El negacionismo histrico: Auschwitz y Teuchitln

Desde niño siempre fui un entusiasta de la Segunda Guerra Mundial. Todos los imaginarios culturales que han emanado de este conflicto me provocan interés y disfruto mucho de seguir leyendo y viendo películas de esta temática (algo que he decidido, por cierto, dejar de hacer a partir de lo sucedido en Jalisco, por aquello de no exaltar más la cultura de la muerte). La WW2 era, para mí, cuando niño, como una épica de los buenos contra los malos en el clásico maniqueísmo de Star Wars; modelos de armas y aviones como si de juguetes se tratara: MG45, B29, A6M Zero, etc. Y es que los nazis siempre fueron los malos por excelencia y esa mezcla de horror con elegancia los hizo favoritos de la pantalla grande y de casi todos los medios de difusión de la cultura pop. ¿Quieres que tus zombies den más miedo?, ¡vuélvelos nazis!

Más adelante, mi interés desmedido por la historia me convirtió en un lector más crítico en mi adolescencia y, ya siendo adulto, comencé a interesarme en el fenómeno del Nacionalsocialismo y el Tercer Reich con más seriedad, sólo para terminar de horrorizarme con la frialdad institucional de su maquinaria de la muerte, engrasada por las líneas de Mein Kampf, un librito insulso y un tanto estúpido, como todos los manifiestos ideológicos que están alejados de la realidad, por ejemplo, el Libro rojo de Mao Zedong o My Life de Fidel Castro.

Pero a pesar del horror y la estupidez, entendí que lo que ocurrió en Alemania en esos años fue una tragedia vinculada a una descomposición social aberrante, impulsada y exacerbada por líderes funestos e imbéciles hacia un pueblo ignorante, empobrecido y lleno de rencor. Obviamente, el nefasto escenario alemán entre 1918 y 1945 no se gestó exclusivamente en Alemania y es causa/consecuencia de políticas exteriores extremas, nacionalismos racistas, carreras armamentistas desproporcionadas y sistemas rapaces de monarquías y repúblicas desde el siglo XIX. Y entre más leía e investigaba, comprendía el verdadero papel de los actores de esa tragedia: Stalin, Churchill, Roosevelt, Mussolini, Hirohito y el ya famoso pintor austriaco; las maquinaciones, las negociaciones bajo la mesa, los discursos patrioteros y las redes de complicidad antes, durante y después del conflicto. Caí en la cuenta de que la Alemania Nazi, sin que esto justifique nada de lo que sucedió, fue el resultado natural de un mundo putrefacto donde los intereses y el hambre de poder de unos cuantos puede desatar el Armagedón. Ah, y aprendí que los gringos no son héroes…

Tras la guerra, se dio ese famoso conflicto ideológico entre gringos y rusos que duró casi cincuenta años y que fue causa y origen de todas las posteriores guerras del mundo, al menos hasta la llegada del nuevo milenio, cuando el terrorismo se volvió el nuevo leitmotiv bélico y se buscaron a otros malvados que habitaban el desierto y a los que urgía llevarles Liberty and Democracy. Porque urgía buscar malosos que no fueran ni alemanes ni rusos, porque esos ya estaban del lado de los buenos o, al menos, ya no eran tan malosos en las películas.

Es en este escenario postgrunge dosmilero que se dio, en Alemania y en otras partes de Europa y Estados Unidos, el fenómeno del negacionismo histórico alrededor del Holocausto y las atrocidades de la guerra. Robustecido por un revisionismo muy pertinente acerca de la historia del Tercer Reich, se trató a toda costa de limpiar un poco la imagen de Alemania de entrada al nuevo siglo. El revisionismo ya había hecho lo suyo en los estudios históricos en universidades de Estados Unidos en la década del noventa, donde se reivindicó, por ejemplo, la importancia de los confederados en la historia estadounidense y su verdadero papel en la Guerra de Secesión o el valor de los pueblos nativos de América del Norte y el despojo del hombre blanco, dejando de ser “apaches salvajes” que hostigaban a “vaqueros buenos”. Hubo de todo, claro, desde quienes revisitaban las tragedias de las minorías, hasta quienes revisitaban al KKK. Todo acompañado, claro, de la siempre presente retórica cinematográfica porque, como siempre digo, el cine es el dispositivo por excelencia para moldear la historia (y no, no lo llamo primado negativo).

