Narrativa

Departamento 4G

Departamento 4G

Septiembre 19, 2023 / Por Agustín Aldama

El edificio donde vivo se encuentra en una cuchilla. Consta de doce departamentos, cuatro por piso. En la planta baja hay un local comercial y otros dos locales que dan a la calle, usados como garaje. La mayoría de los departamentos funcionan como oficinas y consultorios médicos, y solo tres los utilizamos como casa habitación. En el cuarto piso hay una empresa que se dedica a la venta de insumos de computadora, otro sirve como bodega, los otros dos se encuentran cerrados siempre. En el tercer piso, nos encontramos viviendo una familia de origen europeo oriental y yo, con mi hijo, dos departamentos pertenecen a un consultorio médico. En el segundo piso se encuentra una escuela de baile donde dan clases de salsa al anochecer, los demás son oficinas. Y por último, en el primer piso, se encuentra otro departamento rentado por una pareja de recién casados.

El caso es que a partir de las nueve o diez de la noche el edificio se queda casi solo, en los patios y pasillos no deambula nadie, pues los empleados de las oficinas y los alumnos de salsa se han ido, además de que no se cuenta con velador.

En días pasados, cerca de las doce de la noche, estando en la cocina, observé que una bolsa de basura se encontraba llena de hormigas. Mi hijo ya se había acostado, por lo que decidí bajar a tirar la basura en el contenedor que está en el patio central del edificio. Al tratar de usar el elevador, me di cuenta que estaba desconectado, pues por las noches no se usa, debido a que los alumnos de la clase de salsa lo han descompuesto a causa del sobrecupo y se llegó al acuerdo de que no lo usen. Pero el conserje no lo reconectó y no era hora de subir a la azotea y llamarlo para que lo hiciera. Por lo que bajé por una de las dos escaleras que van a la planta baja.

Como se utilizan luces de contacto para ahorrar energía, al llegar a cada piso y por cada pasillo se iban prendiendo las luces. Antes de bajar al segundo piso, me pareció extraño que no se encendieran las luces de ese tramo. Al caminar en la oscuridad, escuché un murmullo o canto a muy baja intensidad, más o menos en dirección a los departamentos que se encuentran cerrados siempre. Sigilosamente, decidí subir a enterarme de lo que se trataba. Conforme me acercaba, las luces no obedecían a mi presencia y continuaba esa especie de coro, al que se agregaban súplicas y llantos difíciles de determinar.

Las voces o sonidos salían de uno de los departamentos siempre cerrados. Comencé a sentir temor, sin embargo, la curiosidad o la necesidad de aclarar lo que sucedía, me llevaron a la estría o más bien llamada ojo de la cerradura, por lo que alcancé a ver hombres y mujeres que pasaban de un lado a otro, usando una especie de batas y con diferentes utensilios en las manos. El canto, a manera de murmullo, continuaba, y los llantos ya no los percibí. Se escuchó una especie de ladrido, supuse que algún perro olfatearía mi presencia. Para esconderme, corrí hacia la escalera contraria a la de ese departamento. Después de un tiempo no sucedió nada, me acerqué a mirar por segunda vez a través de la cerradura. No vi pasar a nadie. Se escuchaban, a lo lejos, una especie de rezos. De pronto, un fuerte golpe, como si algo muy pesado hubiera caído, y voces que reían y también discutían. Se oyeron pasos y decidí esconderme de nuevo en las escaleras, de pronto, alguien me tomó del brazo sin darme tiempo a reaccionar y no supe más de mí.

Débil, un tanto aturdido y con dolor de cabeza, desperté en mi recámara. Escuché la voz de mi hermana Luz Elena que, desde la cocina, preguntaba a mi hijo si quería algo de comer:

—Más tarde, tía, gracias. Ahora mi papá se encuentra con los ojos abiertos, creo que está despertando —contestó Rafael, mi hijo, que se encontraba a la derecha de mi cama, con un libro en las manos.

