Narrativa

La herida que se abrió entre la neblina

La herida que se abrió entre la neblina

Julio 06, 2021 / Por Fernando Percino

para Luna, con fraternidad

 

Ando entre seres

Oblicuos y ausentes

Buscando la forma

De hacerlos presentes

Tengo en mis ojos

A mi mujer que es etérea

Y aún perdida entre sombras

Quiero que sea eterna

Caifanes, Para que no digas que no pienso en ti

 

Marcia se dio cuenta que las bisagras de la puerta chorreaban grasa; su poppa las había lubricado seis meses atrás. Marcia quería creer que él seguía en el edificio, haciendo trabajos de reparación por aquí y por allá.

A la mañana siguiente, Uriel se despertó junto a Marcia y le dijo:

—Soñé con Tony. Se disculpó por no ayudarme a escombrar los restos de la barda del patio. “Perdón que no te ayudé, pero es que ahora tengo otro trabajo”. Me habló con su tono rasgado, con melancolía.

Marcia se levantó y fue al baño a llorar. Se asomó por la ventana y vio las vacas del vecino que estaban comiendo paca. Volvió a percibir el olor a estiércol que siempre ha gobernado los aires de Chipilo. La gente de aquel lugar se acostumbra a él desde que son bebés, lo olvidan o quizás aprenden a vivir con él y eso provoca que deje de fastidiarlos, así como sus antepasados (oriundos de la región septentrional de Véneto) se acostumbraron a crecer dominando dos idiomas: su natal véneto y el español, hablado en la tierra poblana a la que arribaron. Algunos llegaron a dominar tres idiomas incluido el italiano.

El poppa de Marcia falleció por el virus de la pandemia con origen chino. ¿A cuántos seres queridos nos arrebató por aquella época? Fue un tiempo de horror y de encierro.

En algunas personas, el virus actuaba rápido y contundente: en pocos días nada se podía hacer. Marcia, como muchos en aquellos días, estaba habitada por diversas emociones que de forma constante le cambiaban el semblante en un mismo día. Podía parecer feliz cuando llevaba a sus hijos al parque, pero en el camino de regreso a casa, su mirada era la tristeza misma quien gobernaba sus pupilas. Cualquiera con un mínimo de compasión, al poner atención a esos ojos y verla así, seguro la hubiese abrazado como un acto de espontánea solidaridad.

 

Un medio día de aquella época, Marcia entró al cuarto de su poppa y encontró las pelotas de béisbol regadas sobre el piso. Se preguntó en qué momento habrían caído. Llegó a la conclusión que aquello ocurrió cuando su mamá no estaba en casa. El ruido de la caída de aquellas pelotas seguro fue estruendoso.

El poppa de Marcia solía llegar borracho después de los partidos de béisbol de los domingos, algo que le molestaba mucho a ella, pero ese enojo y todos los demás que el viejo le había causado en vida se habían desvanecido para siempre. Se sentó sobre la cama del poppa. Marcia hizo ademanes que simulaban manejar un auto estándar. Ella recordó algunos de los últimos años al lado del viejo Tony, cuando él le enseñó a manejar, ya siendo ella adulta y con dos hijos. Aunque el poppa era muy enojón e impaciente, fue muy amoroso y cálido con Marcia, su perpetua pequeña.

—Mi cariño, saca con exquisitez el clutch y ve retirando con el mismo ritmo el acelerador, despacio, con calma, que nos estampamos con cualquier árbol.

—Sí, pá.

Marcia tenía los ojos cerrados, transitaba con ternura por ese recuerdo. Hizo el movimiento fantasma de meter segunda velocidad con una palanca imaginaria y en ese momento sintió la mano rugosa de su padre sobre su propia mano, era esa inconfundible mano de anciano y huesuda. Marcia se estremeció, abrió los ojos y casi se le salió el corazón del pecho. Él estaba ahí. No había ningún cuerpo, ninguna respiración, ningún olor a cerveza pero el poppa la había tocado.

Marcia trató de serenarse y bajó a la cocina después de levantar las pelotas de béisbol y olerlas para reencontrarse con el olor de las manos de su poppa.

—Mujer, ¡pero qué cara tan pálida! Parece que has visto a un muerto —la mamá de Marcia lavaba jitomates en el fregadero.

Mamma, ¿crees que poppa siga con nosotros?

—Yo lo sigo viendo en cada rincón de la casa. A veces me quedo mirando la puerta esperando a que entre refunfuñando por haberse peleado con los del gas. Cuesta acostumbrarse a dejarlo.

En la sala comenzó a sonar Cuore matto, la versión de Little Tony.

—¡Te das cuenta! Sigue aquí…

—¡¿Pero qué brujería es ésta?! ¡¿Qué hechizo?! —Marcia se volvió a sobresaltar.

—La brujería del amor, querida. Programé la alarma del celular con la bocina de la sala para que a esta hora toque esa canción. A las dos era cuando tu papá solía regresar de entregar pacas para las vacas de los vecinos.

