Narrativa

Doctora

Doctora

Junio 22, 2021 / Por Fernando Percino

para Jessi, con amor y admiración

 

Nunca nos fijamos que las luciérnagas hablaban

En la soledad de la estratosfera brillaban

Que los lobos se mueren cuando no pueden amar

Que las mariposas resultaron ser fantasmas

Pero tú, siempre estás ahí

Tan libre como el león, tan firme como el sol

Nunca te doblarás

Jaguares, “Nunca te doblarás”

 

Jana despertó con fiebre. Tal vez bañarse todos los días de escuela con agua fría le había hecho mal. Mientras estuviera sola en la pensión no había con quién compartir el gasto del gas. Era invierno y las vacaciones estaban cerca.

Jana vio en el celular algunas fotos en las que salía junto a Lucino. ¡Qué maldito! ¿Qué le había visto a aquella siendo Jana más linda? A todos los hombres les llegaba el aburrimiento, incluso por lo bello y el buen trato; si había algún hombre que no fuese así, Jana solo podía pensar en su padre. Aparte de él, ella aun no conocía a uno que no padeciese de ese hartazgo tan pueril.

Por la ventana se metía el frío de la mañana. Pensó en no ir a la universidad. Bien podía saltarse las únicas dos clases que tenía en viernes: Informática aplicada a Veterinaria y Lengua extranjera para medicina Veterinaria.

Calentó agua para tomar un té de manzanilla. Después de sorber el primer trago, Jana sintió un escalofrío amigable que le regresó la voluntad. No podía quedarle mal a sus papás, estaban haciendo el esfuerzo de pagar sus estudios, el alquiler de la pensión y sus alimentos; no podía quedar mal consigo misma. Le dolía el corazón y el cuerpo. Pocas veces en la vida se sintió tan sola como aquella mañana, sin alguien cerca que pudiese cuidar de ella.

Escuchó un maullido en el pasillo, abrió la puerta de su cuarto y vio a una de las gatas de la casera que se sacudía las gotas de aquella lluvia que enrarecía el invierno. Volteó a ver el fondo del pasillo, donde estaba la regadera y por su espalda se deslizó un vértigo incómodo, había que vencer una vez más al agua helada y ahora con esa fiebre: el horror.

Se fue a tomar la micro para ir al Campus BUAP de Tecamachalco ubicado en El Salado. En sus audífonos sonó “Las de la intuición” de Shakira: “No me preguntes más por mí, si ya sabes cuál es la respuesta…”

La micro iba vacía. Se sentó al fondo. Contempló su reflejo en el vidrio de la ventana. Miró el brillo de sus labios rojos, a ella le encantaba ese tono. Jana estaba consciente de su belleza: había más de un compañero de la escuela interesado en ella, también notaba el exceso de cortesía por parte de algunos docentes. Muchas veces se sentía incómoda, por eso desarrolló una barrera emocional muy sólida para alejar a la gente indeseada.

Jana miró su rostro en el cristal hasta que la micro subió por una parte de los cerros áridos que rodean Tecamachalco. En pocos segundos vio sobre la carretera la cruz que pusieron en memoria de uno de sus compañeros asesinado por ladrones de gasolina. En Tecamachalco estaban matando a comerciantes, campesinos, amas de casa. En el día se veían desde la carretera enormes columnas de humo provocadas por los huachicoleros que explotaban los ductos de PEMEX cuando la policía los descubría con las manos en la masa robando el combustible. La cruz era de un alumno que fue a tomar pulque después de clases con sus compañeros en un localito de lámina que estaba sobre la carretera. Hubo una persecución entre federales y hampones, a ese joven estudiante de medicina veterinaria le tocó una bala perdida.

Jana sentía una punzada intensa en el corazón cuando veía aquella cruz, se sentía amenazada de muchas formas, le desesperaba no poder defenderse de todo: un corazón roto, materias difíciles, la soledad, balas cruzadas en el camino a la escuela. Vio el reflejo de sus ojos en el vidrio de la ventana, en ellos cabía todo el cosmos. Se dio cuenta que esos ojos eran de la misma mujer que besaba con la nariz a los gatos con besos de esquimal, la mujer que tenía que ir y venir cada fin de semana de su casa en Tehuacán a Tecamachalco para cumplir el ardiente deseo de estudiar lo que tanto le gustaba. Esa mujer que dominaba a la perfección el tema sobre genética en marranos que tanto trabajo le había costado aprender. Era la mujer que había sobrevivido a diversas infidelidades de hombres necios y espurios. Estaba Jana tan fuerte, tan mujer, tan sobria y silenciosa, tan analítica, tan llena de ternura y lealtad. Tenía mucho que ofrecer al mundo. Shakira seguía sonando en los audífonos, pero ahora decía: “Sigilosa al pasar, sigilosa al pasar, esa loba es especial, mírala caminar, mírala caminar”.

Cuando llegó a la escuela, lo que menos quería era ver a Lucino con su nueva novia. Se sentía vulnerable ante tal situación, por lo que diseñó un plan para evitarlos; conocía los horarios de clase de ambos y por suerte ese día no iban a coincidir en ninguna aula.

La fiebre había cedido un poco debido a los efectos de la pastilla de Febrax que tomó con el té. El sol comenzaba a asomarse con cierta morosidad entre las nubes de aquel cielo púrpura. La facultad la recibió con sus enormes muros blancos situados en medio del desierto. Enredó los dedos de su mano derecha en su largo cabello oscuro y caminó segura, desafiante rumbo a la sala de cómputo para tomar la clase de Informática aplicada a Veterinaria.

 

Seis años después y siendo el día de su cumpleaños, Jana estaba sentada frente a un microscopio. Escuchó el timbre de su teléfono de mesa.

—Doctora, buenos días. Alguien la busca en recepción.

—Buen día. Gracias, Laurita, ahora voy.

En ese momento se dio cuenta que en los laboratorios donde trabajaba, casi todo mundo la llamaba doctora; recordó aquellos años en Tecamachalco. Doctora Jana. Sintió que un gran poder recorría sus venas.

Sonrió debajo del cubrebocas cuando vio al hombre con una caja rosa y un girasol en las manos que la estaba esperando en recepción. Era un admirador de un tiempo perdido y un lugar lejano. La doctora Jana se sintió halagada.

 

Aquel hombre se parecía un poco al narrador de este cuento. El narrador de este cuento escucha una canción de Alejandro Sanz mientras escribe, la canción dice: “Amiga mía, lo que nunca quise fue contar tu historia, aunque pudiera resultar conmovedora”.

 

Fernando Percino

Es mexicano y nació en algún momento de los años ochenta; además es licenciado en Administración Pública por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Publicó cuentos en el suplemento cultural *Catedral* del diario *Síntesis*, la novela *Velvet Cabaret* (2015), el libro de cuentos *Lucina* (2016), el libro de crónicas *Diarios de Teca* (2016) y la novela breve *Volk* (2018). Fue miembro del consejo editorial de las revistas: *Chido BUAP* y *Vanguardia: Todas las expresiones*. Fue funcionario público. Actualmente es chofer de UBER y estandupero ocasional.

Fernando Percino
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