de la vida del inventor del psicoanálisis nos serían desconocidos si Freud no hubiera sido un escritor de cartas.

 

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Miembro fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis. Ha sido Director fundador de la Maestría en Psicoanálisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicología. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del país y atiende clínica en práctica privada en Puebla.

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