Mamma, casi me matas de un susto. Hoy creo que mi corazón ya está palpitando en el suelo.

Dimmi la veritá, oh, dimmi la veritá, la veritá, e forge capirá, e forgue capirá, capirá. Little Tony cantaba al ritmo de los latidos de Marcia.

 

Esa noche llovió con una inusitada neblina. Marcia parpadeaba en su cama. Uriel roncaba a su lado. Los niños dormían en su habitación después de haber visto The rise of the Skywalker, buen remedio contra el insomnio. Las gotas de la lluvia eran gordas y resonaban con fuerza al golpear en las ventanas y los techos de lámina donde estaban las vacas del vecino.

Marcia se levantó y salió de su departamento para ir a la cocina de la casa de sus padres. Recordó que había mucho jitomate. Se decidió a preparar puré, como el que le gustaba tanto al poppa.

Mientras machacaba los jitomates escuchó que en el patio alguien estaba haciendo mucho ruido. La niebla no dejaba ver bien qué pasaba. Al salir de la casa se dio cuenta que su poppa estaba levantando piedras con una pala. Marcia casi se desmaya.

Non ti sopporto piú morte ¡vá a cagare! —gritó el viejo—. ¡Vaya, al menos ya terminé con esto!

—¡Poppa! ¿Qué haces ahí? Te estás empapando, deja eso ya. Pasa a la cocina, te hice puré de jitomate.

—¡Oh mi pequeña! Mi bella donna, gracias, amor. Siempre consintiendo a papá. Allá voy.

Tony entró a la casa y comió con la alegría de un niño que come su dulce favorito. Limpió con la lengua el tazón para no dejar nada de puré.

—Hija mía, he visto como lloras por mí.

—¡Poppa!

—¡Por favor! Ya no lo hagas. Me haces infeliz. ¿Sabes?, acá donde vagabundeo hay otros padres que me envidian. No pueden creer todo el amor que sientes por mí. Te agradezco por tanto amor, pero ¡ya no sufras, con un carajo! No me debes nada. Nada. No se puede tener una mejor hija que tú. Veo cómo adoras a tus hijos, a tu madre, a Uriel, a mí. Tu amor ha vencido a la muerte. ¡Mira lo que hiciste! Me has hecho volver para terminar el trabajo del escombro y ¡para decirte que seas feliz, capullo!

Marcia empezó a llorar.

Poppa, perdóname, perdóname porque los del hospital no me dejaron estar contigo en tus últimos días.

—¿Perdonarte de qué? Ese pinche virus chino nos jodió a muchos. No es tu culpa, bebé. Tú estabas conmigo, tontita, mira, aquí —el poppa se desabrochó su camisa de granjero y señaló con el índice derecho a la altura de su corazón—. Tonta, tontita, siempre estás en mí, conmigo.

Marcia sollozaba cada vez menos.

—Sí, poppa, voy entendiendo; gracias por venir. Te amo.

Tony se acercó a su pequeña y la abrazó.

—Me tengo que ir, pero tú también siempre me llevarás en tus venas —la apretó con fuerza entre sus brazos—. Me vitta, me caro, me sangüe.

La soltó y se fue caminando entre la neblina. Empezó a cantar.

Una matina mi son alzato, oh bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.

El celular de Marcia tocó otra canción, Cuore matto. Ella decidió ponerla como canción en el despertador de la mañana. Una lágrima resbaló sobre su mejilla con pecas. Entreabrió los ojos.

-Poppa

—Nena, lloraste —Uriel estaba en el cuarto vestido con ropa de trabajo y sucio. Se notaba que llevaba varias horas despierto.

—Un sueño… —Marcia suspiró.

—¿Qué soñaste, nena?

—No entenderías… ¿Por qué estás tan sucio?

—Tus ronquidos y la lluvia no me dejaban dormir. Cuando el agua paró en la madrugada salí a limpiar los escombros de la pared del patio. El haber soñado con Tony la otra vez me hizo ver que eso debía terminarse ya —Marcia sintió escalofríos.

Al levantarse y poner las manos sobre la sábana Marcia la manchó con puré de jitomate. Sonrió y aceptó nuevas creencias en su corazón.

 

Esa tarde, cuando Marcia regresó del parque con sus hijos, la tristeza que habitaba y gobernaba su mirada decidió mudarse a orillas del río Piave, al norte de Italia.

 

Fernando Percino

Es mexicano y nació en algún momento de los años ochenta; además es licenciado en Administración Pública por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Publicó cuentos en el suplemento cultural *Catedral* del diario *Síntesis*, la novela *Velvet Cabaret* (2015), el libro de cuentos *Lucina* (2016), el libro de crónicas *Diarios de Teca* (2016) y la novela breve *Volk* (2018). Fue miembro del consejo editorial de las revistas: *Chido BUAP* y *Vanguardia: Todas las expresiones*. Fue funcionario público. Actualmente es chofer de UBER y estandupero ocasional.

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