—Qué bueno que ya estás despertando. En la madrugada, Eusebio, el conserje, te encontró inconsciente en las escaleras del segundo piso. Me imagino que te caíste al dar un mal paso. Por fortuna, solo fue un golpe en tu cabeza. Llamamos al doctor Hernández, te revisó y no encontró nada por qué preocuparnos. Pero, ¿dime qué andabas haciendo a esas horas de la noche?

Lo único que le comenté fue que salí a tirar la basura, mientras traté de entender si lo que vi fue real o producto de una caída. Más tarde, ya recuperado, comimos una estupenda paella que preparó mi hermana y decidí olvidarme del asunto.

Al día siguiente cuando, por la mañana, me disponía a ir al supermercado, Eusebio, el conserje, me preguntó extrañado:

—Señor, disculpe la pregunta: ayer en la mañana, cuando lo encontré inconsciente, ¿por qué tenía usted la boca llena de trapos quemados? Lo primero que hice fue quitárselos, pensé que se podría haber asfixiado. De inmediato llamé a su hijo para que me ayudara a llevarlo a su departamento, ni tiempo tuve de decirle cómo lo encontré —a partir de ese comentario, mis dudas comenzaron a preocuparme, sin duda algo extraño y anormal había sucedido la noche anterior.

Subí al cuarto piso, las puertas de los departamentos se encontraban cerradas, como siempre. No pude observar nada a través de la cerradura. Decidí preguntarle al administrador del edificio sobre los propietarios de esos inmuebles. Lo único que me supo decir fue que, desde que él asumió la administración, una inmobiliaria se encarga de hacer los pagos de esos dos departamentos desde hace varios años y que se encuentran a nombre de un tal Fernando Iñiguez Balbuena.

Me acordé de Antonio Báez, un vecino con quien me llevaba muy bien, que durante muchos años vivió en el edificio y que se fue con su familia vivir a Querétaro. Decidí llamarle para ver si él podía darme más información sobre el tema. Después de saludarnos y recordar un poco lo bien que la pasamos cuando fuimos vecinos, le pregunté sobre lo acontecido:

—Pues, a reserva de lo que te comente, espero que no se incrementen tus dudas. La verdad, decidimos vender nuestro departamento a raíz de que mi esposa comenzó a escuchar algo parecido a lo que me cuentas. Recuerda que vivíamos justo abajo de uno de esos departamentos y que Clara, nuestra hija mayor, a sus catorce años, comenzó a decir incoherencias, cosas relacionadas con revelaciones, círculos sagrados, interpretar a los animales, además de recibir amenazas. Por eso decidimos alejarnos de ahí. No comentamos nada al respecto por temor a ser criticados por creer en tonterías. Es lo que te puedo decir, no cuento con algo concreto, pero te lo comento a ti dada la confianza que nos tenemos y por si te sirve de algo —el inesperado comentario de Antonio me causó un verdadero temor. Me sentí enfrentado a circunstancias fuera de toda lógica, a temas que hasta entonces hubieran sido risibles y ajenos por completo a mi forma de pensar. Sin embargo, esa situación era algo que debía enfrentar para desechar esas dudas y continuar viviendo con tranquilidad.

Para empezar, recurrí al conserje para que me contara todo lo que sabía en relación a esos departamentos, en apariencia desocupados.

—Mire, señor, la verdad no me gusta meterme en lo que no me importa para evitar que me regañen. La última vez que entré a uno de esos departamentos fue porque el señor Antonio Báez mandó traer a un cerrajero para abrir una de esas puertas, la que cuenta con una sola chapa. Al abrirla, no encontramos nada extraño y lo único que recibí fue la amenaza de ser despedido por parte del administrador cuando se enteró de que yo participé en eso. Al poco tiempo don Antonio se fue de aquí —me dijo Eusebio, con desconfianza. No quiere que lo despidan por alguna falta, ya que tiene a varias personas viviendo en su cuarto de la azotea y en otras partes del edificio y de él depende la permanencia de toda esa gente a la que tiene viviendo ahí.

