Káos

Los libros y la hoguera de las vanidades

Los libros y la hoguera de las vanidades

Abril 27, 2021 / Por Antonio Bello Quiroz

Yo sigo jugando a no ser ciego, sigo

llenando mi casa de libros.

J. Luis Borges

 

…Porque la lectura es la inmortalidad hacia atrás.

Umberto Eco

 

El 23 de abril pasado se celebró el Día Internacional de Libro. Nunca como ahora vale celebrar la existencia de los libros. Pocos instrumentos han traído tantos beneficios y a la vez han sido tan peligrosos para la humanidad como los libros. Pueden exaltar o envilecer, seducir o asquear; magnificar la sensibilidad o banalizarla. Los libros han sido los portadores de los mensajes de los dioses y contienen las crónicas de los encuentros entre los hombres de todas las épocas. Los libros, de alguna manera, posibilitan romper con los goznes del tiempo y el espacio. “Quien no lee, a los 70 años habrá vivido una sola vida: la propia. Quien lee habrá vivido 5000” decía Umberto Eco.

El libro es para Jorge Luis Borges el más asombroso de los instrumentos que el hombre ha inventado, extensión de su espíritu y no de su cuerpo. El libro ha sido tomado como bastión que determina el ser de un Pueblo. Pueblo del libro se le llama a Israel y el judaísmo; con todo lo que ha implicado, ha asumido su función histórica de ser el pueblo guardián de las Sagradas Escrituras. Según George Steiner, el judaísmo se reconoce y asume como guardián de “La bibliografía de lo universal”, tal y como está escrito en el Libro de la vida y el Libro de las revelaciones.

Con la era digital, el libro parecía condenado a muerte; sin embargo, con independencia de su formato, el libro es una de las encarnaciones del triunfo sobre la muerte; los autores deberán morir, algunos libros nunca. Desde siempre, las hogueras fanáticas y los involuntarios incendios han sido los mayores enemigos del libro. Los acervos bibliográficos se encuentran bajo amenaza permanente. Recién supimos del incendio en la biblioteca Lagger que se encuentra en Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, dentro de la universidad. La pérdida se calcula en 65 mil volúmenes, además de otros materiales audiovisuales.

Georges Steiner afirma que “los que queman libros, los que expulsan y matan a los poetas, saben exactamente lo que hacen”. Saben lo que hacen porque al echarlos a la hoguera reconocen que el poder de los libros es incalculable. La historia de la humanidad está plagada de momentos en que los totalitarismos han tenido la peregrina idea de que eliminando los libros se elimina el peligro que encarnan, se elimina al otro, el diferente, y así se mantiene la pureza.

Quizás el momento de la barbarie destructora de libros más presente en la memoria moderna es la tarde del 10 de mayo de 1933, cuando en la Opernplatz de Berlín, 70 mil estudiantes habían arrojado más de 20 mil libros a la hoguera bajo el discurso cargado de odio de su líder, Herbert Gutjahr: “Hemos dirigido nuestro actuar contra el espíritu no alemán. Entrego todo lo que representa al fuego”, vociferó este joven de 23 años. Los libros se habían vuelto peligrosos y fueron retirados de los estantes de las librerías públicas. Las obras de Marx, Freud, Henrie Heinch conocieron el fuego en ese evento que presidía el lugarteniente de Hitler, Joseph Goebbels, y en su discurso literalmente incendiario sostenía que “la época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de Alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán”.

Pero no han sido los nazis los únicos ni los primeros que han mandado a los peligrosos libros a la hoguera. En la China imperial de 212 a.C., en la provincia de Qin Shi Huang no sólo quemaron libros sino a sus autores que se opusieron a entregarlos. Otra célebre quema de libros es la de la Biblioteca de Alejandría en el año de 292 a.C., ordenada por el emperador Diocleciano. En Europa conocemos la que se dio en llamar “la hoguera de las vanidades”, en Florencia, donde la quema libros y obras de arte fue promovida por el religioso dominico Girolamo Savonarola. Sigmund Freud, irónico, ante la quema de sus libros señalaba el “avance” de la sociedad ya que en otros tiempos lo hubieran quemado a él. Quizá la imagen más dolorosamente icónica de quema de libros sea el incendio de la biblioteca en la extraordinaria novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco. En nuestra América también la barbarie religiosa ha hecho de las suyas: el sacerdote Diego de Landa, el 12 de julio de 1562, en la localidad de Maní (Yucatán), instruye la quema de códices mayas con el argumento de que contenían “superstición y falsedades del demonio”.

