Káos

Llorar la muerte, vivir la vida: el duelo en Roland Barthes (Parte II)

Llorar la muerte, vivir la vida: el duelo en Roland Barthes (Parte II)

Julio 27, 2021 / Por Antonio Bello Quiroz

“El caro y encantador hábito de vivir” contribuirán a que todo vuelva a ser como antes“

Sigmund Freud citando a Goethe

 

Sigmund Freud, el inventor del psicoanálisis, en su texto “Duelo y melancolía”, escrito en 1915, nos dirá que el duelo es la reacción ante la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etcétera. No considera al duelo como un estado patológico (aun cuando existan cambios visibles en la conducta ordinaria), sino como la expresión de un estado de ánimo doloroso, acompañado por la caída del interés por el mundo exterior. Hay, durante el duelo, una evidente inhibición restricción del yo. Para Freud, el trabajo del duelo consiste en que “el examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus ligaduras con el mismo”. Por supuesto que hay una esperada resistencia a la labor del duelo, incluso puede ser tan intensa que se produzca un apartamiento de la realidad, incluso con fenómenos alucinatorios, visuales o auditivos, es decir, la resistencia al veredicto de la realidad (el objeto amado no existe más) puede llevar a “verlo” o “escucharlo”. Se trata de un proceso doloroso que se hace paso a paso: el sujeto deberá, con gran gasto de tiempo y energía, retirarle la carga libidinal a cada recuerdo o vivencia con la persona amada y perdida, sin embargo, resulta doloroso el proceso dado que el recuerdo al ser despertado es sobrecargado: quizás esa sea la rareza, entre más se recuerda más dolorosa resulta la pérdida. Al final del trabajo de duelo, dice Freud, el yo vuelve a quedar libre y exento de toda inhibición.

En su Diario de duelo, Roland Barthes escribe titubeante el 4 de noviembre de 1978: “estas notas de duelo se enrarecen. Enrarecimiento. ¿Qué, el devenir inexorable, el olvido? (¿‘enfermedad’ que pasa?) Y sin embargo […] Pleamar de aflicción —abandonadas la riberas, nada a la vista. La escritura ya no es posible”.

Una vez que este trabajo largo y difícil se concluye, el objeto puede ser sustituido, la movilidad completa de la libido es recuperada y el yo se muestra de nuevo libre y desinhibido. Sin embargo, Freud mismo pone en cuestión que el deshacimiento amoroso del objeto se produzca por completo, siempre quedarán remanentes. Así lo expresa en una carta dirigida a su amigo, el doctor Ludwig Binswanger, quien vive la muerte de uno de sus hijos, fechada el 12 de abril de 1929: “Aunque sabemos que después de una pérdida así el estado agudo de pena va aminorándose gradualmente, también nos damos cuenta de que continuaremos inconsolables y que nunca encontraremos con qué rellenar adecuadamente el hueco, pues aún en el caso de que llegara a cubrirse totalmente, se habrá convertido en algo distinto. Así debe ser. Es el único modo de perpetuar los amores a los que no deseamos renunciar”.

Duelo y melancolía fue escrito en 1915. Para el 1929 de esta carta, ya han pasado muchos años y Freud ha vivido varias pérdidas significativas, en particular la de su hija Sophie, quien murió en 1920, víctima de la pandemia de Gripe Española. Ella tenía entonces 26 años de edad. Freud sabe ya muy bien que nada puede del todo restituir la perdida de la persona amada. La muerte de su amada hija llega, como suele ocurrir con la muerte, de manera súbita. Se entera dos días después del fallecimiento de ella ocurrido en Hamburgo, y así le escribe al pastor Oskar Pfister el 27 de enero de 1920: “…aquella tarde recibimos la noticia de que nuestra dulce Sophie, que vivía en Hamburgo, nos había sido arrebatada por una pulmonía gripal, cuando disfrutaba de una salud perfecta y se consagraba a una vida plena y activa de madre competente y esposa amante. Y todo en cuatro o cinco días, como si jamás hubiera existido”. Freud lamenta no poder acudir por la situación que vive su mundo tras la guerra. Y en la misma carta se lamentará no tener tiempo para estar con su querido yerno, y al mismo tiempo se alegrará: “Trabajo todo lo que puedo y me alegro de que esto me impida pensar demasiado. La pérdida de un hijo parece producir una grave herida narcisística. Lo que se conoce como duelo llegará probablemente después”.

