Káos

Desaparecidos

Desaparecidos

Abril 17, 2024 / Por Antonio Bello Quiroz

El nombre propio es una sutura de la falta que no la hace faltar. Es porque hay falta que se ejerce el cosido.

Helí Morales

El derecho a una tumba es el derecho tal vez más elemental de cada ser humano que viene del fondo de los siglos.

Juan Gelman

 

El fenómeno de la desaparición forzada es, sin duda alguna, una cuestión estructural. Sus formas de proceder tienen motivaciones diversas, políticas esencialmente, pero también de trata de personas, de esclavitud y un largo etcétera cuyos efectos van más allá de los y las afectadas de manera directa por tan atroz delito. La desaparición forzada es una herida abierta, un dolor y una rabia que se actualizan en los familiares de los desaparecidos en cada momento, es una pregunta sin respuesta. Se trata de una herida traumática que tiene profundas resonancias subjetivas en quienes lo padecen directa o indirectamente.

En términos jurídicos, la desaparición forzada se tipifica como delito y en la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas se puede leer: “Para los efectos de la presente Convención, se considera desaparición forzada la privación de libertad a una o más personas, cualquiera que fuere su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa de reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes”. En México, sin embargo, no en todos los estados de la República se penaliza la desaparición forzada. La sanción también es variante, va de los 10 a los 50 años.

Quizá la parte más dolorosa y trágica de la desaparición forzada sea la incertidumbre sobre el estatus de la persona desaparecida. Mientras dure la condición de desaparición, es una pregunta lacerante: ¿está viva, está muerta?; se trata, en todo caso, de duelos interrumpidos, negándoles, ante la ausencia de un cuerpo, uno de los derechos ancestrales, el derecho a una tumba, una placa o una cruz con su nombre, como lo señala el poeta Juan Gelman, a quien le desaparecieron a su hijo Marcelo Ariel. Después de un doloroso proceso, tras recuperar los restos de su hijo, escribe el poeta y padre: “El derecho a una tumba es el derecho tal vez más elemental de cada ser humano que viene del fondo de los siglos”. Un duelo no elaborado se vuelve una cuestión transgeneracional, el dolor de la desaparición se pasa de generación en generación. Los ritos funerarios son las formas mediante las cuales todas las sociedades y las culturas se han permitido elaborar el misterio de la muerte, esos ritos son negados en el caso de la desaparición forzada. Quizá de los únicos recursos que quedan para la elaboración del duelo es la solidaridad que se gesta entre quienes constituyen los grupos de buscadoras (generalmente mujeres) de sus familiares desaparecidos.

El dolor psíquico (también llamado dolor de existir o dolor de amar) que aqueja a los deudos de la desaparición forzada, va acompañado de la incertidumbre constante y de una profunda alteración de la vida cotidiana y que incluso en ocasiones se ve detenida en seco. La memoria generacional se ve bruscamente rota. Pero ¿qué es el dolor psíquico o dolor de amar? El psicoanalista argentino radicado en París, Juan David Nasio, señala que el dolor psíquico o dolor de amar “es el afecto que resulta de la ruptura brutal del lazo que nos vincula con el ser o la cosa amados. Esta ruptura, violenta y súbita, suscita inmediatamente un sufrimiento interior vivido como un arrancamiento del alma, como un grito mudo que emana de las entrañas”. El dolor de amar se vive fundamentalmente en la pérdida mortal del ser amado o en la separación amorosa. Podemos ver que el muy doloroso fenómeno de la desaparición forzada encaja a la perfección y de manera agravada con esta definición. Efectivamente, se trata de una ruptura violenta y súbita con la persona amada, el lazo se ve radicalmente roto, se vive un desgarramiento del alma y además con una agravante: aquí no hay cuerpo que permita la elaboración del duelo. El duelo es la reacción que se espera ante la pérdida de un objeto amado. Y si pensamos que realizar el duelo, como enseña Freud en su texto Duelo y melancolía, consiste en una retirada paulatina y dolorosa de las investiduras de objeto, en el caso que nos ocupa, en la desaparición forzada, en tanto que no hay cuerpo ni decisión expresa de retirada, el proceso queda interrumpido. Se vuelve un duelo patológico en tanto que el yo no puede desprenderse de la identificación con la persona desaparecida. Si entendemos que la principal tarea del proceso del duelo es desprenderse de los recuerdos vinculados a la persona que se ha perdido, y si el dolor que el proceso implica está vinculado al desprendimiento del objeto perdido, en el caso de la desaparición forzada ese proceso de duelo queda suspendido, por tanto, el dolor se prolonga en la medida en que se prolonga la sobreinvestidura de la persona desaparecida.

En México, y en otros países de América Latina que vivieron las crueldades de las dictaduras militares, las madres buscadoras han encontrado una salida ante la imposibilidad del duelo por la vía de convertir su dolor en activismo político: deciden no guardar silencio aún a costa de sus vidas. Van al encuentro de la realidad traumática y suplen las acciones que las instituciones de gobierno no realizan, se vuelven así expertas forenses o investigadoras policiales para poder encontrar los restos que les permitan honrar la memoria de sus amados desaparecidos.

La otra salida desesperada ante la desaparición es el silencio. El dolor psíquico que produce la desaparición forzada es tal que, sin que necesariamente sea una prohibición explícita, los familiares y amigos de la persona desaparecida se cuidan de pronunciar el nombre del o la desaparecida. La cuestión no es nueva, diversos pueblos se prohíben pronunciar el nombre de los difuntos (lo que ahora se aplicaría con los desaparecidos), y Sigmund Freud, en Tótem y Tabú, nos da una explicación para tal conducta en el sentido de una defensa contra un peligro. Escribe: “Se extiende también en el sentido de evitar la mención de todo aquello en que ese difunto desempeñó un papel; y de este proceso sofocador resulta la importante consecuencia de que esos pueblos no tengan tradición ni reminiscencias históricas, y que las máximas dificultades se opongan a una exploración de su prehistoria”. No decir su nombre difumina su historia, su inscripción en el linaje, y con ello se evita el dolor psíquico, es decir, se busca que no se actualice el dolor de la ausencia. El olvido, o mejor aún el silencio, se auto-impone como antídoto contra el insoportable dolor de la memoria ausente.

 

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Miembro fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis. Ha sido Director fundador de la Maestría en Psicoanálisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicología. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del país y atiende clínica en práctica privada en Puebla.

Antonio Bello Quiroz
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