Ensayo

La obstinación por ser feliz

La obstinación por ser feliz

Enero 22, 2021 / Por Gabriela Quintana Ayala

¿Cuántas personas conoces que te quieren vender la felicidad?

Nuestro afán por conseguirla, así como conservarla y proporcionarla a otros, no es nada nuevo. Es el pan de cada día, sobre todo en la época reciente. Es más común vivir sin felicidad porque el individuo se puede acostumbrar a muchas cosas, incluso a vivir sin ella. Para encontrar la felicidad, el ser humano desde tiempos remotos busca darle sentido a las circunstancias de la vida, algo que explique continuamente la causa de nuestra mala fortuna o desgracias. El hecho de haber nacido en una familia pobre y no una rica, el no recibir la retribución proporcional o justa a lo que cada uno siente que se merece.

Los grandes filósofos de la historia universal se han planteado este tema sin encontrar una fórmula que nos lleve a ella con el mínimo esfuerzo. La riqueza ha llevado el estigma del éxito en todas las culturas, incluso por encima de la sabiduría. Los griegos denominaron a la felicidad como “eudaimonía”, término que procede de “eu” en el sentido de “bien” y por “daimon” que hace alusión a un espíritu bueno, un estado en el que el humano está tan pleno que se acerca a la divinidad. Es en la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles (384 a. C–322 a. C) donde más se utiliza este concepto de felicidad o supremo bienestar. Para este filósofo, las actividades que llevan a alcanzar la eudaimonía son aquellas de la virtud, en el sentido de lograr la perfección. En el siglo XX, el filósofo iconoclasta Bertrand Russell continuó con el tema, tratando de diagnosticar las innumerables causas de la infelicidad, partiendo de la moralidad sin culpa y los placeres. Uno de sus postulados afirma que la felicidad no puede provenir de la gratificación obtenida sin esfuerzo.

Todos los libros de autoayuda no dejan de repetirlo, es su canon, el fin último de todos esos textos: cómo convertir algo negativo en positivo para alcanzar la felicidad, incluso valiéndose del autoengaño. Pese a ello, todos solemos condicionar la felicidad a la obtención de algo o al resultado de alguna acción, puesto que no nace de manera natural, pero sí puede ser espontáneo.
Hoy en día eso se ha extendido a las industrias y gobiernos, que han tomado el tema como una fuente de explotación para su propio beneficio. Han ido logrando que la justicia y los ideales de bienestar colectivo se queden como una alternativa individual. Aun cuando la empresa no te pague lo justo como empleado, debes sentirte pleno y feliz por el solo hecho de tener trabajo, debes encontrarle todo lo positivo, lo cual da por resultado un esquema reduccionista en el que la persona se vuelve juez y parte de sí mismo y a quien le han transferido la culpa completa si no lo logra. Pretenden dejar fuera los factores externos como las guerras, la carencia de empleos, la explotación de un capitalismo voraz, la desigualdad social, los modelos económicos, las políticas de administración gubernamental, la falta de oportunidades, etc.

Hay muchos enemigos de la felicidad. No obstante, parece que la regla que se ha ido construyendo en la sociedad moderna —impulsada por autores, el internet, la ciencia, e incluso las redes sociales— es la obligación de ser felices y sentirnos miserables o culpables si no evitamos los pensamientos derrotistas o improductivos, aun cuando no seamos capaces de cambiar la realidad sencillamente porque no depende de nosotros.

Es en este contexto que el 20 de marzo fue instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su reunión del 28 de junio de 2012, como el Día Internacional de la Felicidad y se celebró por primera vez el año 2013. Tal parece que las celebraciones no tienen fin, pero tampoco muchas de ellas tienen sustento. Todo sea por experimentar una dicha, aunque sea efímera y ser parte del estatus quo que tanto la ciencia busca imponer con sus psicólogos, como los coach, gurúes, los gobiernos y las industrias. En muchos casos para que estos últimos se vean liberados de la responsabilidad sobre las consecuencias al no cumplir con sus compromisos sociales.

La pandemia ha venido a cuestionar nuevamente el tema de la felicidad, demostrando que no es necesario comprar nada para obtenerla. La libertad de desplazamiento, de convivencia, se ha puesto frente a nuestros ojos como un estado necesario y básico que opera contra la desesperanza, el tedio, la enfermedad del ensimismamiento y los falsos éxitos. Nadie sabía que antes era feliz. Porque todo vuelve al comienzo del ciclo: la lucha por las necesidades esenciales del ser humano, componentes del bienestar y la dicha. La pandemia ha evidenciado inexorablemente cómo la sociedad se ha vuelto un ouróboros. Una decadencia social y psicológica donde se arredra al colectivo por la felicidad individual. “Solo importo yo porque solo tengo una vida y es para ser feliz” se ha vuelto una premisa vendida y adaptada para las masas donde no hay cabida para el otro, para los procesos naturales y tiempos necesarios de reconstrucción interior de las personas frente a las adversidades y los problemas. Estamos obligados a ser felices a cualquier costo, porque si no estás a favor entonces estás en contra. Es tan natural sentir tristeza, desánimo y rabia frente a las desavenencias, problemas y carencias que ofrece un mundo globalizado donde unos cuantos individuos ven al resto de la población como números consumidores, como sentir paz y bienestar cuando el sistema de esos pocos no te aplasta y puedes salir adelante.

En el continuo camino de la felicidad se ha acuñado el término de “happycracia” o adicto a la felicidad vista como mercancía, como criterio psicológico normal y como indicador del progreso social evaluado por los gobiernos para mantenerse en el poder. Se compra como creencia y como objetos suministrados por la industria de la felicidad capitalista que ya desea incluso estandarizar el concepto, asociado ya a un estilo de vida que te la proporciona o te hace creer que solo así la obtendrás. La homogeneización de creencias sobre la felicidad establece una simbiosis del sujeto que busca el placer de la felicidad con la felicidad obtenida a través del objeto. Y es que precisamente esta industria es la que aporta los recursos para evitar a toda costa que pierdas esa fusión que va en contra de sus intereses para convertirla en un obsesión, donde el concepto pasa de ser colectivo a una responsabilidad individual donde la persona escoge entre pertenecer al mundo alienado y con todas su reglas o reverberarse en una sociedad que le discrimina.

Creo que se viene al mundo para sentir todo tipo de emociones, negativas y positivas ya que todo tiene su razón de ser, aunque no la conozcamos a corto plazo. Todas son válidas y necesarias para el desarrollo del potencial humano y un medio de libertad y expresión inalienable.

Gabriela Quintana Ayala

Narradora mexicana. Es traductora literaria y profesora de idiomas. Licenciada en Comercio Exterior. Maestra en Programación Neurolingüística. Diplomada en Literatura Norteamericana por la BUAP. Escribe cuento infantil, relato, novela, ensayo. Sus relatos han sido seleccionados en concursos en México y España, así como participado en varias antologías impresas. Ha colaborado en revistas literarias en México, España, Cuba, entre otros.

www.gabriela-quintanaayala.com

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