Y unos días después, el 4 de febrero de 1920, Freud le escribe a su discípulo amado Sandor Ferenczi: “…Aparte de sentirme más cansado, sigo siendo el mismo. La muerte, aunque dolorosa, no afecta mi actitud hacia la vida. He estado durante años preparado para aceptar la pérdida de nuestros hijos, más ahora le ha tocado a nuestra hija. Como ateo confirmado, no puedo acusar a nadie y me doy cuenta de que no existe sitio alguno a dónde acudir con mis quejas”.

El trabajo de duelo que Roland Barthes nos comparte en su diario nos lleva a pensar en el dolor como una forma subjetiva de nombrar el sufrimiento psíquico. El escritor se coloca en la báscula del placer-displacer referido a una pérdida de objeto, o la amenaza de una pérdida, tal como se refiere al dolor Freud en Inhibición, síntoma y angustia.

Este vaivén entre placer y dolor lo podemos encontrar narrado por Barthes cuando nos habla de los seis meses que se pasó cuidando a su madre, ya muy enferma. Escribe el 10 de noviembre, poco menos de un mes después de la muerte de ella: “Se recomienda ánimo. Pero el tiempo del ánimo era cuando ella estaba enferma, cuando la cuidaba viendo sus sufrimientos, sus tristezas, cuando me tenía que esconder para llorar. A cada momento había que tomar una decisión, asumir una figura, y eso es el ánimo —ahora ánimo querría decir querer vivir y de eso ya se tiene demasiado”.

Resulta complejo identificar en sus notas un duelo patológico o la melancolía en tanto que en el proceso de duelo, como Barthes nos permite probar que, aunque se pone al límite el narcisismo hasta casi llevarlo al colapso, poniendo en juego la identificación del sujeto con el Yo ideal, asume la castración que implica asumir la pérdida y se ligará entonces a la vida desde la falta que hace vivir. En este caso, Barthes se identifica con su madre, es ella misma. Escapando así a la condena de la melancolía que se instala en “aquel en que la pérdida, causa de la melancolía, es conocida al enfermo, el cual sabe a quién ha perdido, pero no lo que con él ha perdido”. Roland Barthes sabe a quién perdió y qué perdió, y realiza una acción sustitutiva. Escribe: “Hacia las 18 horas: el departamento está caliente, mullido, iluminado, limpio. Lo hago así con energía, devoción (lo gozo con amargura): a partir de ahora y para siempre soy mi propia madre.”

La detallada escritura de los tiempos del duelo en Barthes nos permite, sin por ello pretender en absoluto hacer un psicoanálisis aplicado, identificar los tiempos del duelo planteados por Freud y el psicoanálisis.

Nos lo permiten porque trabaja con el mismo material que el psicoanálisis: la palabra. Es por la vía de la palabra que Barthes ubica los lugares que se establecen ante un hecho tan subjetivamente comprometedor como es la pérdida de la persona amada. Es con la palabra, en este caso escrita, y con sus entonaciones ,donde la subjetividad se revela; es la clínica un espacio donde la subjetividad se escribe y es ahí donde un sujeto podrá inscribirse.

El duelo compromete a desasirse de posiciones tomadas en el amor, reconstruir el vínculo libidinal, sellar el desgarramiento que la pérdida produce, el lento y doloroso trabajo de duelo es, tal como nos lo muestra Barthes en su Diario de duelo, la única forma de ligarse a la vida.

 

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Miembro fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis. Ha sido Director fundador de la Maestría en Psicoanálisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicología. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del país y atiende clínica en práctica privada en Puebla.

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