Con los libros se busca eliminar todo aquello que sea contrario a los regímenes totalitarios: quemando libros se busca eliminar la palabra del otro, del disidente; se busca eliminar la diferencia, por tanto no puede ser sino un acto de auténtico odio. A comienzos del siglo XVI los andaluces en la península ibérica tenían que entregar los libros escritos en árabe; sin embargo, y por fortuna, por convenir a sus intereses se salvaron los de medicina, filosofía o historia.

Junto con los fanáticos religiosos, los militares han sido de los principales incitadores a la quema de libros, tal como ocurrió en Chile bajo las órdenes del dictador Augusto Pinochet: después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 requisaron los libros de los disidentes políticos. Lo mismo ocurrió en Argentina, donde la dictadura quemó un millón de libros. El general Luciano Benjamín Menéndez se justificó: “De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán los enemigos del alma argentina.”

Los que queman libros saben lo que hacen, saben que el encuentro con el libro cambia la vida: el libro nos convertirá, nos abrirá a ser algo más de lo que somos, nos enseñará ideologías desconocidas, mundos ajenos, nos mostrará la otredad, y por eso son peligrosos estos portadores de la lengua. El libro está ahí, esperándonos, en una vuelta de la mirada, en el lugar y momento menos pensado. En un polvoriento estante, olvidado, está el libro que nos dará nueva vida. De esto Borges sabía algo e hizo su propia mitología del libro: un libro auténtico nunca es impaciente, escribía.

Sin embargo, del otro lado de los que queman libros se encuentran quienes los acumulan, aquellos para quienes los libros son joyas, no tanto por su contenido sino por el objeto mismo que son. El psicoanalista Néstor Braunstein nos regala la historia de Antoine-Marie Henry Boulard, un amante de los libros. Un hombre ordinario, un infame como decía Foucault, que coleccionaba libros. Se nos dibuja como un hombre cuyo mayor escándalo en su vida lo protagonizó con su mujer una noche que no llegó a dormir a su casa por haberse quedado en otra casa acomodando los libros que cargaba en tres carros y que había comprado la víspera. La mujer lo perdonó bajo la consigna de no comprar un libro más.

Este personaje es descrito como un viejo digno y canoso que recorría las librerías de usado y se embriagaba del olor del papel, pero, vaya sufrimiento, no podía ya adquirir lo que husmeaba. Cayó enfermo de una grave melancolía, sólo así pudo obtener permiso de comprar los libros que quisiera. Su pasión no apuntaba a la lectura sino al libro mismo como objeto. Se trataba más de un bibliómano que de un bibliófilo. Es un bendito maniaco del libro.

Bibliófilos sí los hay, y muy grandes, verdaderos amantes empedernidos de los libros, no tanto como objetos (sin dejar de apreciar las ediciones, las formas) sino por su contenido. Tanto ha sido su amor por los libros que consagraron su vida a exaltar su relación con ellos, a vivir con ellos. Es el caso de Jorge Luis Borges, “El bibliotecario valiente”, como le llamaba Roberto Bolaño. Borges imaginaba al paraíso como una gran biblioteca, y su vida no le era concebible sin los libros.

Otro excelente bibliófilo fue el escritor Georges Bataille, el autor de Erotismo, y Las lágrimas de Eros. Pasó buena parte de su vida entre la biblioteca y el burdel. Fue bibliotecario y medievalista de la Biblioteca Nacional de París de 1924 a 1942, y director de la Biblioteca Municipal de Orleáns de 1951 a 1962. El poeta griego Konstantino Kavafis también pasó buena parte de su vida entre libros como bibliotecario.

Propongo que se reconozca que el librero, quienes dedican su vida a tratar con los libros, deberían tener unas condiciones privilegiadas de existencia.

Frente a los que queman libros, los bibliómanos que los acumulan y los bibliófilos que los aman, lamentablemente tenemos que padecer, muy en nuestros días, a los despreciadores de los libros, los que recomiendan no leer y los que no pueden recordar tres libros en su vida, eso en una nación que reconoce en los códices (en latín codex significa “libro manuscrito”) y en los tlacuilos (“los que escriben pintando”) un valor fundamental.

 

Antonio Bello Quiroz

Psicoanalista. Miembro fundador de la Escuela de la Letra Psicoanalítica. Miembro fundador de la Fundación Social del Psicoanálisis. Ha sido Director fundador de la Maestría en Psicoanálisis y Cultura de la Escuela Libre de Psicología. Ha sido Director de la Revista *Erinias*. Es autor de los libros *Ficciones sobre la muerte*; *Pasionario: ensayos sobre el crimen* y *Resonancias del deseo*. Es docente invitado de diversas universidades del país y atiende clínica en práctica privada en Puebla.

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