De esa circunstancia me aproveché para comprometerlo a que me apoyara en mi investigación. Recordé que por las noches da albergue a sus conocidos en diferentes recovecos de nuestro viejo edificio. Hay gente que pasa la noche en el cuarto del mecanismo del elevador y otros en los espacios debajo de las escaleras de la planta baja, que se utilizan como armarios, situación que pasa desapercibida para los demás condóminos, pero no para mí.

—Como usté ya se dio cuenta, pues le comento que se trata de tres familiares que vienen de mi pueblo. Trabajan por aquí cerca y no tienen donde dormir, las rentas en todas partes están muy caras y con mayor razón en esta zona. La verdad, cuando el señor Antonio Báez abrió la puerta de ese departamento, dejó la llave pegada y yo la tengo guardada. Si quiere se la puedo dar a usté, pero por favor no lo comente. Ya sabe cómo es enojón don Adán, el administrador —me confesó el conserje y de inmediato me estregó la llave. Ahora debo buscar el día y la hora en que pueda entrar para ver si encuentro algo que resulte útil para dilucidar mis dudas.

El sábado siguiente, en la tarde, cuando menos gente se encuentra en el edificio, le pedí a mi amigo Edmundo que me acompañara. No quise involucrar a mi hijo para evitar complicaciones, lo primero que me hubiera dicho es que me olvidara del asunto y que no me metiera en camisa de once varas, lo conozco bien. Edmundo, al principio, se negó, pero me debe varios favores y no le quedó más que acompañarme.

—Conste que si esto se trata de una cosa seria, me disculpas, pero a mí no me comprometas. Te acompaño en esta ocasión y no más, tengo otros asuntos urgentes que arreglar y no es justo perder el tiempo con tus cosas —dijo Edmundo justo antes de abrir la puerta.

En ese extremo del edificio, se encuentran los departamentos más grandes. Los muebles y todas las cosas estaban en orden y limpias, como si alguien lo estuviera ocupando del diario. Todo lo encontramos normal, salvo por una situación: localizamos una puerta que, después de ubicarla, nos dimos cuenta que se trataba de una entrada al departamento contiguo, que permanece cerrado también.

Como era de esperarse, no fue fácil abrir esa puerta. Tuve que ir a mi departamento para traer herramienta y forzar la cerradura.

—¿Te das cuenta del problema legal en que te estás metiendo? Sea lo que sea que encuentres, lo único que te va a traer son problemas y tal vez demandas. Discúlpame, pero yo hasta aquí te acompaño, es una situación muy grave en la que no quiero involucrarme. Lo siento amigo, luego me platicas —Tras decir eso, Edmundo se dio la vuelta y me dejó solo antes de entrar al pasillo que, en la oscuridad, conduce al otro departamento. Al menos contaba con la luz de mi celular.

Pensé en las consecuencias de continuar avanzando, pero me di cuenta que no iba a estar en paz si no me enteraba de lo que pasaba en el lugar donde vivo. Total, nadie se enteraría, salvo el conserje, pero era seguro que él no diría nada, pues no le convendría hablar.

Al fondo del pasillo había una total oscuridad. A los lados, la luz del celular me permitía ver solo las paredes sucias y uno que otro cuadro de estilo abstracto, sin aparente significado. Al llegar a la estancia del departamento, una gran mesa se encontraba rodeada de diferentes tipos de asientos. Al recorrer unas cortinas me di cuenta de que los vidrios eran opacos. Además, había dos puertas herméticamente cerradas, lo que más me llamó la atención fue que, en el lado de una de las paredes, se encontraba un equipo de filmación.

