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Orfandad: el dolor del desamparo

Orfandad: el dolor del desamparo

Noviembre 23, 2021 / Por Antonio Bello Quiroz

Portada: Vasily Perov, Niños dormidos

 

La pérdida del padre es el evento más importante en la vida de un ser humano.

Sigmund Freud

 

En una época tan convulsa como la que nos ha tocado vivir, una época en la que no tenemos ya más mitos que nos orienten o consuelen, una época marcada por las guerras, la violencia y la enfermedad, uno de los saldos poco visibles es la orfandad. Las cifras son escalofriantes: tan sólo en México, antes de la pandemia, había 1,700,000 niños y niñas en orfandad. La pandemia, hasta la fecha, ha dejado a 24,700 niños, niñas y adolescentes en esta terrible situación. Las consecuencias son inenarrables: abuso sexual, trata, violencia, explotación laboral, abandono escolar, anomia social, endurecimiento del alma, etc.

Los niveles de orfandad es una cuestión multimodal y de profundo calado en lo social. Bien podríamos calificarla como una crisis humanitaria que impacta en lo educativo, lo económico, y en la construcción del lazo social. Especial afectación se presenta a nivel psicológico o emocional. En todos estos aspectos de la orfandad hay instituciones y ONG’s que realizan estudios y proponen acciones de atención. Sin embargo, no se perciben políticas públicas de atención a los huérfanos, en particular los huérfanos y huérfanos de la violencia y del Covid-19. Más allá de la relevancia y urgencia de atención al fenómeno, hay una dimensión aún más olvidada que es la que atañe a lo subjetivo. La orfandad es una cuestión que se vive en lo profundo de la vida psíquica, se vive desde la singularidad de quien experimenta ese estatus. Es la dimensión que aquí nos interesa.

Según establece el Diccionario esencial de la lengua española de la RAE, Orfandad tiene tres acepciones: Orfandad. F. 1. Estado del huérfano. 2. Pensión que por derecho o por otro motivo disfrutan los huérfanos. 3. Falta de ayuda, favor o valimiento en que una persona o cosa se encuentra. Mientras que en el mismo diccionario, Huérfano, na., se consigna como: 1. Dicho de una persona menor de edad: A quien se le ha muerto el padre y la madre o uno de los dos. 2. Falto de algo, y especialmente de amparo.

Quizá la tercera acepción es la que nos pudiera introducir a lo que aquí propongo en tanto que destaca la condición de falta de valimiento en la orfandad y de desamparo en la condición del huérfano, na. Partamos de una pregunta: ¿qué hace tan profundamente dolorosa la condición de orfandad? ¿Será que con la orfandad (como ocurre con el desamor) se actualiza una condición que nos acompaña desde nuestra más primera infancia? Sigmund Freud, en 1919, escribe un texto que se denomina Lo Ominoso o lo Siniestro, a partir del concepto de “lo extraño inquietante” (Unheimlich), que ya el filósofo alemán Schelling había definido como “lo que debía de haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado”. Según el trabajo de Freud, unheimlich es el antónimo de heimlich, que designa algo que es familiar, conocido, sin embargo, en un segundo sentido, también designa lo secreto, lo que está oculto. Por tanto Unheimlich, lo siniestro, emerge cuando algo que debería estar oculto se hace presente. Así, con la orfandad, la condición de desamparo que nos acompaña, pero que debiera estar oculto, en secreto, para poder “disfrutar” de lo familiar de la vida, de lo cotidiano, se ve interrumpido de súbito por lo siniestro de la pérdida. La orfandad hace coincidir, y por eso es doloroso, la presencia interior de quien se perdió y, al mismo tiempo, la constatación de su ausencia. La pérdida del padre o la madre (también tendría que aplicar para la pérdida del ser amado) nos devuelve al desamparo que había quedado velado por las identificaciones narcisistas.

Freud destaca la condición de desamparo (Hilflosigkeit) en que nacemos. Los seres humanos nacemos de manera prematura (aun cuando el nacimiento se de en término), incapaces de realizar acciones específicas para satisfacer las propias necesidades, por lo tanto, estamos al momento de nacer completamente dependientes de un adulto. Esta dependencia inicial será generadora de un desconocimiento de nosotros mismos, a partir de un saber y deseo que viene del otro: como sujetos nos constituimos siempre en el lugar del Otro. Lo que produce una “alteridad esencial del sujeto” que permanece a lo largo de su vida con carácter inconsciente. Dependencia y desconocimiento de sí son nuestras huellas más tempranas, lo más propio de lo humano, lo que nos resulta más primitivo y familiar. No podríamos vivir en desamparo permanente, la presencia de Otro que habla (y al que eventualmente se ama) tiene la función de generar la ilusión de unidad que permita apaciguar la tensión y conmoción propias del nacimiento, su presencia mitiga la angustia.

