Narrativa

Tavo

Tavo

Febrero 21, 2024 / Por Agustín Aldama

Desde hace varios años, Gustavo deambula con su bicicleta en un radio de dos o tres cuadras alrededor del lugar en donde derrumbaron la pequeña vivienda en la cual vivía con su abuela, en la colonia Roma. Se conforma con lo que la gente le da para vivir y sobrevive gracias a las monedas que le dan los vecinos por hacer mandados, además de las que le dan los conductores por reservar lugares para que estacionen sus autos, ya que en esa zona no existen parquímetros.

Con recelo ve cómo entran y salen las nuevas familias de las “Tall Towers” construidas en el lugar donde él creció, donde jugaba y convivía con los vecinos de treinta viviendas como si fueran una gran familia. Durante su adolescencia se daba cuenta de cómo se perdían, una a una, las demandas de los inquilinos que se oponían al desahucio, pero llegó el momento en que perdieron el pleito y tuvieron que abandonar el predio.

Los vecinos que lo conocen desde hace años lo llaman “Tavo”. Le agradecen que los apoye: en ocasiones, gracias al chico regordete con cara de niño, se han librado de accidentes y peligros, ya que Tavo está al pendiente de fugas de gas, de personajes sospechosos y, además, los mantiene al tanto de lo que sucede en los alrededores.

—Por Dios, Gustavo, ¿cuándo vas a sentar cabeza? Es tiempo de que, por favor, a tus casi treinta años busques un mejor trabajo. Lo que recibes no es suficiente para mantenernos —reclamaba una y otra vez doña Clarita, su abuela, cansada del apego que tenía su nieto a la antigua vecindad.

En una ocasión, Óscar y Renata se encontraban dispuestos a pasar el fin de semana en su cabaña, cerca de Cuernavaca. Llevaban tres meses viviendo en uno de los departamentos de las elegantes torres, donde todo era comodidad y buen gusto. Los vecinos les recomendaron a Tavo, el servicial chico tan atento y acomedido.

─Oscarito, mi amor, tengo todo listo para salir muy temprano, antes de que se atasque la carretera a Cuernavaca, lo último que me faltaba eran el alimento del bebé, pero a última hora le encargué a Tavo que lo trajera del supermercado. No te olvides de checar el carro.

Meses después, el departamento en la colonia Roma donde vivían Óscar y Renata se encontraba a la venta: se habían divorciado, pues desde el día en que falleció su nene de un año en la carretera rumbo a Cuernavaca, ya no soportaban vivir juntos.

Los señores Pedraza se habían jubilado y esperaban pasar su vejez viviendo en un departamento en esas torres. Todo se facilitaba al vivir ahí, cerca del Parque México, con el supermercado a unas cuadras y con el comportamiento de sus vecinos que los trataban con extrema amabilidad. Esto permitía que en sus últimos años de vida no requirieran absolutamente nada. Su departamento se encontraba en el primer piso del edificio, el señor Samuel requería de una silla de ruedas debido a una lesión en la médula espinal, su esposa siempre encontraba quien la ayudara al hacer los giros necesarios para entrar el elevador y llegar a su departamento. Por fortuna, contaban con Tavo, que siempre se acomedía para subirlo y ayudar a recostarlo en su cama.

Un buen día, el señor Pedraza comenzó a sentirse falto de energía, un tanto confuso e irritable. Sus hijos, que los visitaban con frecuencia, lo llevaron con el geriatra y el médico que los atendía desde años atrás para encontrar la razón de sus cambios, pero los resultados de los estudios no indicaron causa alguna para preocuparse. Le recetaron vitaminas y suplementos alimenticios para mejorar su salud. El día menos pensado, el anciano perdió la conciencia y falleció a los pocos días. Fue entonces, durante la autopsia, cuando se enteraron que su piel había entrado en contacto con algún producto químico letal.

Dada la gentrificación que se ha dado en la Ciudad de México, el mismo edificio situado en la colonia Roma, cercano al centro y con buen nivel de vida, tres chicas decidieron compartir los gastos y rentar uno de los agradables y amplios departamentos. Se trataba de dos muchachas de Sonora y una norteamericana. Se habían conocido al tomar un curso de verano en Guadalajara y después de convertirse en grandes amigas, decidieron irse a vivir a la Ciudad de México, precisamente en el mismo edificio de la colonia Roma.

Se trataba de uno de los departamentos más grandes, con tres recámaras, cada una con baño y vestíbulo. Se pusieron de acuerdo en la decoración y establecieron las normas de convivencia para evitar un posible desencuentro. Todo salía como lo habían planeado. Los fines de semana invitaban a sus novios, amigos y uno que otro vecino. Encontraron en Tavo la persona ideal para que les consiguiera toda clase de bocadillos y bebidas para sus reuniones.

En una ocasión, una de las sonorenses, la gringa y uno de sus invitados, durante la madrugada, comenzaron a tener una incontenible hemorragia intestinal. Se encontraban deshidratados y con vómito, llamaron a la ambulancia y únicamente el chico se pudo recuperar con el tiempo. Por alguna razón, por error, en alguno de los alimentos se encontraban semillas de ricina, las cuales son fáciles de localizar en cualquier jardín y que resultan sumamente venenosas. Los otros dos fallecieron.

Gustavo, el chico gordito y simpático al que los vecinos apreciaban y que tanto agradecían sus favores, se encontraba siempre al pendiente de lo que sucedía en esos departamentos. Cada desgracia que ocurría ahí le provocaba una sonrisa y un profundo sentimiento de satisfacción. Consideraba que no era necesario hacer caso a su abuela y que continuaría encargándose de los vecinos de los departamentos, que se encontraban en el mismo lugar en que estuvo la vecindad donde él creció y en donde había sido tan feliz.

Agustín Aldama

(Ciudad de México, 1947). Es egresado de la Licenciatura en Pintura en la ENAP, mejor conocida como La Esmeralda. En su carrera como pintor ha realizado 14 exposiciones individuales y más de 70 colectivas, tanto en México como en el extranjero. El año de 2019 fue invitado a participar en el taller de literatura con el maestro Marco Julio Robles, donde ha sido motivado a escribir y en donde ha encontrado un inesperado y reconfortante mundo de posibilidades.

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