Káos

La muerte fría

La muerte fría

Octubre 19, 2021 / Por Antonio Bello Quiroz

La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento

tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras

bondadosas

Sigmund Freud.

 

Para Enrique Yuri Valdez Santiago, en su memoria.

 

La muerte adopta el rostro de cada época. En la nuestra, en la época que vivimos, aún sin pandemia, la muerte tenía ya el rostro de la indiferencia y el olvido. Una muerte fría. Una sociedad que venera la imagen y el progreso impone que la muerte y el duelo sean sólo pasajes breves que no distraigan del mandato único: el consumo. La cadena de producción y consumo no permite lugar al dolor, a la tristeza. Por el contrario, mandata volver lo antes posible a la vida, a la felicidad. Entonces, se anuncia en las redes y se continúa con la “vida”.

La muerte, que en la antigüedad era tan familiar, colectiva, incluso pedagógica, se volvió fría, ausente, olvidada, en ocasiones sin duelo, sin destino, sin lugar. Hasta finales del siglo XIX la muerte y el duelo aún conservan ese rostro colectivo y humano. Ocurría en familia, lo que permitía que se hiciera la ceremonia del adiós. La familia se reunía en torno al enfermo moribundo (incluidos los niños, por tanto tenía carácter pedagógico), y él se volvía el oficiante de su despedida, dejaba indicaciones, establecía tareas, quizá recibía el beneplácito del perdón, se despedía y moría. Una muerte romántica, sí, pero humana, pública, social, quizá sin angustia, o con menos angustia. Humanizada porque los seres humanos somos palabra, nos constituimos en y desde el lenguaje. Por tanto, al permitirle a quien muere tomar la palabra, al permitirle pronunciar quizá sus últimas palabras, también le estamos haciendo un reconocimiento a su humanidad, respetamos su singularidad y valoramos la dignidad de su vida, more majorum. “Siempre se moría en público. De ahí el sentido fuerte de la frase de Pascal, quién se muere solo, porque entonces nunca se estaba físicamente solo en el momento de la muerte. Hoy no tiene más que un sentido trivial, porque realmente hay muchas posibilidades de morir en la soledad de una habitación de hospital” señala Philippe Ariès en su libro enciclopédico El hombre ante la muerte.

Se moría en la cama, ya fuera de muerte “natural”, es decir, sin enfermedad o sufrimiento, o bien aquejados por la fiebre o la apostema u otras enfermedades graves y quizá desconocidas, pero siempre en la cama familiar. Incluso cuando se moría en un accidente era llevado a la cama y ahí se le reconocía y se valoraba o ponía en cuestión su vida para que pudiera ir en paz. Una muerte pasada por la palabra, único lugar de la muerte y de la dignidad de la vida.

Pero las cosas han cambiado, junto con la sociedad. La muerte se fue haciendo cada vez más fría y ausente. A partir de los inicios del siglo XX ocurre un paulatino desplazamiento del lugar de la muerte. Ahora ya no se muere en la casa, con los suyos; se muere en el hospital y a solas. La muerte tiene un nuevo sitio, las frías salas de un hospital. Este desplazamiento se funda en la idea, cada vez más incierta, de que en el hospital se podrían brindar los cuidados que ya no pueden darse en la casa. La realidad de la muerte es otra, dice Ariès en La muerte en occidente: “Se muere en el hospital porque los médicos no lograron curar al paciente. Se va o se irá al hospital no ya para curarse sino precisamente para morir”. La muerte se vuelve una cuestión técnica, no ya humana sino fría, silenciosa, lograda mediante la suspensión de los cuidados, ya sea por incapacidad médica, por negligencia, o lo peor, por olvido y abandono del paciente.

La muerte fría, que ya reinaba durante la modernidad tardía (con sus amos los médicos y el gris sistema hospitalario, deshumanizado en su interior mismo[i]), con la pandemia del covid 19 la muerte se volvió además silenciosa y ausente. Los ritos funerarios también cambiaron radicalmente. Se trata de reducir al mínimo las operaciones destinadas a hacer desaparecer el cuerpo. Sin lugar para el funeral, sin la ceremonia del adiós, sin la familia, se pasa de la fría sala del hospital a la fría y vacía sala funeraria. 

