Narrativa

Acapulcazo

Acapulcazo

Abril 17, 2024 / Por Agustín Aldama

Durante el periodo de vacaciones de Semana Santa, Álvaro, a sus dieciocho años, estaba ansioso por irse a Acapulco con tres de sus amigos: el Güero Pachas y Jorge Jaques, que eran vecinos de la colonia, además de Jordi, un estilista de la Nápoles que era seis o siete años mayor que todos. Se había hecho amigo de ellos por ser cuñado de Mario, uno de sus mejores amigos, quien estaba dispuesto a ir a la playa, pero que a última hora no pudo por cuestiones de su esposa y su bebé recién nacido. A Álvaro le habían dado permiso para salir de viaje llevando el carro de su papá, con la condición de que lo acompañara Javier, su hermano menor, pues la mamá de ambos suponía que Javier, aunque un año menor, era más sensato, y que Álvaro se comportaría mejor siendo vigilado. A Álvaro no le pareció la idea, pero no le quedó más remedio que aceptar a su hermano en el viaje.

Lo importante era aprovechar al máximo las vacaciones. Salieron a primera hora de su casa, pasaron a recoger al Güero Pachas y a Jorge Jaques, pero la salida se demoró porque al pasar por Jordi tuvieron que esperarlo, pues antes de salir, él tenía que dejar todo listo en su estética y hacer varios encargos a sus empleados.

─¡Uy, qué güeva! Se está haciendo tardísimo por tener que esperar al cuñadito de Mario. Nos va agarrar la noche en la carretera —reclamaba enfadado el Güero Pachas, mientras Jaques cabeceaba, molesto también, con un sándwich mordisqueado en la mano.

─Ni modo, el bebé de Mario se enfermó, por eso no va. Además, recuerden que Jordi se porta muy muy bien con nosotros. Gracias a él, hemos podido ir a las pachangas de sus clientas y amigas ricachonas. Acuérdense lo padre que se puso la última a la que fuimos, en el Pedregal. Además, como siempre, él paga casi todo. Para empezar, en cuanto salgamos, iremos a llenar el tanque de gasolina —comentaba Álvaro tratando de justificar a Jordi.

Ya en la carretera libre a Acapulco, pasaron a comer en Las Tres Marías. Después de comer unas quesadillas y tomarse varias cervezas, el Güero Pachas convenció a Álvaro para tomar el volante. Dijo que al anochecer él tendría mejor visión por no necesitar lentes y que a su ritmo no llegarían nunca a Acapulco. Además de que él era dos o tres años mayor y con más experiencia para manejar.

El único consciente era Javier, y tal vez Jordi pues se tomó solo una cerveza. Había oscurecido, llevaban otras cervezas para tomar por el camino, contaban chistes, cantaban y reían felices durante el trayecto. En esa época se hacían ocho horas desde el Distrito Federal hasta Acapulco, pues aún no se construía la autopista del Sol.

—¡Ahora sí, Jesusito, a ver si eres tan salsa y me castigas al agarrar la curvita que sigue! —Dijo El Güero Pachas en el momento en que, acelerando como a cien kilómetros por hora, apagaba las luces del auto, haciendo que rechinaran las llantas y el carro se patinara en la curva. Todos gritaron del susto, pero continuaron el viaje entre reclamos y carcajadas. Javier no sabía si reír o si quería regresarse ya con su mamá. Se divertía, pero al mismo tiempo se sentía un intruso en aquel grupo, no sabía cómo actuar.

Llegaron a Acapulco en la madrugada. De inmediato estacionaron el carro por la costera, a orillas de la playa. El primero en desnudarse totalmente fue el Güero Pachas, a la luz de la luna. Se trataba de un chico esbelto, pero fuerte, su complexión contrastaba con los demás. Álvaro y Jaques lucían regordetes. Jordi tardó en meterse. Antes de hacerlo se puso un diminuto short, con su piel tan blanca y su delicado cuerpo también resaltaba frente a los demás. Javier hizo lo mismo, tomó su traje de baño y se metió al agua. Jugaron caballazos y chacotearon felices hasta que amaneció. Javier se sintió integrado al grupo por primera vez. Poco después llegaron a descansar al bungalow que habían alquilado.

Pasado el mediodía, ya estando en la playa de Hornos, Álvaro, Jaques y Jordi se encontraban felices tomando cerveza bajo la sombra de una palapa. El Güero Pachas se aburría y decidió alquilar una tabla de Paddle, tipo kayak, e invitó a Javier a subirse con él, quien aceptó encantado, no le gustaba tomar cerveza ni le interesaban en especial los comentarios de Jordi sobre sus amistades y cosas de su estética.

