Crónica

La insoportable levedad de irle al “Tri”

La insoportable levedad de irle al “Tri”

Junio 21, 2024 / Por Julio César Pazos Quitero

Una nueva oportunidad se asoma para la selección mexicana de fútbol bajo el telón de la Copa América dónde de manera casi inexplicable la ilusión de todos los aficionados al “Tri” de mi corazón renacerá en la búsqueda por trascender en un torneo importante. Estoy plenamente consciente de que esta particular selección es bastante malita: muchos jugadores no tienen el talento, las ganas ni los pantalones de otros conjuntos y además el técnico Jaime “Jimmy” Lozano no tiene una idea de juego clara más allá del pelotazo. Pero seamos honestos: por más molestos, cansados y desilusionados que estemos, simplemente vamos a ponernos la verde, sacar las caguamas y apoyar al poderoso “Tri” de mi cucharón.

Y es que resulta casi imposible encontrarle sentido a nuestro fanatismo por la selección, ya que siempre ha dado más pena que gloria, algo que no perece importarnos como mexicanos. Alguna vez, a manera de broma y no tanto, se llegó a decir que había tres cosas con las que no tenías que meterte con un mexicano o lo podías pagar caro: en primer lugar, la virgen de Guadalupe, en segundo lugar, la Jefecita (refiriéndose a la progenitora) y en tercera, la selección de futbol. Siendo sincero no encuentro fallas en esta lógica.

Sin embargo, en el recuento de los daños, nuestras actitudes y fanatismo resultan bastante inverosímiles y hasta absurdas, ya que en su historia el siempre poderoso tricolor nunca ha transcendido. Es verdad que se le conoce como el gigante de la Concacaf (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol), pero para ser honestos, muchas selecciones pertenecientes a esta confederación en la antigüedad eran prácticamente amateur o semi profesionales, razón por la que México dominó durante muchos años, le duela a quien le duela.

En la actualidad, muchos de los países de la Concacaf han mejorado de gran manera en el ámbito futbolístico, sin mencionar a los gringos —quienes ya nos han superado—, costarricenses, canadienses, hondureños y jamaiquinos ya están al mismo nivel o muy cerca de nosotros. Aquí cabe preguntar: ¿qué demóstenes pasó?, llegando al punto en que ya no se le puede ganar a Canadá. Esto lo digo con todo respeto porque los de la hoja de maple eran más malos para el fútbol que la carne de marrano. Digo, para hockey sobre hielo o robar mineras es otra cosa, pero para el fútbol no pintaban un carambas. Sin embargo, mejoraron mucho y en tan poco tiempo que ni nos dimos cuenta cuándo pasó.

De este fenómeno todos somos culpables y digo “TODOS” entre comillas, con mayúsculas y en negritas porque es la puritita verdad. Podrán decir que como aficionados qué trinche culpa podemos llegar a tener, los responsables son los ojetes de los directivos, el burro del entrenador y los babosos de los jugadores. Y en parte tienen razón, pero también debemos admitir que somos una afición bastante alcahueta, poco exigente que, además, junto a varios periodistas inflamos a nuestros jugadores hasta santificarlos (todos menos Chichadeus).

Pero al momento de echar culpas y buscar chivos expiatorios, siempre nos encontramos con las mismas respuestas: que si los directivos son unos corruptos a quienes solo les interesa el dinero, que el entrenador no está capacitado o hace mal los cambios (¡ay!, Mejiaburrón sigue en el recuerdo), que también lleva a sus compas (Lavolpe llevó a su yerno para calentar la banca). También los jugadores tienen su grado de culpa ya que en acciones parece que no le echan las ganas suficientes y, cuando lo hacen, igual perdemos. “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, frase que todo aficionado a la selección ha dicho por lo menos una vez en la vida.

 

Podría seguir echando culpas y mentando madres, enumerar los tragos de amargos que hemos vivido o las pocas alegrías que la poderosísima selección nos ha dado. Enlistar a los ídolos, a las promesas y a los que solo pasaron dando pena, goles memorables que nos hicieron creer y otros que nos aguaron la fiesta y nos llenaron de tristeza (ese Maxi Rodríguez no volvió a hacer un gol así en su vida), y muchas anécdotas más. Pero lo realmente interesante es exactamente entender por qué diantres seguimos apostando y apoyando a una selección que nos da más corajes que alegrías, que nos hace ser la burla de los sudamericanos; qué clase de fuerza nos motiva para seguir llenando el Azteca o los estadios de Estados Unidos, o el hecho de que más de cuarenta mil paisanos llegaron a Qatar solo para ver un rotundo fracaso, o simplemente lo que nos hace prender la televisión y aun con todos los fracasos sentirnos orgullosos de ponernos la verde.

La respuesta a esta pregunta es simplemente hermosa y es que no tengo idea. Ya hace muchos años he dejado de buscarle sentido a mi afición a la selección mexicana, porque realmente no lo tiene. Hago más corajes que otra cosa y, sin embargo, siempre estoy ahí de manera inverosímil, sin importar que tan mal o bien hayan jugado el partido anterior, ahí estoy yo, con mi playera puesta, mi caguamita en mano, siempre esperando lo mejor, tratando de comprender la insoportable levedad de seguir al poderoso “Tri” de mi corazón.

 

Julio César Pazos Quitero

(1991) Puebla, Puebla. Escritor, fotógrafo, lector empedernido, el chico de los plumones y habitante del planeta Tierra. Fanático de la Ciencia Ficción y la Fantasía. Estudió Cine en la UPAEP y Periodismo en UNARTE. Actualmente tiene publicada una novela: La vida inédita de Juan, por Los No Letrados. Participó en el fanzine Castellanízate y en el blog “la greguería”.

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