Al tratar de abrir una de las puertas, el sonido de mi celular me sobresaltó: se trataba de mi amigo Edmundo:

—¡Sal por favor de ahí! Al dejarte, me topé con el conserje que se dio cuenta de que habíamos entrado y me comentó que Nicolás, un sobrino suyo, que en las noches se duerme escondido bajo las escaleras, se ha enterado de muchas cosas. Que antes de continuar hables con él —ante el comentario de mi amigo, decidí salir de ese lugar, ser más prudente y enterarme de lo que el tal Nicolás sabía. Al anochecer, subí a la azotea, al cuarto del conserje y me entrevisté con Nicolás, un joven menor de treinta años que, temeroso y desconfiado, con la mirada fija en el piso, se atrevió a hablar conmigo.

—Antes que nada, muchas gracias por no decirles a los demás dueños del edificio que nos quedamos a dormir aquí por las noches. Somos de Oaxaca, nos dedicamos a reparar muebles de mimbre y bejuco y trabajitos de lo que se pueda. En el día nos las arreglamos para comer y ganar dinerito para nuestras familias de allá, pero por las noches mi tío Eusebio nos da chance de dormir aquí. Desde hace ya como tres años que duermo debajo de la escalera que sube del lado de esos departamentos que dicen quesque siempre están cerrados, razón por la cual uno se entera de cosas, de las que más vale no hablar porque no sabe uno bien de que se trata, pero como lo hacen a escondidas, pos uno a luego piensa mal —insistí en que no se preocupara, que por mi parte nadie se enteraría de su existencia, pero que continuara diciendo lo que sabía.

—Pues mire, ha habido veces que ya en la madrugada un señor de los extranjeros que viven en este edificio, al que le nombran Abdías o algo así, junto con don Adán, bajan a abrirles la puerta a muchas gentes. Andan hablando muy bajito y sin hacer mucho ruido. Se oye como que suben cosas pesadas y como que se empujan unos a otros. Después de unas horas, antes del amanecer, pasan como arrastrando algo y ese señor Abdías como que se despide con palabras muy raras. Todo eso se lo he comentado a mi tío Eusebio, pero me ha dicho que me calle la boca si es que quiero seguir durmiendo aquí, que él no puede decir nada, que no quiere saber nada de esas cosas —comentó Nicolás, agradeciendo de nuevo mi silencio. Antes de que me retirara, me alcanzó Eusebio para comentar algo que se había callado.

—Es bueno que sepa algo. Primero pensé que no era bueno decírselo, pero resulta que antes de que se fuera su vecino, el señor Antonio Báez, supe que a su hija Clara la encontraron desmayada, también con la boca llena de trapos quemados, igualito que a usté. Creo que eso tiene que ver con que se hayan ido de aquí —casi en secreto me comentó el conserje, satisfecho por mi compromiso de no denunciar a sus huéspedes.

A partir de ese día comencé a idear un plan para desenmascarar a toda esa gente involucrada en esas extrañas reuniones. Decidí comentar todo lo sucedido a mi hijo Rafael, que, como era de esperarse, no le pareció que me inmiscuyera en esa tarea:

—¡Qué ganas de complicarte y complicarme la vida! Por favor papá, deja de meterte en lo que no te importa. Ya déjate de tonterías, que bastante complicada es mi vida como para agregar este tipo de asuntos. Por favor, no hagas ya nada —dijo Rafael y salió del departamento enfurecido.

Ese mismo día, más tarde, recibí una llamada de Adán, el administrador. Me citó para hablar esa misma noche en una de las oficinas del edificio y me indicó que debería ser puntual. A las nueve de la noche acudí a la cita. Al llegar, me encontré sentados ante una mesa redonda a Adán, Abdías el vecino, otras cuatro personas, dos hombres y dos mujeres desconocidos para mí y, ¡oh, sorpresa!: ahí se encontraba también mi hijo Rafael.

—Siéntese, por favor. Tiene usted un lugar asignado en esta mesa —dijo uno de los desconocidos, un anciano de lentes con una crecida barba. Muy desconcertado, me senté a escuchar lo que en esa extraña reunión me tenían que informar. Mi hijo me miraba de una manera desconocida, como si yo no fuera su padre.