Ya en el mar, yendo los dos sobre esa especie de canoa, Javier se dio cuenta que el sol estaba en su apogeo y no se había puesto suficiente protector solar. Ya tenía la experiencia de lo terrible que pueden llegar a ser las quemaduras de sol cuando son agudas. Siendo niños, ahí en Acapulco, jugaron el primer día toda la mañana bajo el sol y se quemaron a tal grado que por la noche la sangre les escurría por la espalda. Al día siguiente tuvieron que regresar a la capital. En el momento en que pasaron frente al lugar en el que se encontraba Álvaro y sus dos amigos en la playa, a una distancia de, según él, unos veinte o treinta metros, le dijo al Güero Pachas que mejor se regresaría con su hermano y saltó sin tomar en cuenta que no sabía nadar lo suficiente.

El Güero Pachas continuó remando en el kayak, al parecer no le importó si el chico sabía nadar o no. Javier se dirigió rumbo a la palapa donde se encontraba su hermano, pero por más que nadaba, parecía que se encontraba en el mismo lugar o tal vez más lejos de donde se lanzó. Con mucho esfuerzo siguió nadando, a veces sólo pataleaba flotando boca arriba para descansar un poco. Lloraba mientras hacía un recuento de lo que estaba en juego. En primer lugar, no volver a ver a su madre ni a sus amigos, su futuro en general. Llegó el momento en que no soportaba el dolor en los brazos, pero el miedo a morir ahogado lo obligaba a continuar y gracias a ello pudo acercarse a la playa, pero aún le faltaba un gran tramo para alcanzar la arena. Con esfuerzo sobrehumano pudo seguir avanzando, en el momento en que consideraba que podía alcanzar la orilla de la playa se soltaba, pero se hundía sin que la punta de sus pies pudiera tocar el piso arenoso del borde costero. Lo único que lograba era tragar más y más agua salada.

Por fin, con inmensa felicidad logró tocar la ansiada arena. Dio sus últimas braceadas y dejó que las olas lo arrastraran a la orilla. Todo estaba pleno de luz y descolorido. Completamente débil pasó entre la gente que se encontraba jugando sin que se dieran cuenta de su situación. Se tiró en la orilla y se quedó medio dormido.

Después de un buen rato, aún mareado, se levantó. Se sentía quemado por el sol y al mismo tiempo con escalofríos. Se dirigió a la palapa donde se encontraban ellos, pero no estaba ninguno. Supuso que lo estarían buscando, se envolvió en una toalla y se recostó entre las mochilas tras los respaldos de las sillas playeras.

—Si le hubiera pasado algo malo al pendejo de mi hermano, ya lo sabríamos, de un momento a otro llegarán el Güero Pachas y Jaques con él. Lo importante es cómo le vamos a hacer para estar tú y yo en la noche sin que se enteren los demás. Venimos a pasarla bien y debemos ponernos de acuerdo para estar sin que nos molesten, ya bastante tenemos con estarnos cuidando de mis vecinos Jaques y el Güero Pachas, sino que además, también tengo que hacerlo con el chismoso de Javier, que por mí ojalá que se haya ahogado ─comentaba Álvaro, enfadado.

Medio dormido, Javier escuchó lo que comentaba su hermano a Jordi. Ellos no se percataron de que él se encontraba a sus espaldas. En ese momento, llegaron a su memoria diferentes hechos respecto a la relación con su hermano. Recordó lo que en ocasiones su madre llegó a comentar, en el sentido de que el mal genio de Álvaro se debía a que cuando nació se utilizaron fórceps. Memorizó las muchas ocasiones en que él y su hermano se encontraron en pugna, sobre todo cuando llegaron a la adolescencia. Álvaro no soportaba la afinidad que tenía Javier con su madre. Pretextaba y reclamaba a su madre que los trataba por igual y no se le daba el lugar que le correspondía como primogénito. Desde pequeños nunca se marcó ninguna diferencia, se les compraba todo por igual, las cosas se diferenciaban solo por el color. Quienes sí mostraban evidente preferencia por Javier, eran los familiares del lado paterno, pues consideraban que Javiercito era idéntico a su padre, blanco, de pelo castaño, sus mismos ojos, en pocas palabras, decían, que había vuelto a nacer… para Álvaro, su hermano Javier resultaba el hijo consentido, el güerito, el niño frágil, quien debía ser protegido por todos.