Del otro lado del charco, Alemania, un país avergonzado durante décadas por las decisiones de su propio pueblo, se dio a la tarea de decir: “A ver, a ver, sí fuimos los malos, pero hay una explicación para todo”. Y se dieron también a la noble labor de revisitar su historia. Películas como Der Untergang, en 2004, con la impresionante actuación de Bruno Ganz (quien nos regaló además el meme del tío Adolf enojado), fue una de las primeras películas que mostraban el lado humano del pintor austriaco, los días previos a su suicidio en su búnker en Berlín. Una película que trata, a todas luces, de ser apologética, aunque lo nieguen. Le siguieron otras como Stauffenberg. A Valkür Hadmüvelet, también de 2004, donde la historia se centra en el famoso tuerto Claus von Stauffenberg, un guapo capitán de la Wehrmacht que atentó contra Hitler poniendo una bomba en la famosa Cueva del Lobo, el búnker privado del dictador alemán. La hazaña de ese capitán fue retomada en al menos otras tres películas, la más famosa protagonizada por Tom Cruise, que se tituló Valquiria (2009).

Estas tareas de reivindicación estuvieron acompañadas de esfuerzos editoriales como el célebre libro de Michael Burleigh, El Tercer Reich (2000), que gozó de numerosas reimpresiones posteriores. Un texto muy completo que, si bien no es apologético, va en un tono muy serio y sí intenta demostrar que la historia de la Alemania Nazi no es lo que dicen las películas, mencionando, claro está, la influencia de Estados Unidos para provocar el inminente conflicto y permitir que la guerra se saliera de proporción para que Europa se aniquilara solita. Siguieron, además, una infinidad de publicaciones exaltando al mariscal Rommel, como figura de disidencia y desobediencia al Reich, y reivindicando a los Afrika Korps, que tuvieron en sus filas a africanos y musulmanes, demostrando así que los nazis no eran tan racistas. Antisemitas sí, pero no racistas. Un discurso que se agarraba de los pelos y hacía piruetas, tal y como lo hacen los gringos anglosajones cuando tratan de justificar su animadversión a inmigrantes chinos o mexicanos.

Y, tal cual una papa caliente, algunos reivindicadores teutones se dedicaron a echarle la bolita a los aliados, evidenciando los pactos secretos de la posguerra y cómo los gringos buenos se llevaron a la CIA y a la NASA a los nazis malos. Porque era mejor ser amiguis de los nazis científicos que tener tratos con los soviéticos comunistas. Se habló, entonces, de avances en las ciencias médicas gracias a Menguele… ¡Uf! Y recuerdo otras publicaciones donde se hacía mención de las famosas calaveras de las SS, una tradición de ejército prusiano, anterior a los tiempos de Napoleón Bonaparte, que no eran un culto a la muerte y fueron una tradición alemana desde que usaban pelucas blancas llenas de piojos. Y sí. Queda claro que los símbolos prusianos no son nazis, que la Wehrmacht no era la SS y que de los campos de concentración salieron, quizá, los avances médicos más importantes del siglo XX, pero eso no los hace inocentes, mucho menos los buenos. El revisionismo alemán de la primera década del milenio simplemente no dio para borrar su historia. Y qué bueno…

Tal vez por eso surgió a posteriori el negacionismo histórico, una corriente de pseudohistoria que, tal y como los terraplanistas, encontraron en YouTube un nicho para documentar una serie de disparates en los que negaban que el Holocausto y los horrores del Nacionalsocialismo fueran reales. Estos tipos (curiosamente muchos son estadounidenses y británicos) hacen documentales dignos de Jaime Maussan donde dan por hecho que todo fue un complot de los aliados y toda la evidencia presentada en Núremberg fue un circo lleno de falsificaciones y que, para acabar pronto, los nazis no quemaron judíos en hornos ni hicieron lo que dicen que hicieron. Todo fue un complot para que el sionismo internacional comunista reptiliano dominara el mundo… ¡Maldito Putin!     

