Crónica

¿Qué mirás, Messi?

¿Qué mirás, Messi?

Diciembre 20, 2022 / Por Fernando Percino

Uno siente la sangre de la vida en las venas por días como hoy, cuando una final de Copa del Mundo está a punto de darte un infarto.

Salí tarde de casa para alcanzar a mis amigos en las quekas, donde ya desayunaban mientras el partido estaba en el primer tiempo. Ellos, mis amigos, son cubanos, Lourdes y Karel, pero más que mis amigos son mis hermanos (hermanos furiosos y entrañables). Lou le va a la Argentina desde niña porque su abuela apoyaba a la albiceleste y le transmitió esa pasión cuando veían los partidos por la televisión. Karel le va a Argentina (aunque dice que no le gusta el soccer) porque ama a Lourdes. Yo le voy a los xeneises desde el noventa, cuando México no fue a la justa mundialista celebrada en Italia y los sudamericanos se hicieron mi segunda patria, teniendo a Maradona como su gran líder. Lloré el día que perdieron la final de aquel año contra Alemania. Yo tenía 10 años de edad.

México siempre será mi prioridad, pero estamos lejos de ser competitivos para ganar una copa del mundo de mayores, aunque no nos ha ido mal en juveniles, tanto de mujeres como de hombres.

Llegué a ellos y ya había cervezas en la mesa. Bebíamos y comíamos como osos hormigueros, yo más que ellos. Ya iba ganando Argentina con gol de penal anotado por Messi —dicen que no se debía haber marcado—; luego llegó el segundo, por Di María, una construcción matemática, artística, tecnológica diseñada por dioses que le saben a eso de jugar al futbol. La Argentina le estaba pasando por encima a una de las Francias más competitivas de la historia, al mejor equipo del torneo. Así pasaron 75 minutos de juego y creímos que el gane estaba en las manos en medio de un lugar atestado de mexicanos que apoyaban a Francia, olía a frustración, yo olía a la miel del triunfo.

Ocurrió lo impensable, el posible inicio de una tragedia: Juana de Arco entró en el alma de los franchutes y Mbapé empató el juego a nada del final del tiempo regular, todo con más fuego en la piel que con orden. Luego el mismo melodrama en el tiempo extra, Messi anotó el gol que tuvo que ser revisado para ser validado. Me paré para celebrar y ahí estaba en mi pierna, poco abajo del muslo, una posible embolia, la sangre concentrándose en un punto focal del cuerpo y causando un hormigueo del horror. No quise decir nada en ese momento. Me senté y empecé a respirar con calma, traté de relajarme, esa embolia era el alcohol, los desvelos, la angustia de haber terminado una tesis de maestría que me dejó a dos centímetros de la locura. Esa embolia era, también, la emoción de ver por primera vez a Messi levantar una copa del mundo. Estábamos a diez minutos. Me serené y me dije a mí mismo: no te vas a morir hoy, pibe. Goberné las emociones y trastornos que querían dominar mi cuerpo y recuperé el aliento, los gritos para alentar a la Argentina, ese nido de Diego Cocca, el director técnico que le dio dos títulos a mi Atlas después de 70 años de sequía. ¿Cómo no amarte Diego, Cocca y Maradona? (No es un afortunado juego de palabras, sí). La Argentina de los poetas que habitan en mi Furiosa, mi más reciente libro: Cortázar, Borges, Pizarnik, Gelman, Peri Rossi, Girondo. La Argentina de amigos entrañables que he abrazado y querido tanto.

Francia lo volvió hacer, nos quería arruinar la fiesta con el mejor, más brillante y combativo enemigo, otra vez Kylian Mbapé, un monstruo de estirpe militar que anotó un penal a nada de cerrar el segundo tiempo extra. Qué bueno que la posible embolia se había ido. Ese juego no lo era, parecía más una guerra para mantener en tierra firme a la razón y evitar que nuestras bestias se devoraran entre sí. Una mesera pasó y dijo: “mira cómo se transforman”. La euforia silbaba rapaz en el ambiente. Los paisanos gritaron como en tempestad el gol de Francia, había varios poblanos. El general Ignacio Zaragoza se habría vuelto a morir si hubiese visto aquello, el líder que había expulsado a los galos de la angelópolis con un aguerrido grupo de zacapoaxtlas en el cerro de Loreto hace ya tanto tiempo.

Estaba viendo el segundo partido más emotivo de mi vida, el primero fue la final que Atlas le ganó a León el año pasado. Francia falló dos penales y Dibu Martinez, el portero xeneise, se volvió el artífice de uno de los triunfos más épicos de nuestro continente contra los colonizantes europeos (léase esto último con tono sarcástico).

Mi amiga Lourdes empezó a llorar y la abracé y a Karel, les besé sus chirimollas. En esta vida, sí, la felicidad es posible y no tiene nacionalidad. El Messias levantó su trofeo más anhelado. Pódes ir en paz.

Fernando Percino

Es mexicano y nació en algún momento de los años ochenta; además es licenciado en Administración Pública por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Publicó cuentos en el suplemento cultural *Catedral* del diario *Síntesis*, la novela *Velvet Cabaret* (2015), el libro de cuentos *Lucina* (2016), el libro de crónicas *Diarios de Teca* (2016) y la novela breve *Volk* (2018). Fue miembro del consejo editorial de las revistas: *Chido BUAP* y *Vanguardia: Todas las expresiones*. Fue funcionario público. Actualmente es chofer de UBER y estandupero ocasional.

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