Javier se sentía débil, abrumado y deprimido. Se durmió de nuevo. Al llegar el Güero Pachas y Jaques, se dieron cuenta de su presencia, lo despertaron, les comentó lo que había sucedido, pero fingió no haber escuchado lo que su hermano había dicho.

Jorge Jaques propuso llevar a Javier a comer mariscos a la playa de Puerto Marqués con el objeto de que se recuperara. Se sentía un tanto comprometido, pues su madre y la de los dos hermanos eran muy amigas. Así lo hicieron, Javier se sintió reconfortado y arropado, comió a reventar y se quedó dormido de nuevo. Ya en la noche, decidieron ir a la llamada “Zonaja”, es decir a la zona roja. En realidad, querían ir a la famosa Huerta de Acapulco, un cabaret en el que se presentaban vedettes, prostitutas y ficheras. En ese tiempo se vivían los llamados años dorados de Acapulco, durante los cuales el puerto llamado “La Perla del Pacífico” era frecuentado por numerosas personalidades de la política y la cultura, especialmente por las estrellas de Hollywood. Resultaba el lugar ideal para una espléndida zona de tolerancia.

Javier contaba con apenas diecisiete años. Siendo menor de edad, no le era permitido ingresar al lugar, pero de alguna manera se las ingeniaron para pasarlo al antro. Todos coincidieron en que debería estrenarse en ese mundo, le compraron unas cuantas fichas de diez pesos para sacar a bailar a algunas ficheras. Les parecía divertida su timidez y se burlaban del trato tan decente que les daba a las suripantas. Álvaro y Jordi dijeron que se sentían muy cansados y se regresaron a la cabaña. Después de haberse tomado algunas copas, Javier aun recordaba lo dicho por Álvaro en la playa, pero no era momento para sentimentalismos, pues todo era divertido y novedoso para él.

Pasadas dos o tres horas, a todos se les habían subido las copas, decidieron cooperarse y pagarle a Javiercito el cuarto y una de las chicas para compensar el susto que se había llevado en la playa. A Javier nunca se le olvidaría su primera experiencia, aunque lo único que pudo recordar sería a la mujer con las piernas abiertas, leyendo una revista y que lo apuraba diciéndole que lo hiciera más rápido, que no la hiciera perder tanto su tiempo. En tanto que él, borracho y nervioso, ni siquiera encontraba la manera de acomodarse.

Al día siguiente, todos se encontraban durmiendo la mona. A eso de la una de la tarde se despertaron por el estruendo que provocaron al golpear la puerta con desesperación. Se trataba de un tal Juan, al que Javier había visto una vez en una fiesta que hizo en su casa. Cómo olvidar el enorme vitral con la figura de Napoleón que abarcaba los dos niveles de su mansión, su familia tenía grandes bodegas en el mercado de la Merced. Tomás, el seductor del grupo con su largo copete que constantemente le caía sobre los ojos y que se lo retiraba con estudiada coquetería, y Jorge “El Yoyo”, un güero muy delgado con los ojos azules, azules, que en diferentes ocasiones buscaba ser amable y hacer plática con Javier. Se trataba de tres de sus cuates del barrio con los que habían quedado de encontrarse. Ellos tenían prisa por darse un baño para ir a comer y después a ligar a la Playa de la Condesa. Javier conocía a todos. Se trataba de una pandilla de cuates, de alguna manera liderados por Álvaro, pertenecían a diferentes familias ubicadas tanto en las casas de la colonia Jardín Balbuena, como en los departamentos de los edificios de la Unidad Kennedy y alguno de la muy cercana colonia Moctezuma.

Después de varios intentos infructuosos de ligar gringas, los recién llegados y el Güero Pachas se pusieron a jugar en la playa de La Condesa, conocieron a unas chicas de Veracruz y quedaron de encontrarlas en la noche por la costera, en los bares que había frente a la playa. Para aprovechar la tarde, decidieron ir al Pie de la Cuesta, la playa donde es posible admirar la puesta del sol en el horizonte, para en la noche seguir el reventón. Durante el trayecto, manejando el Güero Pachas el carro de Álvaro y Tomás en el que ellos llevaban, simularon un enfrentamiento entre los dos. Comenzaron a retarse mentándose la madre con el claxon y al, llegar al semáforo en rojo, ante la expectativa de los demás automovilistas y de la gente que atravesaba en ese momento la calle, ambos conductores se bajaron de los autos y se fueron acercando uno al otro diciendo: “¡qué!, ¡qué!, lo que quieras!”, y al estar frente a frente, aparentaron darse un beso en la boca. Soltaron la carcajada, se abrazaron y retomaron los volantes y continuaron el viaje celebrando, todos, la chistosa broma.