Con una seguridad para decir idioteces que no tiene ni Carlos Trejo, los negacionistas del Holocausto se atreven a desmentir a punta de opiniones las evidencias tangibles de Auschwitz y Treblinka, pasándose por el arco del triunfo el testimonio de cientos de miles de sobrevivientes e infinidad de material fotográfico y documental sellado e inventariado por los mismos nazis, que dotaron a la matanza de una calculada y fría institucionalidad burocrática. Con argumentos tan idiotas como que “Un cuerpo humano se incinera a mil grados y los hornos de ladrillo no soportan esas temperaturas” o “Las películas de archivo donde están los cuerpos fueron armadas por cineastas de Hollywood”, estos tipos tratan, insultando todo tipo de inteligencia, de negar lo que es una realidad: el pueblo alemán, la nación de Bach y Goethe, ese pueblo admirado por su diligencia y su talento fue cómplice y partícipe de las peores atrocidades en la historia de la humanidad. Sí, todo el pueblo alemán, con todo y la Novena de Beethoven. La degradación social, la pobreza, el nacionalismo exacerbado, la ignorancia y el odio los condujeron a una letrina que los sigue manchando hoy día. Y eso no convierte ipso facto en buenos o héroes ni a gringos ni a rusos, ojo, ni le da a al juicio en Núremberg otro calificativo que el de espurio; un proceso en el que debieron estar todos los involucrados, incluyendo a Truman, Churchill y Stalin, en el banquillo junto a Göering. Pero la verdad del nazismo y sus atrocidades es innegable. Alemania, su pueblo y sus gobiernos tienen que aprender a vivir con lo que hicieron sus abuelos y bisabuelos, aceptarlo y seguir adelante; algo que han hecho a regañadientes.

Es 2025 y en México se revivió el terror de Auschwitz en el municipio de Teuchitlán, Jalisco. Las palabras Campo de Exterminio ya no son parte del imaginario lejano de las películas de nazis. Esas palabras están ligadas hoy al contexto mexicano y a su pueblo, ese que se jacta a todas luces de ser muy alegre y de reírse de la muerte a punta de Catrinas y Mamá Coco. También la palabra terrorista, aunque autoridades y afiliados al partido en el poder se opongan con las uñas. Es una realidad que nos supera y nos abisma. Y no existen palabras con las que yo pueda expresar en lo más mínimo lo que esa fotografía de 400 zapatos significa. No tengo ni la capacidad ni el lenguaje para decir nada. Tampoco el derecho. Sólo puedo confirmar que Terrorismo y Campos de exterminio, hoy, son sinónimos de México.

Lamentablemente, este país, este pueblo y su gobierno, entró en la etapa de revisionismo y negacionismo en tiempo récord. Nos tomó una semana lo que a los germanos les tomó sesenta años. Negar, justificar, echarse la bolita… Podría pensarse, incluso, que toda esa narcocultura no es más que un revisionismo por adelantado, un modo de decir: “A ver, a ver, sí somos los malos, pero hay una explicación para todo”. Discursos apologéticos con canciones y corridos tumbados, donde ser pobre da derecho a ser un asesino psicópata desalmado y un terrorista, siempre que uses las palabras mágicas “soy del pueblo”. Pueblo, pueblo, palabras que vienen por cierto en ese librito insulso y estúpido que ya he mencionado… Y después el negacionismo. Aquí no pasó nada, eso es mentira y hay que investigar. La degradación social, la pobreza, el nacionalismo exacerbado, la ignorancia y el odio nos conducen a un abismo del que, a diferencia de los teutones, seguramente nosotros no vamos a salir. Al menos no hasta que se reconozca y se diga la verdad. Algo que quizá no ocurra.

Que no se olvide ni se niegue el Rancho Izaguirre. Que la verdad sea. Porque no es una historia del pasado, no es Auschwitz a miles de kilómetros, en otro siglo. Está sucediendo otra vez, ahora mismo, en varias partes de este país. Mientras escribo estas líneas.

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Miguel ngel H. Rascn

Escritor y Coordinador Editorial.

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