—En ningún momento se consideró que usted se enterara de nuestros deberes, pero dadas las circunstancias, y debido a su insistencia, nos vimos obligados a convocarlo a participar, a pesar de la desfavorable opinión de su hijo Rafael. Tanto Clara como usted recibieron un aviso mediante el cual debieron desistir de investigar sobre lo que aquí acontece. De manera muy responsable, don Antonio Báez lo entendió, se llevó a su hija y decidieron renunciar a cualquier clase de intromisión en nuestros asuntos.

—¿Participar yo? ¿De qué manera y para qué? —pregunté desconcertado.

A partir de hoy, usted ha ingresado a una muy importante organización, donde nos dedicamos a hacer justicia, dada la ineficiencia y corrupción del gobierno. Usted no se puede enterar más allá de lo que nosotros le decidamos informar. Simplemente deberá obedecer a lo que se le indique, gracias a ello, usted y su hijo tendrán garantizada su seguridad en todos los sentidos.

Su función básica, en primer lugar, será la de no continuar investigando absolutamente nada y de vez en cuando realizar una que otra actividad. Se puede enterar de que parte de las oficinas de este edificio se integran a un complejo sistema de detección, sometimiento y ejecución de rufianes y malnacidos que atentan contra nuestras familias y contra la sociedad, un jurado bien informado lo determina. Los demás departamentos y personas sirven solo para disimular nuestras actividades, usted se encontraba incluido en este rango. Ahora ya no es posible —advirtió ese anciano al que los demás veían con respeto. Al escuchar todo eso, volteé a ver a mi hijo, esperando una posible reacción a la situación en que me encontraba. Él solo me dijo que me lo advirtió a tiempo.

—Debe usted saber que nuestra organización es completamente secreta. Está apoyada y financiada por altos personajes de la sociedad, de organizaciones políticas, empresariales, incluso de iglesias y sectas de las que no hemos podido prescindir. Ah, por último, un detalle muy importante del que usted no se dio cuenta: su esposa no falleció en un accidente, fue atacada y vejada antes de morir. Gracias a nosotros, su hijo Rafael supo de lo acontecido, prefirió que usted no se enterara para evitarle un mayor sufrimiento. Desde ese momento decidió unirse a nuestra organización y le estamos muy agradecidos por su excelente idea de utilizar este edificio para algunas de nuestras actividades —terminó diciendo el anciano desconocido y con ello dio fin a la reunión.

A partir de ese encuentro, entendí el porqué de la renuencia de mi hijo a que yo me enterara de lo que ahí sucedía. Viví de nuevo el duelo por la forma en que murió su madre. Al hablar con él, me advirtió que lo mejor sería aceptar lo que la organización nos indicara, pero sin participar directamente en las cosas que ellos realizaban en sus reuniones secretas. Nuestras obligaciones básicamente serían el mantener en secreto lo de sus rituales, verificando que durante sus sesiones estuviera casi vacío el edificio y reportar cuando hubiera alguna circunstancia que pudiera impedir su realización. A cambio, estaríamos protegidos de posibles agresiones y obtendríamos un excelente sueldo.

Al aceptar, he tenido serios problemas por cargos de consciencia, pero al mismo tiempo sé que no tengo otra opción si quiero estar con vida y me siento protegido al lado de mi hijo, que se casó y que ahora tiene dos hermosas pequeñas. Después de todo, no me puedo quejar. Cuando se nos permita, haremos un largo viaje por Europa, toda la familia.

Agustín Aldama

(Ciudad de México, 1947). Es egresado de la Licenciatura en Pintura en la ENAP, mejor conocida como La Esmeralda. En su carrera como pintor ha realizado 14 exposiciones individuales y más de 70 colectivas, tanto en México como en el extranjero. El año de 2019 fue invitado a participar en el taller de literatura con el maestro Marco Julio Robles, donde ha sido motivado a escribir y en donde ha encontrado un inesperado y reconfortante mundo de posibilidades.

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