Ya en la playa, después de comer, alquilaron unas hamacas y se recostaron a tomar cervezas, con la vista hacia el fuerte oleaje de la playa con mar abierto. Jordi, emocionado, pidió que le sirvieran caballitos de tequila, después de cuatro o cinco, viendo hacia el infinito comenzó a recitar en voz alta: “así como el cielo, mi caminar se vuelve azul, suave, ligero e infinitamente vasto el campo de posibilidades que me ofrece el universo. ¡Quiero ser nube! Esa nube que se mueve aparentemente pacífica por los cielos, a veces tormenta y a veces quietud. Algunas veces simulando un filtro que trae a la consciencia una luz diferente, que cambia un paisaje según su emoción. Un pensamiento que adorna el cielo, una figura para los ojos creativos, que es agua en esencia, pero cuya forma se ha transformado sublimemente elevándose hasta los cielos. Una nube que nunca se estanca, que aun en el flujo constante de los vientos más fuertes, aparece apacible ante nuestros ojos y ante nuestros corazones que las aprecian anhelantes…”

Jorge el Yoyo enderezó la cabeza por encima de la red de la hamaca, hizo un gesto para criticarlo abriendo la boca sin separar los labios, en busca de una mirada cómplice que lo acompañara para burlarse de la emotividad de Jordi. En ese momento, ¡todo se interrumpió! Inesperadamente llegó una ola gigante que al principio era solamente de espuma, pero que conforme pasaba, subía también el agua salada atravesando la red de las hamacas y empapando a todos.

Entre sorprendidos y asustados por lo inesperado de la ola, lo primero que trataron de salvar fueron sus cervezas. Una vez que la ola iba de regreso, los menos borrachos ayudaron a rescatar los zapatos y las bolsas de dos señoras de avanzada edad que se encontraban sentadas enfrente de ellos y que a gatas se aferraban a la pendiente de la arena para no ser arrastradas durante el retorno de la gigantesca ola. La embriaguez disminuyó, entre risas nerviosas y tambaleándose recogieron las cosas que pudieron encontrar. Por fortuna, del susto no pasó a mayores, se fueron a las regaderas de agua dulce para quitarse la sal, anochecía y llegaba el momento de ir al bungalow, descansar un rato, vestirse y esperar que llegara la noche.

Estando en la Costera, las chicas veracruzanas que habían conocido en la playa no aparecieron en ningún momento. A ellos no les preocupó mucho que digamos y se pusieron bailar en las discos del lugar, incluso con algunas gringas, pero ya entrada la noche decidieron ir a La Huerta, donde encontrarían lo que más deseaban. Álvaro y Jordi dijeron que los alcanzarían más tarde pues no cabrían todos en el carro, que se llevaran a su hermano para que se espabilara un poco. En esta ocasión no pudieron pasar al antro a Javier, por lo que Jorge el Yoyo dijo que no importaba, que él lo acompañaría a cenar y a otros lugares de la famosa “Zonaja”.

En la madrugada, ya bien servidos, se dirigieron al bungalow. Al llegar, encontraron sobre la mesa una botella de tequila casi vacía, dos vasos rodados, indicios de que Álvaro y Jordi habían seguido bebiendo, los que por tener la música a un alto volumen no se dieron cuenta de la llegada del grupo. El Güero Pachas, Tomás y el tal Juan, de inmediato se sentaron a terminar el tequila sobrante. Al entrar en la recámara, Jorge Jaques, Jorge El Yoyo y Javier, se dieron cuenta de que Álvaro estaba penetrando a Jordi, se encontraban en pleno bondage. Álvaro había amarrado las manos de Jordi en la cabecera de la cama y le había vendado los ojos. Los gemidos de ambos se mezclaban con el ensordecedor ritmo de Try Me, I Know We Can Make it de la cantante Donna Summer.

—¡¿Álvaro, qué estás haciendo?! —gritó Javier, antes de cerrar la puerta de la recámara en un intento por evitar que los demás también se enteraran de lo que sucedía.

Lo más difícil fue el momento en que Jorge El Yoyo se abalanzó hacia ellos, y en primer lugar en contra de Álvaro.