El desamparo para Freud es producto de un exceso de estímulo o excitación Reize. Veamos, la condición de prematuración del nacimiento lleva a un estado de tensión interna (hambre o sed) que duele y lo empuja a llamar a otro, se le demanda una acción adecuada por parte del otro, de su acción dependerá la mitigación de la angustia. El desamparo, Hilflosigkeit, se expresa también ante el estado de desesperación y trauma que se vivencia ante la ausencia, real o imaginaria, de aquel, aquella o aquello que, con su acción adecuada, mitiga nuestra angustia, nos ampara al darnos valimiento, reconocimiento. Ante la muerte del padre o la madre, o ante la ausencia del ser amado, el desamparo se reaviva. El sujeto queda a la intemperie, doblemente expuesto: al dolor interno, sobre estímulo reize, y al peligro y exigencias de lo exterior.

Para Freud, la muerte del padre es “la más terrible en la vida de un hombre”, sin embargo, parece que el paradigma de lo más terrible se deslizó a la muerte de un hijo. Para Jean Allouch, este desplazamiento es posible en tanto que la muerte del padre es la muerte de alguien que ha dejado huellas, es la muerte de alguien que en el momento de su muerte ha dejado de producir noticias, como si su cuenta estuviera completa. El trabajo del duelo se realiza a partir de las huellas dejadas por el padre. Mientras que con la muerte de un hijo, el dolor de la pérdida no sólo es por un ser amado sino por lo que potencialmente un hijo pudiera brindar, lo que duele es la potencia de la vida perdida. Para Allouch, la medida del horror de quien está de duelo se mide en función de la no realización de la vida de quien murió.

Aunque el abordaje y atención de la orfandad la realizan fundamentalmente las ciencias sociales y la psicología, es la literatura quien, adelantándose nuevamente al psicoanálisis, ha dado lugar al dolor del desamparo y al desgarramiento del ser que produce la orfandad. Antígona, de Sófocles, es una excelsa muestra del dolor del desamparo que la literatura ha dado. Aunque no se trata de la pérdida de un padre, Antígona vive el dolor del desamparo ante la muerte de su hermano Polinice y la injusticia de dejarlo sin sepultura. ¿En qué se fundamenta su inmenso dolor y su ética negación a dejar a su hermano insepulto aunque el precio fuera ser enterrada en vida? Ella misma nos lo dice: “Si fuera madre y se tratara de mis hijos, o si fuera mi marido el que estuviera muerto, no habría violado la ley para rendirle estos deberes. Entonces ¿qué desvarío me ha sostenido? Me dije que, de quedar viuda, me volvería a casar y que si perdía a mi hijo, mi segundo esposo me haría madre otra vez, pero un hermano, ahora que mis padres ya no están sobre la tierra, ya no tengo esperanzas de que nazca otro”.

La muerte del padre o de la madre reclama una elaboración y con ello ha dado lugar a la producción literaria. Incluso Freud mismo inventa el psicoanálisis a partir de la muerte de su padre Jacob. Sabemos del extraordinario texto de Roland Barthes, Diario de duelo, que realiza al día siguiente de haber sepultado a su madre con la que vivió 64 años. Algo semejante ocurre con Paul Auster: ante la muerte de su padre, escribe La invención de la soledad, hace un recuento de su historia familiar, escribe como decía, sobre las huellas de su padre. Se cuestiona como hijo sobre su padre y también sobre su ser padre de su propio hijo. También Philip Roth, quien escribe Patrimonio una historia verdadera ante la muerte del padre después de una dolorosa lucha contra un tumor en el cerebro. Con el portento de su escritura, Roth le da vida a quien ha muerto. Transita también por las huellas de ese padre fuerte, lleno de vida, encantador, genial. Pero también hace recuento de la difícil relación padre hijo, y de la muerte y el miedo que la muerte nos produce. Con Patrimonio el escritor salda una deuda de amor con el padre.

Parece que el mensaje es claro: ante el desamparo de la orfandad, elaboración.

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Miembro fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis. Ha sido Director fundador de la Maestría en Psicoanálisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicología. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del país y atiende clínica en práctica privada en Puebla.

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