La pandemia que atravesamos, o nos atraviesa, nos ha mostrado la precariedad de la existencia, nos ha expuesto a todos de manera global, nos mostró la supeditación de la vida a la muerte, sin embargo, también ha mostrado que la muerte (democrática como es) ha caído en las garras del capitalismo salvaje. Su afección y tratamiento ha mostrado la debilidad de las instituciones y políticas de salud. El virus nos ha mostrado nuestra absoluta indefensión frente a la bio-política de la enfermedad y la muerte. La pandemia, como avatar, nos mostró esa dimensión oscura de la vida, esa donde alguien puede ser muerto (por la incapacidad de la medicina, por la corrupción que permea en las instituciones de salud, por el olvido de los pacientes, por las condiciones económicas del enfermo, etc.) sin que se constituya un crimen.

En otro momento he calificado a la pandemia llamada Covid 19 como una Tormenta perfecta, dado que de manera global nos afecta en esas tres dimensiones que son fuentes de sufrimiento humano según consigna Sigmund Freud en El malestar en la cultura: en principio es una enfermedad que se presenta como invisible, como una fuerza del exterior ante la cual nos quedamos inermes (a nivel de contagio y, en muchas ocasiones a nivel de tratamiento); la pandemia toma al cuerpo como su caja de resonancia y lo hace de manera multifacética, multisistémica. Frente al daño corporal, hasta ahora, pese a la vacunación, nos encontramos sin defensa. Por último, y quizá lo más importante, afecta los vínculos entre los sujetos, inserta una condición de sospecha en el vínculo social, devenimos posibles fuente de contagio, los vínculos están “patologizados”. La secuela es que fobias, miedos, depresiones, estrés, ansiedad, etc., se han incrementado de manera significativa. Además, el largo aislamiento ha provocado en muchas familias afectaciones quizá irreversibles: lo mismo entre los que quedaron separados como en los que quedaron confinados en situaciones de violencia o vulnerabilidad económica. El daño se prevé de largo plazo.

A partir del desarrollo y evolución de la pandemia, se han inventado neologismos como Síndrome post-covid-19 que se define, según la Organización Mundial de la Salud, por la persistencia de signos y síntomas clínicos que surgen durante y después de padecer la Covid-19, permanece más de 12 semanas y no se explican por un diagnóstico alternativo. Se trata de una entidad heterogénea que incluye la secuela de múltiples órganos y los efectos de la hospitalización grave con cuidados intensivos. Parece que esta condición de enfermedad permanente, o Covid-19 prolongado, como se le ha dado en llamar, nos condena a quienes hemos transitado por la enfermedad a ser crónicos consumidores de la voracidad de la industria farmacéutica y la frialdad de las instituciones hospitalarias, y las prácticas inhumanas de muchos servidores de los sistemas de salud.

En el nivel psicológico o subjetivo, las cosas no están mejor. En la práctica del psicoanálisis nos encontramos con signos de este Covid prolongado, tales como ansiedad, pánico, temores generalizados, alteraciones de la atención, la memoria y el sueño, irritabilidad o tristeza sin motivación aparente. Tampoco podemos decir que las prácticas de la psicología estén al alcance de toda la población. Más evidente es lo contrario, hay una casi total inexistencia de una escucha que priorice la singularidad de las desgarraduras del ser que la enfermedad y sus secuelas impone. Parece que cada vez, por el contrario, las prácticas de la psicología se ciñen a su tradicional función de ser una práctica que refrenda las producciones imaginarias, contribuyendo para hacer vigentes las “sociedades de control” que imponen la muerte fría.

No vemos la salida para este panorama angustiante, aunque quizás un atisbo exista en los espacios donde el amor se hace discurso y escucha.

 

[i] No puedo dejar de señalar aquí las condiciones infralaborales (infrahumanas) que se imponen a los residentes, jornadas extenuantes que los “jefes” imponen, para que ellos, los jefes, puedan atender su consulta privada. Es decir, la atención primaria recae en los médicos en formación. En muchos casos es muy cuestionable el tratamiento de héroes que se les quiere reconocer al personal de salud. Hay excepciones.

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Miembro fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis. Ha sido Director fundador de la Maestría en Psicoanálisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicología. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del país y atiende clínica en práctica privada en Puebla.

Antonio Bello Quiroz
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