—¡Maldito! ¡Ya me lo imaginaba, pero vas a saber quién soy yo! ¡Habíamos quedado de disimular lo nuestro ante los demás, pero en realidad lo que querías era mantenerme alejado para estar con este pinche puto maricón! —dijo en el momento en que jalaba de los cabellos a Álvaro para hacerlo a un lado y poder abofetear a Jordi que, inmóvil, amarrado y vendado, trataba de zafarse de sus ataduras.

Álvaro reaccionó de inmediato. Se puso un short e hizo a un lado a Jorge el Yoyo para rescatar a Jordi:

—¡Ya párale o te madreo! Hace tiempo que te he dicho que ya estuvo suave. Conmigo se acabó, entiéndelo de una vez por todas, ya no me interesas desde hace tiempo y bien que lo sabes —advirtió Álvaro con los ojos enrojecidos, cubriendo a Jordi que se encontraba en shock.

Jorge el Yoyo reaccionó tomando una lámpara del buró y la estrelló en la espalda de Álvaro. Éste se defendió con sus puños, ambos cayeron al suelo. Se creó un alboroto entre el llanto de Jordi, los golpes en la puerta de los demás que preguntaban qué pasaba y los gritos de Jorge Jaques separando a Álvaro y a su contrincante.

En ese momento, Javier se paró en medio de todos, cubrió con su cuerpo a su hermano y con voz fulminante los contuvo.

—¡Ya basta, hasta aquí llegó todo este desmadre! Ya nos dimos cuenta de lo que pasa, pero no es necesario que todo el mundo se entere del motivo de este pleito. Jorge Jaques, si eres tan amigo de ellos, guárdales el secreto de sus rollos, deja que arreglen sus asuntos por la buena y en otro momento, y ya.

Todos guardaron silencio recapacitando en lo dicho por Javier. Jorge el Yoyo se sentó, apoyando los codos sobre las rodillas y cubriéndose la cara con las manos. Álvaro se acercó y lo abrazó.

─Reconozco que debí hablar contigo antes de hacer este viaje, la verdad no supe cómo hacerlo. Traté de hacerte entender lo que ya dije, que no tenía caso forzar una relación donde, al menos de mi parte, ya no existía el más mínimo interés. La noche que llegamos a la playa, al desnudarnos en la madrugada, al estar jugando, sentí un placer incontenible al estar cerca de Jordi. A él le sucedió lo mismo, llegó el momento en que necesitábamos estar más y más cerca uno de otro. Te juro que nunca lo planeamos. Espero que te pongas en mi lugar y me perdones —dijo Álvaro poniendo un brazo sobre el hombro de Jorge el Yoyo.

Ya sin decir nada, los dos Jorge salieron de la recámara y se unieron a los demás que, para entonces, cansados de tocar sin que les abrieran, decidieron seguir bebiendo y se habían quedado dormidos. Jordi, después de llorar y llorar, sin nada que decir, deprimido, se durmió procurando olvidar lo sucedido.

Álvaro, avergonzado, trató de decir quien sabe que tantas cosas a su hermano, pero un nudo en la garganta se lo impidió. Javier lo abrazó. Solamente le dijo que todo estaba bien, que ahí no había pasado nada, y ambos se recostaron y se durmieron como los demás.

Al día siguiente, lo único que se comentó fue que habían tenido un pleito de borrachos, pero que todo había quedado en eso, en una borrachera. Los días siguientes continuaron con su ritmo. Jorge el Yoyo se mostró orgulloso e indiferente, como en espera de algo muy importante, en general todos actuaron como siempre, entre bromas, copas y desmanes, incluso Jordi. Las vacaciones terminaban, lamentaban profundamente que ya deberían de regresar a la ciudad.

Mientras que el Güero Pachas manejaba, Álvaro y Javier se sentaron uno al lado del otro en la parte trasera del auto. Y como nunca lo habían hecho antes, recordaron las mil y una travesuras que hicieron cuando eran chicos, y de las veces que se pelearon y que se reconciliaron… También planearon con entusiasmo un nuevo viaje a Puerto Vallarta. Tal vez sería mejor que en esa ocasión fueran solo ellos dos…

Agustín Aldama

(Ciudad de México, 1947). Es egresado de la Licenciatura en Pintura en la ENAP, mejor conocida como La Esmeralda. En su carrera como pintor ha realizado 14 exposiciones individuales y más de 70 colectivas, tanto en México como en el extranjero. El año de 2019 fue invitado a participar en el taller de literatura con el maestro Marco Julio Robles, donde ha sido motivado a escribir y en donde ha encontrado un inesperado y reconfortante mundo de posibilidades.

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